miércoles, 26 de noviembre de 2014

Un día más


Te levantas por la mañana. Un día más. Llueve. Hace frío. Te pones delante del espejo y no te gustas. Abres el grifo de la ducha. Mientras el agua se calienta, te lavas los dientes. Sale sangre, debido a una mala higiene y a la polución de la gran ciudad. Te pones bajo la ducha, te enjabonas el cabello, te secas y sales. Con el ojo derecho medio pegado aún te pones los calzoncillos, pantalones, calcetines, zapatillas y camiseta, por este orden. Te haces un café que te jode dos cosas: primero, la cavidad bucal por la temperatura de éste; segundo, tener que lavarte los dientes por segunda vez. 

Te vas a trabajar. Como mínimo ocho horas, pero nunca son ocho horas. Vuelves a casa, estás sólo, ya que tu mujer (ya ex mujer) se llevó a los niños cuando decidió terminar contigo, por gilipollas. Te abres una mierda de cerveza, porque con tu sueldo no puedes comprar nada mejor y te pones el fútbol en la misma televisión que tenías a los catorce años en casa de tus padres, hasta que decides irte a la cama. Y ya ha pasado otro día más.  

martes, 25 de noviembre de 2014

Personas


Hay personas que te alegran la vida solo con mirarlas a la cara. Es el caso de mi amiga Liza, cuyo mayor problema es determinar cuánto tiempo tiene que pasar para chuparle la polla a su nuevo ligue, o de mi amigo Frederick, que no se preocupa absolutamente por nada. Es de esos que tiene completamente ordenada su vida, pero a la vez, no le preocupa el desorden.

Por otro lado, también hay gente que con solo mirarla a la cara te joden el día. Es el caso de la compañera de trabajo de Liza, Lara, la cual está siempre con una expresión en la cara de como si estuviera oliendo a mierda. 23 horas al día. Es tremendo. Es para decirle: ¡tía, sonríe un poco, que las arrugas te van a salir igual, pedazo de gilipollas! También está Leila, que con la boca dice todo la que ama a su marido y sus ojos dicen que la maltrata.


En esta vida solo hay dos tipos de personas, con las que quieres estar y con las que no, y estas últimas, se pueden ir a tomar por el puto culo.  

domingo, 28 de septiembre de 2014

Recordaba




Jack creía que todo había pasado. Pero incluso con pequeñas piedras te puedes dar golpes tremendos. 

Recordaba cuando lo envolvía la cruel y despiadada soledad de la noche penetrante. Recordaba cuando solo se escuchaba el viento, sin llevar otro sonido distinto. Recordaba cuando se sentaba delante del folio reciclado en que vertía sus terribles y taciturnos pensamientos. 

Recordaba, hasta que dejó de pensar.  

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Quizá debió dejarlo ahí


Sentado con las piernas cruzadas en una calle secundaria, llorando completamente desconsolado mientras ella se pavoneaba en la acera de enfrente. Hacía un rato habían tenido la penúltima conversación que él recordaría para siempre, que terminó con un resignado: ''vete con tus amigas''.

Todo había comenzado tres noches antes. Se conocieron, se quisieron unas horas y él, al dejarla en su casa, había empezado a darle vueltas a la cabeza. ¿La volveré a ver?, se preguntaba. Se acostó, solo y cansado, y tardó una hora en caer rendido, cuando el sol ya estaba llegando a su altura máxima.

Cuando despertó seguía pensando en la muchacha. En cómo sonreía con la mirada, en cómo apretaba su mano cuando él se la cogía, y en cómo había disfrutado la noche anterior. Quizá debió dejarlo ahí, en una simple noche perfecta, pero Jack no era de ese tipo de gente. Quizá debió dejarlo ahí.

Pasó todo el día mareando a sus amigos con que era la chica perfecta. Ellos le aconsejaron que lo dejara como estaba, que había estado de puta madre y ya había terminado. Intentó dar con ella, pero le fue imposible. Así pasó la noche de después.

La segunda noche, cuando estaba de fiesta con sus amigos, a Jack lo levantaron del suelo los cosquilleos que sintió en la tripa al volverla a ver. Pero esa noche, fue otro espejismo, como lo había sido dos noches antes. Él hizo una locura inconfesable aquí, y volvió a irse a dormir con la cabeza llena de pájaros.


Todo concluyó por el principio de estas palabras. Después de aquellas lágrimas, el joven se fue a casa, bastante ebrio, luchando contra todo para que la puta habitación dejase de bailar a su alrededor. Cuando escribió esto, seguía pensando en ella, pero las nubes no tardaron en aparecer para ocultarlo todo, y desencogerle el corazón.  

lunes, 15 de septiembre de 2014

Peter se marcha a Springfield


Peter llevaba dos años separado de su mujer. Lo perdió todo. La casa, el coche, los niños, las amistades y, finalmente, el trabajo. Decidió poner tierra de por medio y se mudó. Viajó durante largo tiempo, o corto, no lo recuerdo bien, hasta llegar a su nueva ciudad, Springfield.

Allí había conseguido un puesto en la cadena de envasado de una gran empresa cervecera, la cual hizo caso omiso al despido procedente de su anterior puesto de trabajo y lo contrató antes de terminar la entrevista. Consiguió un pequeño apartamento cerca de la colina de neumáticos y solía gastar la mayoría del dinero que ganaba en la manutención de sus hijos y en cerveza.

