martes, 20 de octubre de 2015

Adicto

Tenía doce años cuando me bebí mi primera cerveza. Al principio, Lucas y yo cogíamos cervezas de la nevera de su campo, y nos subíamos a la montaña a bebérnoslas. Estaban asquerosas. Cumplíamos todo un ritual para bajar mareados de allí. Primero, decíamos a nuestros padres que nos íbamos de paseo por el monte, cargábamos las mochilas con una botella de agua por si acaso, alguna bolsa de patatas con sus respectivas servilletas para no dejarnos las manos llenas de aceite y un par de latas por cabeza. Subíamos la carretera hasta alcanzar el camino de tierra hasta el que ésta llevaba, y una vez ante la gran extensión montañosa, buscábamos un claro donde sentarnos y disfrutar de la naturaleza y las travesuras correspondientes a nuestra edad. 

Creo que ahí fue donde empecé a ser adicto. Un mes después empecé a fumar tabaco, una adicción de la que nunca pude salir. Sigo pensando en lo estúpido que fui, teniendo en cuenta que estoy escribiendo esto desde la cama de un hospital, completamente demacrado y esperando resultados de unas pruebas médicas a las que tengo pavor. Es increíble de lo que eres capaz cuando eres un niñato idiota que se cree de vuelta de todo. 

Lucas pronto dejó de fumar y se centró en sus estudios, los que le llevarían a regentar la fábrica familiar en cuanto salió de la universidad. Pero yo no fui capaz. Corría el año 95 cuando me fumé mi primer porro de hachís. Lo vendían los gitanos de un barrio cercano al mío. Yo no iba porque temía que me robaran, pero era el que ponía la pasta y el que más fumaba. Me llegaba a saltar semanas enteras de colegio para irme con algunos colegas al parque de enfrente del colegio a fumar. Demasiado pronto los canutos de hachís dejaron paso a los de marihuana, más potentes y perjudiciales para la cabeza, teniendo en cuenta que no era uno al día. De hecho, no recuerdo cuántos llegábamos a fumar. Perdí la noción de mi juventud. Pasaron un par de años y seguía igual. 

Cuando me quise dar cuenta, daba esquinazo a mis amigos de siempre y empecé a frecuentar ambientes sórdidos de la ciudad, aquellos en los que no quieres que te vean tus padres porque sabes que no deberías estar allí. Allí conocí mi perdición, un chaval de unos años más que yo, que se llamaba Marcos. 

Una noche de viernes, estábamos en una casa abandonada fumando y a mí se me fue de las manos. Iba colocadísimo, y le pregunté a Marcos que qué podía hacer para no ir así a mi casa. Se sacó una bolsita blanca del bolsillo trasero de sus pantalones, un espejito, una tarjeta y un billete de mil pesetas con el dibujo de Benito Pérez Galdós. Pintó en el espejo dos rayas, se metió la más larga y me dejó la más gorda. Le pregunté:

-¿Qué es?
-Farlopa tío, esto te quitará el bajón.

Agarré el billete en forma de tubo, me lo metí en el orificio derecho de la nariz y aspiré. No sé definir exactamente lo que sucedió después, pero el colocón desapareció. Aquello me pareció un milagro. Una sustancia que me hacía estar eufórico después de estar horas fumando.

-¿Dónde hay más de esto?-pregunté-. 
-¿Cuánto quieres?-me repreguntó Marcos-.
-Lo que me dé con cinco mil pesetas-contesté-. 

Aquel fue el momento en que tiré mi vida por la borda. Me hice adicto al instante. Iba puesto a las pocas clases del instituto a las que iba, y los fines de semana no paraba por casa. Marcos y yo nos hicimos inseparables, incluso estuvimos juntos cuando mis padres encontraron un pollo de coca en mi habitación y me echaron de casa. Estuvimos viviendo de okupas un tiempo. Robábamos a las viejas que iban a comprar los pañales a sus nietos para pagarnos el vicio. 

De eso hace ya diez años. Marcos y yo nos fuimos a vivir a una casa abandonada en el campo y, apartados del mundo, seguíamos viviendo por y para la droga. Fue allí desde donde Marcos llamó a la ambulancia una tarde que perdí el conocimiento mientras sangraba por la nariz. 

(...)

Mierda. Joder. Me cago en la puta. No puede ser. Acaba de salir de la habitación el médico de traerme los resultados de las pruebas. Tengo cáncer de pulmón en avanzada fase de metástasis. No sé exactamente lo grave que es, pero no me gusta un pelo la terminología. Marcos está a mi lado llorando. Dice que es culpa suya, que el me metió en toda esta mierda. Que tengo pocas opciones de sobrevivir. Pero yo le respondo:

-Marcos, hermano, no es culpa tuya. El gilipollas soy yo. Déjame un rato solo. 

Cuando veo que Marcos sale por la puerta, cojo una cuchilla de mi neceser y me encierro en el baño. Adiós Marcos, lo sien

viernes, 9 de octubre de 2015

La chica de los ojos verdes


No se puede decir que aquella relación fuera celebrada por todos. Joaquín, desde luego, sí que se alegro muchísimo por mí. Sabía todo lo que había sufrido por aquella chica y creía que me merecía ser feliz, durara lo que durara y fuese como fuese.

Los primeros tres meses de relación fueron perfectos.

Íbamos a institutos distintos, pero nos veíamos con toda la frecuencia que podíamos.

Por las noches hablábamos una hora por teléfono y muy pocas veces uno de los dos se callaba, pero, a veces, bastaba con oírnos respirar al otro lado del auricular. Yo era capaz de estar hablando con ella hasta el momento justamente anterior al sueño, escuchándola respirar tranquila y pausadamente.

Nunca queríamos colgar.

Nunca queríamos separarnos.

Estábamos enamorados.


Salía corriendo de mi instituto o me llevaba Gonzalo en Vespa para llegar a nuestro portal a esperar a que llegara Raquel y estar con ella un rato antes de separarnos para ir a comer. Estábamos completamente enganchados el uno al otro.

Yo, incluso, había perdido el contacto con mis amigos del colegio. Algo que, de verdad, me importaba una puta mierda, pues nunca me había sentido muy a gusto con ellos. Estaba empezando a juntarme fuera del equipo con Joaquín y su colega Juanjo, otro de los compañeros nuevos que tenía yo en mi segunda temporada en el equipo.

Raquel había empezado a jugar en mi club, así que nos veíamos todos los lunes, miércoles y viernes por la noche, ya sin contar los fines de semana.

Cuando jugaba mi equipo, en las gradas estaba Raquel. Cuando Raquel jugaba, yo estaba en las gradas. Si Raquel tenía partido fuera de casa, yo me iba con el autobús de su equipo y, en muchas ocasiones, Joaquín se venía conmigo. Raquel se ponía nerviosa cuando yo gritaba desde la grada, incluso si no había jugado un buen partido tardaba en dirigirme la palabra después del mismo.


Más de una vez, hasta que no nos bajábamos del autobús y la acompañaba a su casa, no nos hablábamos.

En uno de los partidos que Raquel fue a verme se montó un pifostio de la hostia. Era carnaval, y yo había quedado con Joaquín, su novia Isabel y Raquel para cenar en mi casa.

Jugábamos en el pueblo de al lado y era, como se suele decir, un partido de alto riesgo. Habían venido casi todos los jugadores del senior masculino, varios entrenadores del club, el presidente, el vocal y la tesorera.

No había buena relación entre los jugadores de ambos equipos y, casualmente, Raquel había jugado, cuando era infantil, en ese pueblo y para ese equipo. A mí me ponían enfermo sobre todo dos gemelos que, por tener un año más que yo, no jugaban ese partido.

Desde el principio nos hicieron una encerrona. Tenían dos pabellones, uno grande y lustroso y otro era como una ratonera. Efectivamente, para jugar contra mi equipo eligieron la ratonera.

Se trataba de una pista de baloncesto rodeada por infinidad de bancos suecos de madera. Las líneas de banda y de fondo estaban a un metro escaso de la pared. Y el parquet, si se puede llamar así, dejaba la pelota muerta cada vez que dabas un bote.

En el equipo contrario jugaba un chaval que se llamaba Mateo. Qué bueno era el hijo de puta. Era zurdo, medía metro noventa y las colaba desde todos lados. Nos estaba haciendo polvo.