Frecuentaba una pequeña y oscura taberna que se hallaba en una esquina mugrienta de la ciudad y empezó a hacer amigos. Congenió en seguida con Carl, un apuesto negro que trabajaba en la Central Nuclear de Springfield y con su novio, Leonard. Eran la pareja homosexual más heterosexual que había conocido nunca.

Una de las muchas tardes que pasaban en la taberna, le comentaron que iban a hacer una fiesta para anunciar que se iban a casar y lo invitaron. Peter, que poca cosa tenía que hacer cualquier noche de sábado aceptó y, en seguida, brindó por la feliz pareja.

Llegó el sábado y en la casa de Carl y Leonard se encontró con muchas de las personas que había conocido desde que había llegado a Springfield. Estaban allí el jefe de policía y su esposa, el doctor de la mayoría de la población y su mujer y, claro, los amigos de los novios, entre los que se encontraba Homer y una despampanante mujer de cabello azul, Marge.

Al instante, Peter quedó prendado de ella. Era amable con todo el mundo y se la veía con un don de gentes sublime. Estuvieron compartiendo una copa y Peter, que se quedó hasta que todo el mundo se hubo marchado, preguntó a Carl y Leonard por ella.

Ambos se quedaron mudos, pues era la esposa de su mejor amigo. Le dijeron a Peter que ni se le ocurriera acercarse a ella, ante lo que él hizo caso omiso. Comenzó a frecuentar las reuniones parroquiales, se apuntó al club de lectura al que iba Marge y dejó de frecuentar la taberna para acudir a un elegante restaurante al que iba ella con sus amigas de vez en cuando.

En estas, llegó la boda. Peter y Marge habían hecho buenas migas en las reuniones del club de lectura y estuvieron un rato charlando mientras bebían. Bebieron mucho aquella noche. La boda se desarrolló con absoluta normalidad, hasta que saltó todo por los aires. Cuando la mujer del doctor fue al baño, salió indignada diciendo que había alguien follando dentro.

Al momento, Carl y Leonard se acercaron hasta allí para instar a la pareja a que dejara de usar el baño con esos fines cuando, al abrir la puerta de unos de los urinarios, se encontraron el enorme culo de Peter empotrando a Marge contra la pared. Se habían acercado unos curiosos a enterarse de quién estaba allí, y Homer estaba entre ellos, eso sí, por error, dado que iba tan borracho que había confundido el baño de señoras por el de caballeros.

Se puso lívido y se marchó de allí, no sin antes coger a Peter y pegarle una somanta de hostias que lo dejó medio tonto.



 Peter se marchó también de Springfield y en el camino a su nueva ciudad tuvo un accidente de coche debido a los daños cerebrales que le había ocasionado la paliza de Homer muriendo en el acto.

jueves, 7 de agosto de 2014

Crónicas de un mundo sin fútbol


Año 2020. En un pleno extraordinario de la Organización de Naciones Unidas ocurrió un hecho insólito. Se decidió erradicar en todos los países miembros el deporte más seguido del mundo, el fútbol.

Esta decisión causo un seísmo mundial de dimensiones tremendas. En Inglaterra la gente salió a la calle (¡durante la hora del té!) a manifestarse en contra de la Decisión. En Argentina tuvieron que sacar los tanques para evitar un ataque abrupto contra el gobierno por parte del pueblo, entre los que se encontraba en primera fila de combate la Iglesia Maradoniana.

Por su parte, el pueblo español se enteró tarde del fallo porque el caudillo Juan Carlos Monedero, tras haber dado un golpe de Estado contra el presidente de la III República, Alberto Garzón, había monopolizado los medios de comunicación generalistas. Esto tuvo lugar tras el asesinato de Pablo Iglesias a cargo de un militante del Partido Popular Reconstituido (PP-r) que se había saltado un alto que le habían dado los agentes de movilidad.

Año 2022. Los dos primeros años en los que el mundo había sido privado del fútbol fueron una tragedia. Privaron a millones de familias de empleo, como los trabajadores de los estadios, los extras en los bares los fines de semana o los propios jugadores y entrenadores de fútbol. Cuando se llegó a este año 2022 diversos jugadores que habían ganado millones de euros jugando al fútbol lo habían perdido todo y Cristiano Ronaldo ya no tenía dinero para pantalones cortos rosas ni para arreglarse las cejas.

Pero algunas cosas sí que mejoraron. Tras la Decisión, Santiago Segurola se convirtió en Ministro de Información, para regular todas las noticias que se vertían en los medios españoles. Desapareció el fútbol de todos ellos, incluso Tomás Roncero fue hallado muerto en el Manzanares. Alfredo Relaño, ex-director del extinto diario AS, ya sostenido por un bastón y con ceguera parcial, estuvo con él antes de que decidiera tirarse, y apunta que las últimas palabras de Roncero fueron: ''vivir en un mundo sin el Madrid no tiene sentido''. Dejó atrás dos hijos y una mujer agobiada por las deudas en alcohol y cocaína.

Así pues, desparecieron a parte del AS, el diario Sport, pues según su último director: ''no vamos a gastar más tinta de color si no es para sacar camisetas azulgranas'' y el Superdeporte. Este tuvo que disolverse en 2016 cuando Peter Lim dejó el Valencia y con él, la entidad dejó de existir.