Joaquín estaba haciendo un partidazo, pero en una penetración todo se lió. Le pegaron un golpe en la cabeza cuando estaba a punto de empatar el partido y todos empezamos a pedir explicaciones al otro equipo. Debido a que las gradas (también conocidas como bancos suecos) estaban tan pegadas al parquet, pronto se vio involucrado todo el mundo que había en la pista.

Algunos padres de jugadores intentaban separarlos, otros directamente se metían en la gresca. Tuvo que llegar la Guardia Civil a poner orden en aquel berenjenal. Lo más surrealista de todo fue cuando un picoleto se metió en medio de la pista a parar el partido.

Yo todavía me sonrío cuando recuerdo al padre de mi mejor amiga en medio de todo aquello como poseído defendiendo al club de su hija.


El partido acabó con una derrota por siete puntos para nosotros. Estaba muy encabronado. El tal Mateo había metido 35 puntos él solo en un partido a sesenta. Pero eso no fue lo peor.

El vestuario del equipo visitante daba a la puerta del pabellón, donde estaban los padres esperando a los jugadores para salir de aquel pueblo de mierda.

Estaba meando antes de meterme a la ducha y miré por la ventana del urinario. Vi algo que me encendió aún más. Mateo estaba hablando con Raquel, ya que habían coincidido en el club y él se echó sobre ella para darle dos besos.

Completamente fuera de mí, abrí la ventana y empecé a gritar con todas mis fuerzas:

-¡NO LA TOQUES! ¡NO LA TOQUES!


El chaval se giró y puso cara de qué coño le pasa a este tío. Se despidió de Raquel y se largó de allí. Obviamente, cuando me duché y salí a la calle, Raquel no quería hablar conmigo, porque la había puesto en evidencia delante de todo el mundo.

No era la primera vez que estallaba de celos de esa manera. En una ocasión estaba viendo con mis compañeros a otro de los equipos del club, en el cual jugaba Carlos, un amigo de Raquel.

El cabrón, cada vez que metía una canasta, se la dedicaba a Raquel. En eso, que a la tercera vez que lo hizo, me levanté de mi asiento y empecé a gritar:

-¡NI LA MIRES! ¡NI LA MIRES!

Todo el mundo se giró a mirarme y acto seguido me levanté y me largué del pabellón.

Aún así, la cena con Joaquín e Isabel estaba prevista y no se iba a romper, aunque después del partido quién sabía lo que iba a pasar.

Cuando llegué a casa, Victoria se pasó la tarde entera haciéndome un tupé porque nos íbamos a disfrazar como Travolta y como Olivia Newton- John.

Cociné para los cuatro y tuvimos una cena agradable, incluso cuando salió el tema de Mateo, Joaquín y yo nos miramos a los ojos y luchamos por no reírnos mientras Raquel se molestaba un poco.


Cuando acabó la cena, cada pareja eligió un lugar sobre el que reposar. Yo, como buen anfitrión, dejé mi cama a mi mejor amigo y me quedé en el sofá con Raquel. Nada serio, un magreo, una paja y a dar una vuelta. Mi tupé ya se había caído.

Es el último buen recuerdo que tengo de mi relación con aquella chica de ojos verdes.






viernes, 2 de octubre de 2015

Plymouth

Tenía diecisiete años cuando mis padres me mandaron un año a Inglaterra para que estudiara inglés. Llevaba varios años con ello, así que simplemente fui a poner a prueba mis conocimientos en un ambiente nativo y alejado de italianos. Me marché de Nápoles en una soleada mañana de agosto y aterricé en Exeter en un mediodía plomizo y asqueroso. Aquello parecía otro planeta. Casi me atropellan al salir del aeropuerto, pues miré a la derecha al cruzar a la parada de autobuses, llevándome un susto considerable. 

Tenía que coger un autobús que me dejaría en el puerto de Plymouth donde me recogería mi familia adoptiva. Me habían mandado una foto suya unas semanas antes para que los reconociera. Se trataba de un matrimonio de no más de cincuenta años. Roy, el padre, era un señor orondo y con pinta de bonachón. Lois, la madre, era una señora regordeta muy parecida a la matriarca de los Weasley. Tardé una hora y media en llegar al puerto y cuando bajé me estaban esperando con un cartel con mi nombre. Cuando me vieron aparecer dijeron en voz alta: ¡Andrea, Andrea, we're here! ¡Andrea, come on! Los saludé tendiéndole una mano a cada uno y me monté en su Lexus que sin duda habían comprado con el dinero que recibían de estudiantes como yo. 