Todas las subvenciones que se llevaban los papeluchos deportivos fueron destinadas a revistas culturales. La Revista en Blanco y Negro nunca tuvo tanta tirada como en el período posterior a la Decisión. Bajo el mandato de Monedero, Santiago Segurola cerró el canal Telecinco, mandando fusilar a todos aquellos que trabajaban en la cadena entre las doce del mediodía y las ocho de la tarde, además de a todos los miembros de Deportes Cuatro porque, total, sin fútbol solo daban dos minutos de información deportiva.

Esto produjo varias manifestaciones a favor del Régimen, que hicieron que se consolidase. Monedero consiguió, tras 14 años de crisis galopante, que España consiguiera llegar a los límites de paro anteriores al año 2008.

El Ministro de Festejos Públicos, Joan Laporta, tras haber dejado de lado a Catalunya cuando estuvo a punto de independizarse, montó una fiesta en el Luz de Gas que acabó con la bebida de toda Catalunya y un pueblo de Aragón al que había ido a comprar tabaco cuando pasó por allí procedente de Madrid.

Como el fútbol había desaparecido, había que hacer algo con el dinero que se destinaba a él. Esto hizo que España se decantara por la Orientación como deporte nacional, consolidándose Luís Sánchez como campeón de España y abanderado de nuestro país en los Juegos Olímpicos de 2022.
En lo referente a otros deportes, Ricky Rubio se había convertido en el jugador español que más internacionalidades acumulaba con su selección con 226, repartidas en 14 temporadas en las que jugó con la selección absoluta de baloncesto. Rafa Nadal se retiró por una lesión de rodilla, tras haber ganado dieciséis Grand Slam, a uno del máximo histórico de Roger Federer. A Federer, El País estuvo a punto de hacerle una campaña de desprestigio por tener cuentas en Suiza sin haberse enterado de que era suizo.

Tras cuatro años de gobierno del caudillo Monedero, Estados Unidos declaró que su población se había resentido tras la Decisión. Había gente tirándose desde el Golden Gate por no poder ir a recibir a los jugadores del Madrid cuando estaban de gira por California, un infierno para ellos. Se volvió a votar la Decisión, y ante las presiones de Estados Unidos, la mayoría de los países de las Naciones Unidas votó a favor de que se aboliera.

En España, el día siguiente a la II Abolición, cayó el caudillo Mondero, y un partido clandestino durante esos años, Alianza Popular, se hizo con el poder.




miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Por qué eres del Atleti?


Una noche me enfrenté al frío folio en blanco, tras varios meses sin hacerlo por distintos asuntos que mantuvieron mi cabeza alejada del bolígrafo simple y llano, y no se me ocurría absolutamente nada que emborronase aquel papel enmarronado debido a su anterior naturaleza de hoja virgen y su posterior característica distintiva de folio reciclado.

Intenté por todos los medios acudir a mis autores fetiche para ver si de esta manera podía ocurrírseme un tema sobre el que divagar o deformar hasta la náusea otras obras que encendiesen en mi mente una idea que llevar a cabo. Busqué en Allen, en Bukowski, en Burroughs e, incluso, en Tolkien. Nada apareció en mi cabeza, con lo cual, me remitiré a una antigua historia que circulaba por mi mente cuando conocí a una mujer que podría haber sido mi mentora pero que, trágicamente (no sé si uso bien este vocablo para describir mi sentir), nació unos años antes que yo y ya había marchado de España, por lo menos, durante un tiempo.

Gorka estaba sentado una tarde en una conocida cadena de cafeterías en el centro de Madrid. Mientras sorbía poco a poco su caliente café de moca blanco vio entrar a una joven señorita que tenía el pelo oscuro y corto y una sonrisa radiante en la cara. Al parecer iba sola, igual que el muchacho.

Tras pedir su propio café, la muchacha se sentó junto a la ventana para leer lo que parecía desde la distancia un número de Jot Down, pero en seguida se quedó ensimismada mirando a la gente pasar por la calle deprisa, ocupada en sus asuntos. Mientras la joven mantenía la mirada perdida en la gente, Gorka tenía la mirada perdida sobre ella.

En un momento dado, Gorka se levantó de su cómodo sillón para acercarse a la mesa de la chica y se presentó:

-Hola.

Ella lo miró de arriba a bajo como sopesando si debía corresponder a aquel abordaje al que se había tirado sin red el chaval, cuando dijo:

-Hola.

Antes de escuchar la devolución del saludo, Gorka echó a correr por la plaza de Callao en dirección a Plaza de España. La joven se quedó estupefacta de ver la reacción que había conllevado su medio saludo y salió de la cafetería con el café en la mano y la revista en la mochila, sin un destino concreto.

Gorka giró a la izquierda en la esquina de Plaza de España y bajó, ya andando, hacia el templo de Debod. Le gustaba ir allí cuando no tenía nada que hacer ni nadie con quién estar, para sentarse y observar el horizonte que se extendía más allá de la Casa de Campo.

Mientras tanto, casi mareada, la joven muchacha había bajado por la calle Preciados y girado a la derecha cuando llegó a Sol para acercarse a los jardines del Palacio Real, por donde le gustaba pasear cuando tenía el cerebro embotado debido a sus múltiples preocupaciones.




Al llegar al Templo, Gorka se sentó en uno de los espacios con césped que hay rodeándolo, y tranquilamente se lió un canuto. Llevaba fumada la mitad cuando reparó en una silueta conocida que avanzaba andando con la cabeza agachada unos metros por delante de él.
La muchacha había avanzado por los jardines del Palacio Real hasta que, casi sin darse cuenta, se había plantado en las escaleras que suben al Templo de Debod. Las subió con calma y avanzó cerca de mirador que enseña el paraje de la Casa de Campo. Mientras avanzaba, alguien se puso en su camino. Se trataba del muchacho que la había abordado en la cafetería una hora antes.

-Hola-dijo ella al verlo-.

-Hola, siento lo de antes. Soy un poco tímido-replicó él, con los ojos vidriosos-.

-Ya me he dado cuenta. ¿Qué te ha llevado a saludarme allí?-preguntó ella-.

-Me he fijado que habías sacado una Jot Down, y... no sé, me he interesado por ti.

-Ya veo.
-¿Quieres sentarte un rato conmigo?-preguntó Gorka, acariciándose el cabello sin muchas expectativas-.

-Bueno, así podrás contarme porqué tienes los ojos colorados-respondió ella con una sonrisa-.

Gorka la condujo al lugar donde se hallaba sentado antes de envalentonarse por segunda vez ese día para hablar con la misma chica. Se sentaron.

-Me llamo Gorka, por cierto-dijo-.

-Yo Carlota-repuso la chica-.

Gorka enseñó a Carlota el porqué del nuevo color de sus ojos, y ella aceptó el cigarrillo cuando él se lo ofreció. Gorka pensaba que si estaban los dos colocados la conversación fluiría por sí sola. Al cabo de diez minutos charlaban como si se conocieran de toda la vida. Carlota había acabado la carrera y ya trabajaba en como profesora suplente de lingüística. Al enterarse de ello, Gorka se sobresaltó, puesto que él acababa de dejar de lado la publicidad para decantarse por algo que había llamado siempre su atención pero en su momento no tuvo el valor de escoger, la filología hispánica.

Hacía ya un rato largo cuando Carlota se miró el reloj de pulsera que adornaba su pálida muñeca cuando se levantó de un salto y le dijo a Gorka:

-Tío, tengo que irme.
-¿Ya?-preguntó el chaval, pues las dos horas que llevaban hablando se le habían pasado como un suspiro-.

-Sí, joder-respiró ella, angustiada-. El partido empieza en una hora, y aún tengo que llegar al Calderón.

-¿No me digas que tienes entrada para ver la final allí?-preguntó Gorka, menos preocupado que ansioso por estar más tiempo con Carlota-.

-Sí, pero tengo que irme, ¡ya!

-Te acompaño-dijo tajantemente el joven-.

-¿Cómo que me acompañas? ¿No quieres verlo?-preguntó ella, extrañada-.

-No me importa mucho, la verdad. Un Madrid-Atleti en la Final de Champions, ya ves tú- dijo él con una media sonrisa-.

-Está bien, ¡pero vámonos ya!-dijo ella tirando del brazo de Gorka-.

Bajaron las escaleras de nuevo, y a las espaldas del Senado pararon un taxi, pues en Metro era imposible llegar a las nueve menos cuarto a la ribera del Manzanares. Carlota estaba fuera de sí, era una gran aficionada a todo lo que representaba el Atleti y sobre todo la más cholista de todo Madrid.

Cuando llegaron a las puertas del estadio se encontraron con los amigos de Carlota, que la estaban esperando para entrar. Se quedaron un tanto parados al verla acompañada de un tío al que nunca habían visto. Se acercaron un poco más a ellos y Carlota y Gorka se despidieron.

Carlota se acercó a sus amigos y preguntó:

-¿Dónde está Bel?
-No ha podido venir. Ayer jugando al hockey se destrozó la rodilla-dijo Andrés, uno de los amigos-.

-¡Hostia! ¿Entonces qué?-respondió Carlota-.

-Igual tu amigo quiere entrar-respondió Kaco, otro de los amigos de Carlota-.

¡GORKA!-gritó la muchacha en la distancia-.

Gorka se dio la vuelta y se acercó.

-Dime-respondió-.

-¿Quieres venir?

-Me encantaría-dijo el chaval con una sonrisa-.

El resto de la noche es de sobra conocido hasta que el árbitro pitó el final. Los seguidores del Atleti abandonaron el estadio en un silencio incómodo. Carlota y sus amigos se despidieron cuando llegaron a la parada de Metro de Antón Martín, y Gorka bajó con ella.



La intentó animar en el camino de vuelta a casa con varias de las chorradas que se le ocurrían mientras ella seguía indignada y con alguna que otra lágrima asomando por sus preciosos ojos pardos hasta que al llegar al portal de ella, dijo:

-No pasa nada, Carlota. Piénsalo bien. Ha sido una primera cita extraordinaria.

Ella alzó la vista, lo miró a los ojos y, por primera vez desde el gol de Godín, sonrió.







miércoles, 5 de marzo de 2014

Bob Dylan (o cómo conocí la tierra prometida)


Cuando empecé a escribir era un niñato estúpido que escribía sobre fútbol. Escribí uno de mis primeros poemas sobre la final de la Eurocopa de 2008 que ganó España. Pura basura. Escuchaba música típica asociada a cualquier adolescente medio, pop punk americano del tipo de blink-182 o Green Day. Entonces creía que aquello era lo máximo, pero al tiempo, y por supuesto gracias a mi hermano, descubrí la tierra prometida. 