Cruzamos toda la ciudad y fuimos a parar a las afueras. Tenían una casita de dos plantas con jardín delantero, en el que tenían aparcado un modesto barquito, y jardín trasero donde guardaban un billar y donde, como vería aquel mismo fin de semana, se reunían con amigos los domingos para celebrar una barbacoa. 

Cenamos a eso de las cinco de la tarde un plato de fish and chips que me encantó. Lois era una cocinera excelsa. Teniendo en cuenta que yo venía de Italia, encontrar buena comida en un país tan criticado por ella fue un logro inaudito. Cuando terminamos de cenar pregunté si podía dar un paseo por el barrio y me dijeron que no llegara más tarde de las nueve, que a esa hora se tenían que acostar. Por lo visto, debía ganarme su confianza antes de que me dejaran tener una llave de la casa. 

Había dejado de llover, así que dejé mi paraguas en la entrada de la casa, me puse una sudadera y salí. Era un barrio agradable, con muchas casas de distintas construcciones a un lado y otro de la carretera que lo cruzaba. Pasé junto a una gran mansión que hacía esquina y seguí paseando. Llegué a un parque y me entraron ganas de fumarme un cigarrillo. Como no tenía muy claro si la policía podía decirme algo debido a mi edad (ya que en Italia hasta los carabinieri dan fuego a los menores de edad) me adentré en él y me senté en un banco alejado de la entrada del mismo. Cuando lo terminé me puse en marcha en dirección a la casa, toqué y Lois me abrió con una gran sonrisa. 

-Did you like our neighbourhood? 

-Of course I did-respondí-. But I'm so tired, I'm going to sleep. See you tomorrow. 

-It's ok, darling. See you tomorrow-se despidió ella-. 

Subí a mi cuarto, en el que había un ventanal sin persianas, una cama mullida y un escritorio que me serviría para hacer los trabajos que me mandaran en el Plymouth High School, que empezaría sus clases un par de días después de mi llegada.

El día que empezaban las clases en el instituto me levanté a las siete para no llegar tarde. Me metí al cuarto de baño que tenía un pequeño radiador sobre la puerta que no me ayudó a calentarme, tal era el frío que hacía en la casa. Cuando salí de la ducha bajé la escaleras y me esperaban Roy y Lois en la cocina con el desayuno hecho. Un tazón de leche y varios paquetes de cereales distintos: había de avena, de chocolate y de miel. Por adentrarme en el mundo anglosajón me eché unos pocos copos de avena y le pedí a Lois si podía tomar una taza de café. Era una cocinera espectacular, pero el café inglés es el peor que he tomado en mi vida. Me excusé diez minutos después para ir al baño y cuando salí Roy me estaba esperando en el coche para llevarme al instituto y Lois me dio una bolsita con un sándwich y un zumo para la hora del almuerzo.

El viaje fue muy agradable. Me fue contando cosas que pillaba a medias sobre Plymouth, pero se notaba que Roy disfrutaba de tener a alguien que lo escuchara tan atentamente mientras contaba sus batallitas. En quince minutos llegamos al instituto, Roy me dijo que me recogería a las tres y me bajé del coche. El Plymouth High School era una institución enorme. Entré y pregunté a un grupo de chavales menores que yo que dónde estaba la secretaría. Me dirigí allí y me entregaron mi horario de clases donde estaba la relación de aulas a las que tenía que ir y me marché a buscar la de Historia, pues ya era un poco tarde. 

Entré a una pequeña clase donde no cabían más de quince estudiantes y me senté al fondo. Intenté prestar la máxima atención posible a lo que decía la profesora Smith, una señora anciana con gafas y un moño bien apretado que parecía indicar que no admitiría muchas bromas en su clase. Pasaron las horas y las clases, y a las once y media me dirigí a la cafetería a almorzar. Me senté con un grupo de mi clase en el que habían dos chicos (Mark y Peter) y tres chicas (Maggie, Mary y Annie). Mark y Peter eran jugadores de rugby, parecían dos armarios empotrados. Maggie era una muchacha pelirroja con pecas, Mary tenía un ligero bigote y Annie el pelo tintado azul y muchos pendientes repartidos en las dos orejas. 