Antes de llegar a eso, he de decir que por mí mismo empecé a escuchar al gran Joaquín Sabina que me ha acompañado siempre que la estructura que tomaban mis escritos era la de un poema. ¿Qué me llevó a Sabina? Pues no se lo van a creer. Enrique Bunbury. Mi padre era un apasionado de Héroes del Silencio, y yo lo fui también durante un tiempo, pero esa fiebre se me pasó. Al gustarme Héroes en la gira de reconciliación, que fue eso solo, una gira, me interesé por la figura de aquel hombre que era capaz de transfigurar su voz tanto como Bunbury. Entonces sacó su álbum en solitario Las Consecuencias, que fue de los primeros álbumes que compré físicamente. A través de conocer la figura de Bunbury y su manera de cantar y escribir, me interesé por aquellos que escriben sus propias letras y las cantan. Bunbury mencionaba mucho a Dylan, pero yo me centré en el representante de Dylan en España, Joaquín Sabina. Pero no era la tierra prometida. La tierra prometida estaba al otro lado del Atlántico, en un señor de Minnesota que me descubrió qué es lo que quería hacer, y lo que quería hacer era escribir, como aquel tipo que incluso decían, merecía ganar el Nobel de Literatura. ¡SIENDO CANTANTE! Me atrajo tanto, que dejé de lado a Joaquín a la hora de escribir, y junto a Leonard Cohen, se han convertido en mis referentes a la hora de escribir poesía. 

A continuación dejo un ejemplo de cómo fui influenciado por este genio.


Mrs. Streets doesn't have anything
she lives outside since her inception
doesn't have any little possession
and nothing seems to be rising.

She started studies at Yale
and became to go out with James
who treated her like a game
and that finished, like their tale.

This is the story of Mrs. Streets
poor and full of disgraces
she had a lot of faces
she lived plenty of shit. 

When the storm finished 
our lady got up
she told with all the arrogance
so, what's up?

She became to be better and better
in all the sorts of the life
she was nobody's wife
and she was the most outstanding woman.
Mrs. Streets rose up and won
she won everything you could think 
her life was dyed in pink

and nothing was wrong. 

PD: Gracias Pablo, por llevarme a la tierra prometida. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Gorka (II)


Cuatro días después, Gorka se levantó de la cama de Emma cuando leyó una nota que ésta había dejado encima de la mesita. Encontrémonos en el parque. Gorka se vistió rápidamente y bajó al parque que había cerca de la residencia de estudiantes donde se hospedaban. Emma lo estaba esperando cuando le dijo que ya estaba bien todo aquello y que no quería continuar con su relación con Gorka. El joven se quedó anonadado. ¿Qué hostias había hecho para ese cambio? Emma lo dejó allí plantado y Gorka se fue a dar un paseo por el parque mientras se comía la cabeza.

Ese día tenían una visita a Chinatown. Mientras paseaban por los puestos de pollos, tiendas de souvenirs, heladerías y demás, el joven llevaba sus auriculares y se había puesto una canción completamente triste y anodina en bucle, estaba tremendamente destrozado, teniendo en cuenta que hacía cuatro días que conocía a la muchacha. Habían parado en una cafetería y Gorka preguntó a Pedro si podía volver sobre sus pasos para comprarse una camiseta. Al pasar por delante de un músico callejero escuchó que éste tocaba Layla, entonces Gorka le echó un dólar canadiense en la funda de la guitarra. Llegó a la tienda donde había visto la camiseta que quería y al volver a la cafetería se encontró con el mismo músico tocando The Times They Are A-Changing. Le volvió a echar dinero, esta vez dos dólares. El músico, en cuanto terminó la canción, se acercó a Gorka y le dio las gracias por la pequeña ayuda. Fue la única sonrisa que alguien le sacó a Gorka ese día.

La siguiente visita turística que realizó el grupo fue al Museo Nacional de Ciencias Naturales. La visita era compartida con el grupo de los vascos. Gorka había hecho amistad con un joven de su edad llamado Aisa. Cuando Gorka vio a Jasone quedó prendado de la hermosura de la muchacha. Como era amiga de Aisa, Gorka le pidió que se la presentase. Aisa hizo lo propio y Gorka y Jasone se fueron a dar un paseo por el Museo. La joven era típicamente vasca, quiero decir, muy tímida y recelosa. Cuando llegaron a la parte del museo donde se exponían animales africanos, Gorka lo tuvo claro. Había un gigantesco león disecado y le dijo a Jasone:

-Míralo de cerca.

La chica se acercó a los oscuros ojos del león y cuando estaba lo suficientemente cerca, Gorka con ambos dedos índices le dio un apretón en los riñones. La chavala se sobresaltó y se rió. A partir de ese momento la barrera de lo físico se había desplomado. Fueron robándose besos a lo largo y ancho de todo el museo cuando llegaron al Hall y los dos grupos los estaban esperando. Los del grupo de Gorka pusieron caras de asombro al ver al joven volver de la mano de la muchacha.



Las cosas habían cambiado mucho desde el día anterior. Así pasaban las cosas en un viaje de un mes, podías estar hundido un día y estar radiante al siguiente. Lo que Gorka no se esperaba pasó esa misma noche. 

Estaba reunido en una sala común de la residencia la mayoría del grupo cuando empezaron a irse todos a dormir, y se quedaron solos Emma y Gorka. La muchacha empezó a tirarle de la polla ante lo cual el chaval se vio superado. Le gustaba tanto Emma que fue capaz de olvidar lo que había pasado en las últimas 48 horas, de olvidar a Jasone, que nunca se lo perdonaría, y continuar con Emma hasta que aterrizaron en Madrid tres semanas después. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Gorka (I)


Gorka había empezado sus estudios de inglés a los siete años. Tenía dieciséis cuando ya había viajado por países anglosajones europeos para imbuirse de su cultura y mejorar el idioma. Había llegado la primavera de 2009 y la madre del joven decidió enviarlo un mes a Canadá para mejorar aún más el nivel de inglés de éste y que tuviera un premio por la gran dedicación que ese año había puesto en sus estudios.

Gorka tuvo un pequeño idilio con una muchacha de su pueblo pero cuando se subió al autobús de camino a Madrid, para coger el primer avión de los dos que iba a coger para volar hacia América, decidió que ese mes iba a ser su mes, y que ni esa ni ninguna chavala se lo iba a joder.

Cuando llegaron al aeropuerto, el grupo con el que iba Gorka pasó los controles de seguridad y se sentaron a esperar en la puerta de embarque. A los diez minutos de estar allí el grupo esperando, Gorka pidió permiso a Pedro (el profesor de inglés que los acompañaba) para ir a la zona de fumadores a echarse un cigarrillo.

Caminó unos metros y entró en uno de esos antros donde los fumadores, en aquella época, tenían su espacio para dar cabida a su vicio. Cuando Gorka se echó la mano a los bolsillos se dio cuenta de que no tenía mechero. En ese momento se dio cuenta de que una chica que iba en el mismo grupo que él estaba allí sentada en el suelo fumando. Era una joven preciosa. Tenía el pelo largo y oscuro, a parte de unos ojos profundísimos que sonreían por sí mismos. Llevaba una camiseta blanca básica, unos leggins rotos y negros conjuntados con unas zapatillas negras y blancas. Cuando Gorka le pidió a Emma tabaco no se podía imaginar lo que pasaría a continuación.

Se sentó junto a ella y empezaron a hablar sobre el viaje, sobre lo que esperaban de Canadá, etcétera, es decir, gilipolleces varias. Emma era amiga de una muchacha llamada Natalia, y los tres jóvenes decidieron compartir el viaje de escala Madrid-Bruselas. Una compañía de bajo coste los llevaba a la capital de Bélgica cuando Gorka empezó a enseñar a las chicas algunos dibujos que llevaba siempre consigo y que eran su marca distintiva. Las muchachas quedaron impresionadas por la calidad de sus dibujos.

Aunque en el grupo iban varias personas del pueblo de Gorka, éste no se separó ni un minuto de las dos muchachas. Volvieron a sentarse juntos en el avión de Bruselas a Toronto. Era una gran aerolínea hindú, con lo cual, el avión iba hasta los topes de hindúes. Al lado de Gorka se sentó una señora mayor que al sobrevolar el Océano Atlántico se echó una manta por encima y se quedó dormida. Al ver esto, Emma hizo lo propio y se quedó dormida también.

Gorka, al ver esta situación, con Emma sentada entre él y Natalia, empezó a decirle a ésta cuánto lo había sorprendido Emma y cuánto le gustaba. Natalia le sugirió que se lo dijera, o que hiciera cualquier cosa. Un tiempo después el chaval se enteraría de que aquella conversación había sido escuchada por Emma. 

Gorka, ante esto, metió la mano debajo de la manta de Emma y ésta, en seguida, le cogió de la mano. Un cosquilleo empezó a bajar desde la tripa del muchacho hasta las gónadas, por un simple contacto. Estuvieron haciendo manitas un rato y Gorka se metió debajo de la manta de su acompañante y se estuvieron besando dulcemente.

Como el viaje duraba tantas horas, algunos de los compañeros de viaje se empezaron a levantar y Gorka se dio cuenta de que todos rondaban a Emma. No podía evitar pensar:

-No habéis sido rápidos.


En seis horas consiguió una acompañante que no esperaba para el mejor viaje de su vida.  

jueves, 6 de febrero de 2014

Yonki.

                                                                          Ligeramente basado en una historia real


Tenía dieciséis años y ya hacía lo que me salía de mis santos cojones, lo cual no quiere decir que hiciera lo correcto. Estaba en el equipo de baloncesto del instituto del Manhattan Center de Ciencias y Matemáticas. Éramos más de mil quinientos estudiantes y los doce del equipo éramos los reyes del instituto. Teniendo en cuenta que el 97 por ciento de los estudiantes se graduaban con unas notas tremendas esto tenía un valor incalculable. Los cerebritos nos tenían en un puto pedestal.

Louie y Allan eran mis mejores amigos. Juntos hacíamos de todo. Por las mañanas asistíamos a clases de Física o Biología y por las tardes entrenábamos. Entrenábamos muy duro. Louie era un chaval negro que a los dieciséis ya medía cerca de los dos metros, jugaba de pívot y era buenísimo. Además era un estudiante de sobresaliente. Por su parte, Allan medía como yo (cerca del uno noventa) y nos compenetrábamos perfectamente en la pista. Jugábamos como los ángeles.