Me preguntaron un montón de cosas sobre Nápoles, sobre donde vivía allí en Plymouth y qué me había llevado allí. Les contesté que intentaba mejorar mi inglés, a lo que siguieron unas carcajadas, pues se dieron cuenta de que seguía la conversación con facilidad. Terminamos de almorzar y fuimos a clase de español. La profesora Thompson nos dijo que haríamos una excursión a un cine donde ponían películas en versión original y que esa semana ofrecía Diarios de motocicleta, la película sobre la juventud del Che Guevara.  

Así pues, al día siguiente Roy volvió a dejarme en el instituto, donde cogeríamos un autobús al centro, donde se encontraba el cine. El autobús nos dejó en la puerta de un cine que apenas se podía mantener en pie, compramos unos refrescos y algunos dulces y entramos a ver la película. Me senté entre Maggie y Annie, pudo ser a posta o no, pero me debatía entre mantener una conversación con una o con la otra. Las dos me habían entrado por los ojos, pero no sabía por cual decidirme. Cuando llevábamos media película de ininteligible español, me decidí a entrarle a Maggie. 

Estuvimos hablándonos al oído y cuando me di cuenta estábamos cogidos de la mano. La excursión terminaba en la puerta del cine, así que decidí acompañar a Maggie a su casa, que vivía a tres o cuatro manzanas de allí. Estuvimos charlando hasta que llegamos a la puerta de su casa, y una hora más frente a ella. De repente, empezó a llover, así que saqué mi paraguas de la mochila y los dos nos pusimos debajo. Al estar tan cerca el uno del otro, la distancia anglosajona se rompió y con las narices pegadas nos miramos a los ojos y nos besamos. Llovía con fiereza, así que tras un minuto en el que fuimos inseparables, nos despegamos y Maggie entró a su casa. 

Llamé a Lois y le dije donde estaba, preguntándole así qué autobús debía coger para volver a casa, pero me dijo que iba ella a recogerme. Esperando en la acera de enfrente de la casa de Maggie me dije que a pesar del tiempo y del café, aquel año no iba a estar del todo mal. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Una vida posterior


Es comúnmente pensado que cuando te enamoras, si crees en una vida posterior, te encontrarás con tu amor en esa nueva existencia.

Harvey tenía quince años cuando un soleado día de verano, en el lago del pueblo de sus abuelos, conoció a Dora. Ella era rubia, el cabello le caía en pequeños tirabuzones, tenía la nariz respingona, coloretes en los mofletes y los ojos azul celeste. Cuando la vio al caer la tarde aquel diecisiete de julio, se enamoró al instante.

Harvey tenía el pelo pajizo, pecas y gafas de montura cuadrada. Dora reparó en él al mismo momento y, al igual que el joven Harvey, cayó rendida a sus pies.

Pronto comenzaron a salir, cumplieron la mayoría de edad, y al poco tiempo de vivir juntos, se casaron. Alquilaron un pequeño apartamento en la esquina de la Calle 92 con West End en Nueva York y tuvieron un hijo, al que llamaron Louie.

Max tenía dieciocho años cuando conoció a Laura. Ella era morena de piel, castaña y tenía unos ojos enormes marrones. Se conocieron en Central Park en Navidades cuando Max estaba patinando con sus primos pequeños en la pista de hielo. Laura estaba con unas amigas cuando se tropezó de sopetón con Max mientras patinaba. Cuando se ayudaron, excusándose para levantarse, Laura se fijó en los ojos amarillentos de Max y jamás se volvió a separar de él. Tuvieron una hija preciosa, a la que llamaron Soline.

Max y Harvey habían sido amigos desde la infancia, desde que coincidieron en la Sinagoga a la que los llevaban sus padres. Habían crecido, estudiado y vivido juntos.

Dora, cuando solo contaba con cincuenta y un años enfermó. Un agresivo cáncer de colon acabó con su joven vida, dejando atrás a un marido destrozado, que la veneraba como aquel día de julio, y un hijo abatido tras perder a su mejor amiga. No fue esta la única desgracia que cayó sobre Harvey, puesto que la mujer de su mejor amigo Max, Laura, sufrió un accidente de coche mientras volvía a casa del trabajo.