La cosa está en que no era lo único que hacíamos. Por las noches después de entrenar solíamos salir de fiesta. Teníamos dieciséis años, eramos miembros de familias bastante bien acomodadas, vivíamos cerca de Harlem y salíamos casi todas las noches de la semana. Nueva York es una gran ciudad para los que aman salir de noche. Como dicen, la ciudad nunca duerme, y nosotros éramos parte de esa gente que no dejaba que la ciudad cayese rendida tras un duro día de trabajo.

Empezamos haciendo lo típico. Unas cuantas cervezas y algún que otro canuto caía siempre. Cuando nos plantábamos en el instituto a las ocho de la mañana aún íbamos ciegos. Era tremendo. De ocho a dos clases, de cuatro a seis entreno, y a partir de ahí, las calles eran nuestra casa. Tampoco teníamos porqué. No se puede decir que viniéramos de familias desestructuradas, todo lo contrario. Nuestros padres eran ignorantes ante nuestras actividades nocturnas. Para ellos, éramos tan buenos amigos que solíamos dormir en casa de uno de los otros dos, incluso entre semana. Como nuestros padres no se conocían no había problema en que descubrieran lo que tramábamos.

Pronto empezamos a probar los fármacos. Como siempre estábamos reventados empezamos a tomar pastillas que encontrábamos por casa. A los diecisiete años ya sabíamos qué pastilla nos servía para dormir, cuál nos valía para evitar dolores musculares y cosas así. El tema era que seguíamos jugando de puta madre. Ganamos durante dos años seguidos el campeonato estatal y algunos de nuestros partidos se emitían por televisión. Venían ojeadores a nuestros partidos. Un día, nuestro entrenador nos avisó de que los ojeadores de los Cavaliers y los Hawks estaban en el pabellón. Louie hizo treinta puntos y cogió trece rebotes. De esos treinta puntos, dieciocho venían de asistencias mías. Yo metí veinticinco puntos y ganamos el partido. Ese año volvimos a ganar el campeonato estatal, y ya iban tres. Lo que nadie sabía era las mierdas que nos cogíamos antes y después de los partidos.

Cuando llegó junio nos pusimos a ver universidades. Louie decidió que todo lo que habíamos estado haciendo ya era suficiente. Cogió sus cosas y se fue a la otra punta del país. Lo habían cogido en UCLA. Yo no quería abandonar la ciudad de Nueva York y me decanté por Columbia para estudiar económicas.

Al quedarme en la ciudad seguí manteniendo mi ritmo de vida. Salía y me colocaba. Pero ya era otra cosa. Un día llegué a mi habitación y mi compañero estaba con dos colegas suyos metiéndose cocaína. Me dijeron:

-Jack, ven. Prueba esto. No te dañará.

Yo me senté con ellos, enrollé un billete de cinco dólares y me metí mi primera raya de farlopa con dieciocho años y medio. Aquello fue algo que no pude parar. Fue un túnel donde me metí y del que tardé años en poder salir.

Bebía, me drogaba y jugaba colocado. Jugaba increíble. Era el mejor base del estado de Nueva York. El primer año de universidad fue el mejor a nivel deportivo. Estuvimos cerca de meternos en la Final Four pero Louie nos dejó fuera con UCLA. Cuando acabamos el partido, lejos de estar cabreado, me fui de fiesta con Louie y sus compañeros. Estaba completamente ido.

El año siguiente la cosa cambió. Conseguimos meternos en la Final Four reventando a Marquette en cuartos de final. También ganamos la semifinal y nos metimos en la final de la NCAA. La noche de antes de la final salí. Cerca de las nueve de la mañana llamé a Allan. Iba hasta los ojos. Él me dijo:

-Tío, juegas a las ocho. Es la final de la NCAA. Hazte un favor y vete a la cama.

Como quien oye llover. Le colgué. Eran las siete menos cinco de la tarde y antes de entrar al pabellón estaba en un coche con un par de tíos metiéndome la última raya antes de jugar la final de la NCAA.

El mejor partido de mi vida. Destrocé yo sólo a mis amigos de UCLA. No recuerdo exactamente las estadísticas, pero cada tiro que lanzaba lo metía, cada pase que daba era una asistencia y cada balón que rebotaba en la canasta era un rebote. Habíamos ganado la liga universitaria y yo iba puesto.

El lunes me llamó mi entrenador y me dijo que había dado positivo en el control antidoping.
Me echaron de la universidad, y decidí que ya era momento de dejarse de gilipolleces y crucé el país cuando me llamaron de la universidad de Berkeley. El entrenador estaba interesado en mi y me fui. Creía que el problema era la ciudad de Nueva York y puse tierra de por medio.

El primer año en Berkeley fue muy bueno a nivel deportivo y personal. No conocía a nadie, no consumía. Pero algunos amigos míos empezaron a mudarse a California y todo volvió a la normalidad. Parecía una pequeña Nueva York. Era como estar en casa.

Cuando llegó el final del segundo año en Berkeley me declaré elegible en el Draft, y me dijeron que muy probablemente estaría en primera ronda. Cuando llegó la noche del Draft, no me eligieron hasta el puesto número 40. Pero yo estaba muy feliz, me acababan de elegir los Houston Rockets, vigentes campeones de la liga.

Cuando llegué a Houston, me cogieron Olajuwon y Sampson y me dijeron:

-Sabemos que tienes problemas. Pero eso se ha acabado. Ni fiestas, ni beber, ni fumar. Vas a estar con nosotros todo el tiempo. Te vamos a vigilar.

Que te dijera eso una estrella como Hakeem para mi fue tremendo. Ese año, sin duda, fue el mejor de todos los que jugué al baloncesto. Estaba limpio. Hice una muy buena temporada. Cuando llegó septiembre, fui a ver al General Manager y me dijo que me habían traspasado.
Cuando le pregunté a dónde me dijo:

-A los Knicks.

¿A los Knicks? Hostia puta. El Madison. Nueva York. Otra vez a lo mismo. Durante mi presentación en el equipo de mis sueños estaba allí plantado, con mi número nueve estampado en la camiseta de mi equipo, y lo único en lo que pensaba era en ir a pillar. Era un círculo del que me veía incapaz de salir. Había empezado con los opiáceos cuando un colega me dio a probar unas pastillas. Me hice adicto en seguida. Los necesitaba simplemente para estar normal. Ya no jugaba colocado, jugaba en un estado normal pero consumiendo. Esa temporada fue desastrosa. Empecé a frecuentar los bajos fondos de Nueva York, me sentía en una puta película de Scorsese.

Además, volvieron a pillarme. En otro control di positivo. Vuelta a empezar. Me largué de Estados Unidos como quien huye de la peste. Me fui a Europa. Jugué en el Nanterre francés. Pasé opiáceos a Francia, pero pronto se me acabaron. Estaba en una situación horrible. Sólo, en Francia y con un mono terrible. Únicamente había una cosa que podía relajarme. Empecé a consumir caballo. Cuando me quise dar cuenta me pinchaba todos los días. Jugaba al baloncesto, a gran nivel y consumía heroína. Era de locos.

Un día fui a pillar al aparcamiento de un supermercado. Me metí un pico allí mismo y lo último que recuerdo es cristales rompiéndose y un policía sacándome del coche. Todos los periódicos me sacaron en portada, era un jodido juguete roto.

Después de esto volví a Nueva York. Me interné en un centro de desintoxicación. Pero tampoco sirvió de nada. Cuando mi hermano tuvo su segundo hijo fui a verlo. Los médicos me dijeron que estuviese un par de horas pero estuve un par de días. Fui al hospital a conocer a mi sobrino y al rato salí a fumarme un cigarro y a pillar. Cincuenta días de centro para nada. Me encontraron en un callejón tirado en el suelo. Sobredosis.

Había jugado en universidades importantes, en la NBA, en el baloncesto FIBA y todo terminó porque no sabía controlarme. Lo vi venir, lo esperé, lo abracé y acabé con todo.

Después de esa sobredosis, no quise volver a saber nada del baloncesto. Nunca me había divertido, era una losa tremenda poseer las cualidades que tenía y tener que cumplir ciertas expectativas. Empecé a trabajar en un supermercado y dejé las drogas. Hoy en día sigo trabajando en el mismo supermercado. Me casé. Tuve hijos. Mi mujer conocía todo de mí y le prometí que mi mayor meta en la vida sería que mis hijos no me vieran nunca con una cerveza en la mano. Llevo tres años sobrio. Cada día es una lucha. Cada día es distinto. Cada día puede ser el último.


domingo, 26 de enero de 2014

La muchacha del autobús




Estaba yo viviendo en la capital del imperio cuando desde una de las provincias mis más sinceras amistades me llamaron para celebrar una fiesta popular. Esta historia, aunque pudiera parecer lo contrario, tiene lugar después de la citada fiesta. Hallábame yo en la estación de autobús de la provincia para volver a la capital cuando mi mejor amigo se despidió de mi. Monté al autobús, completamente destrozado tras dos días de fanfarria, cuando se sentó a mi lado una joven de muy buen ver. 

Tenía el pelo castaño claro, y unos ojos azules intensos que atrapaban con solo atisbarlos al trasluz de la luna del autobús. Pero yo iba a lo mío. Estaba cansadísimo después de habernos pateado la provincia entera en busca de más mujeres y más alcohol y lo único que quería era ponerme una película en mi ordenador e intentar pasar lo más rápido posible las cuatro horas que separaban el origen con el fin del trayecto.

Pues bien, conecté los auriculares al portátil y me puse una de esas películas que guardo en la carpeta llamada ''Pa partirse el culo'', que tengo en el disco duro externo. Mi elección fue clara y rápida, con Mike Myers y su excelentísima parodia de James Bond, me dispuse a ver Austin Powers en Miembro de Oro. Peliculón.

Cuando aún no habíamos salido de la provincia, es decir, cuando la película llevaba cinco minutos, alguien tocó en mi hombro y me preguntó:

-¿Es Austin Powers?
-Sí, ¿quieres un auricular?-respondí yo-.

Era la muchacha de pelo castaño y ojos claros. Ella lo cogió y estuvimos viendo aquella gran película sin el reconocimiento que realmente merece hasta que paramos en una estación de servicio a medio camino. Allí, ambos bajamos juntos y estuvimos tomando una taza de café hasta que el conductor del autobús nos metió prisa para continuar el viaje. Cuando volvimos al autobús, ya sin la excusa de ver la película, la muchacha me cogió de la mano y se echó a dormir. 

Yo me apoyé en la luna lateral y esperé. Cuando ella abrió los ojos la besé en la mejilla. Ella me cogió el mentón y me besó en los labios. 

Lástima que acabásemos de entrar a la capital, el imperio nos tragó y no nos volvimos a ver. 


Jack.