Los dos amigos perdieron a sus mujeres en un breve lapso de seis meses. Desde ese descorazonador año, Harvey y Max decidieron apoyarse, aún más si cabe, el uno en el otro, intentando sobreponerse a aquella dura prueba que les había deparado el destino.

Harvey y Max continuaron trabajando unos años. Harvey trabajaba en un periódico como maquetador, así como Max lo hacía en una fábrica de rotuladores. Cuando cumplieron los sesenta años, decidieron dejar ambos sus trabajos para poner fin a su vida en Nueva York.

Con Louie y Soline ya mayores, Harvey propuso a Max volar a Florida, alquilar un pequeño apartamento cerca de Miami Beach, y alcanzar el ocaso de sus días juntos, tal y como lo habían hecho toda la vida.

Dos años pasaron en las soleadas playas de Florida cuando un fallo renal acabó con la vida de Max, dejando completamente solo a Harvey. Éste, desolado, se pegó un tiro en la boca para dejar de sufrir la pérdida y la tristeza del jubilado solitario en que se había convertido.


Al morir, ambos llegaron al Infierno, puesto que debido a su condición de judíos no podían alcanzar el reino de los cielos. El Infierno no era como contaban en la Tierra. Era un lugar divertido, casi tan caluroso como Florida, con salas de juego, bares y pulseras de todo incluido.

Como en el Arca de Noé, todo ciudadano del Infierno debía entrar con pareja, así pues, cuando Max llegó allí, esperó. No tuvo que hacerlo en exceso, ya que tras esperar el mismo tiempo que esperas un tren en la Estación Grand Central para ir a Vermont, llegó su mejor amigo, Harvey.

Una mezcla de alegría y desolación se arremolinaron en el corazón de Max cuando vislumbró a Harvey, ya que cuando llegó a estar a dos pasos de él, preguntó:

-¿Tú qué haces aquí?

-No te pensarías que me iba a quedar allí arriba yo sólo, ¿verdad?


Max sonrió, tomó a su amigo del hombro y pidió a Cerbero entrar en el reino de las sombras acompañado de su mejor amigo.  

sábado, 13 de junio de 2015

Me ahogo

Eres increíble. Capaz de hacer feliz y capaz de enfangar por completo. Eres increíble. Con una sonrisa, capaz de embotellar el pensamiento. Con un desprecio, de demolirlo todo. Incapaz de hacer nada, capaz de hacerlo todo. Me ahogo, ni el aire limpio y despejado de las cumbres puede evitarlo. Me ahogo, y cada día más. Un día tras otro, me ahogo. Y no veo un resquicio por el que pasar. No lo hay. De momento. Pero no hay extensión definida para definir lo indefinible. Eres increíble. Indefiniblemente increíble. Te añoro y, ni tan siquiera, te he visto marchar, pues ni siquiera llegaste a existir. 

jueves, 26 de febrero de 2015

El clérigo


El Padre Paul era un sacerdote de la Iglesia Católica muy parecido a los demás en sus funciones dentro de la parroquia. Acudía a dar sus sermones, iba a casa de sus feligresas como buen director espiritual que era, intentando mantener al rebaño reunido y en la buena dirección, no mantenía relaciones sexuales con los niños que frecuentaban su iglesia. Es decir, todo normal. Pero tenía vicios, vaya si tenía. Era un adicto de los que crean escuela.

Los lavabos de la iglesia eran su segundo cuarto de estar, sobre todo la tapa del retrete, donde esparcía sus polvos mágicos para volar al país de nunca pecarás. Era un bebedor empedernido de escocés y le perdían las strippers. Tenía un lugar reservado en un club a las afueras de la ciudad, pegado a la esquina de la barra y ya sin alzacuellos rozando su garganta.

Una noche, al salir del club, había bebido lo acostumbrado, pero no había hablado con la dama blanca. Abrió, no sin dificultad, la puerta de su coche y se sentó. Metió la llave en el contacto y arrancó. Estaba lloviendo a cántaros, lo normal en esa zona de Virginia en esa época del año. Llevaba unos metros avanzados cuando perdió el control del volante y calló en una zanja, al costado derecho de la carretera, quedando sin sentido al instante.

Despertó un día más tarde en el hospital del condado, con rasguños en todo el cuerpo pero, en general, completamente ileso. Pasadas un par de horas le dieron de alta.

Había pasado mucho miedo, y decidió poner remedio a su situación. El Padre Paul comenzó a ir a reuniones de Alcohólicos Anónimos, y pronto dejó de beber y de consumir cocaína. Comenzó a ser un contribuyente común, con el pequeño aditivo de tener que acudir a esas reuniones en lugar de al club.

Llevaba tres meses sin tomar nada. Tras una comunión, salió a la puerta de la parroquia a despedir a los niños que habían recibido su primera hostia consagrada. Hacía un día perfecto. Cuando el pequeño Tom, el monaguillo que le ayudaba terminó de verificar que todo estaba en orden cerró el portón de la iglesia.

Cuando Paul se dio la vuelta, el niño había cruzado la calle y lo esperaba al otro lado. Mientras cruzaba, se estaba encendiendo un cigarrillo, y al cubrírselo con la mano para evitar la brisa, no vio que un autobús se le echaba encima, acabando con su vida.


Casualmente, el autobús se dirigía a Pennsylvania a una concentración de cine erótico. 

jueves, 19 de febrero de 2015

El Padre de Jack

Estaba masturbándose Jack como un auténtico degenerado cuando su madre tocó a la puerta de la habitación. 

-Jackie, tengo que hablar contigo, cariño- dijo con voz suave-. 
-¡Ya va!- espetó Jack, malhumorado por el corte-. 

Cerró todas las pestañas de su ordenador que contenían producciones pornográficas y abrió la ventana para intentar apaciguar el pestazo a tabaco mezclado con el olor a percebes gallegos. Abrió la puerta aún con el falo rígido como un beefeter de Buckingham Palace. 

-A ver si te dejas de fumar-observó su madre-. 
-¿Para esto querías hablarme?
-No, cariño. Tu padre ha muerto esta mañana-dijo ella, escuetamente-. 

Los padres de Jack se habían divorciado siendo él un crío y le tenía un asco, imposible de articular con palabras, a ese señor con el que compartía uno de sus apellidos.

-¿Y?- preguntó el muchacho-. 
-Tendrás que ir al entierro, vamos, digo yo- apuntó su madre-.
-¿Yo? ¿Para qué?
-Joder, era tu padre- contestó ella-. 
-Te equivocas, ése no era tal cosa. ¿Algo más, mamá?
-No, sólo era eso- dijo ella, cerrando la puerta al salir-.

Jack volvió a sentarse frente a su escritorio y miró por la ventana. Aún siendo febrero, hacía un día completamente soleado, un día magnífico. Abrió una pestaña en su ordenador y puso en el buscador: Orgasmatrix. Terminó lo que había interrumpido su madre y, una vez se hubo aseado, llamó a Johnny. 

-Tío, ¿tienes tiempo para una cerveza?
-Claro, en quince minutos en el bar.

Pasada media hora, Johnny llegó al bar que frecuentaban.

-¿Qué dices Jackie, qué pasa?
-Ha palmao mi viejo. 
-La puta. ¿Estás bien?
-Desde luego. ¿Has visto qué día hace, hermano? ¿Por qué iba a estar mal?
-No sé, tío. Era tu padre. 
-No. Mi padre está currando ahora. Por cierto, hoy es su cumpleaños. 
-Podríamos ir a tomarnos una con él- propuso Johnny-.
-Va, me apetece verlo.

Apuraron sus vasos y salieron del bar. De camino al bar del padrastro de Jack se fumaron un par de cigarrillos. El Sol brillaba en lo alto del firmamento, los pajarillos cantaban mientras revoloteaban entre las ramas de los árboles, pasaban un par de mujeres de bella figura por la acera de enfrente. Llegaron y Fred salió de detrás de la barra y Jack le dio un abrazo fortísimo. 

-¡Felicidades papa!- gritó el joven-. 
-Gracias, Jackie. ¿Cómo vais?
-Estábamos echando una birra por ahí y hemos dicho:"coño, si hoy es el cumpleaños de Fred, vamos a verlo", y aquí estamos.
-Sentaos, sentaos. ¿Qué queréis? Que os invito-dijo Fred-.
-Pues, un par de cañas-dijo Johnny-.

Había muerto un pobre desgraciado en alguna parte, mientras el padre de Jack sonreía poniendo un par de cañas a su hijo y su mejor amigo.