Una noche me enfrenté al frío folio
en blanco, tras varios meses sin hacerlo por distintos asuntos que
mantuvieron mi cabeza alejada del bolígrafo simple y llano, y no se
me ocurría absolutamente nada que emborronase aquel papel
enmarronado debido a su anterior naturaleza de hoja virgen y su
posterior característica distintiva de folio reciclado.
Intenté por todos los medios acudir a
mis autores fetiche para ver si de esta manera podía ocurrírseme
un tema sobre el que divagar o deformar hasta la náusea otras obras
que encendiesen en mi mente una idea que llevar a cabo. Busqué en
Allen, en Bukowski, en Burroughs e, incluso, en Tolkien. Nada
apareció en mi cabeza, con lo cual, me remitiré a una antigua
historia que circulaba por mi mente cuando conocí a
una mujer que podría haber sido mi mentora pero que, trágicamente
(no sé si uso bien este vocablo para describir mi sentir), nació
unos años antes que yo y ya había marchado de España, por lo
menos, durante un tiempo.
Gorka estaba
sentado una tarde en una conocida cadena de cafeterías en el centro
de Madrid. Mientras sorbía poco a poco su caliente café de moca
blanco vio entrar a una joven señorita que tenía el pelo oscuro y
corto y una sonrisa radiante en la cara. Al parecer iba sola, igual
que el muchacho.
Tras pedir su
propio café, la muchacha se sentó junto a la ventana para leer lo
que parecía desde la distancia un número de Jot Down, pero en
seguida se quedó ensimismada mirando a la gente pasar por la calle
deprisa, ocupada en sus asuntos. Mientras la joven mantenía la
mirada perdida en la gente, Gorka tenía la mirada perdida sobre
ella.
En un momento
dado, Gorka se levantó de su cómodo sillón para acercarse a la
mesa de la chica y se presentó:
-Hola.
Ella lo miró de
arriba a bajo como sopesando si debía corresponder a aquel abordaje
al que se había tirado sin red el chaval, cuando dijo:
-Hola.
Antes de escuchar
la devolución del saludo, Gorka echó a correr por la plaza de
Callao en dirección a Plaza de España. La joven se quedó
estupefacta de ver la reacción que había conllevado su medio
saludo y salió de la cafetería con el café en la mano y la revista
en la mochila, sin un destino concreto.
Gorka giró a la
izquierda en la esquina de Plaza de España y bajó, ya andando,
hacia el templo de Debod. Le gustaba ir allí cuando no tenía nada
que hacer ni nadie con quién estar, para sentarse y observar el
horizonte que se extendía más allá de la Casa de Campo.
Mientras tanto,
casi mareada, la joven muchacha había bajado por la calle Preciados
y girado a la derecha cuando llegó a Sol para acercarse a los
jardines del Palacio Real, por donde le gustaba pasear cuando tenía
el cerebro embotado debido a sus múltiples preocupaciones.
Al llegar al
Templo, Gorka se sentó en uno de los espacios con césped que hay
rodeándolo, y tranquilamente se lió un canuto. Llevaba fumada la
mitad cuando reparó en una silueta conocida que avanzaba andando
con la cabeza agachada unos metros por delante de él.
La muchacha había
avanzado por los jardines del Palacio Real hasta que, casi sin darse
cuenta, se había plantado en las escaleras que suben al Templo de
Debod. Las subió con calma y avanzó cerca de mirador que enseña
el paraje de la Casa de Campo. Mientras avanzaba, alguien se puso en
su camino. Se trataba del muchacho que la había abordado en la
cafetería una hora antes.
-Hola-dijo ella al
verlo-.
-Hola, siento lo
de antes. Soy un poco tímido-replicó él, con los ojos vidriosos-.
-Ya me he dado
cuenta. ¿Qué te ha llevado a saludarme allí?-preguntó ella-.
-Me he fijado que
habías sacado una Jot Down, y... no sé, me he interesado por ti.
-Ya veo.
-¿Quieres
sentarte un rato conmigo?-preguntó Gorka, acariciándose el cabello
sin muchas expectativas-.
-Bueno, así
podrás contarme porqué tienes los ojos colorados-respondió ella
con una sonrisa-.
Gorka la condujo
al lugar donde se hallaba sentado antes de envalentonarse por segunda
vez ese día para hablar con la misma chica. Se sentaron.
-Me llamo Gorka,
por cierto-dijo-.
-Yo Carlota-repuso
la chica-.
Gorka enseñó a
Carlota el porqué del nuevo color de sus ojos, y ella aceptó el
cigarrillo cuando él se lo ofreció. Gorka pensaba que si estaban
los dos colocados la conversación fluiría por sí sola. Al cabo de
diez minutos charlaban como si se conocieran de toda la vida.
Carlota había acabado la carrera y ya trabajaba en como profesora
suplente de lingüística. Al enterarse de ello, Gorka se
sobresaltó, puesto que él acababa de dejar de lado la publicidad
para decantarse por algo que había llamado siempre su atención
pero en su momento no tuvo el valor de escoger, la filología
hispánica.
Hacía ya un rato
largo cuando Carlota se miró el reloj de pulsera que adornaba su
pálida muñeca cuando se levantó de un salto y le dijo a Gorka:
-Tío, tengo que
irme.
-¿Ya?-preguntó
el chaval, pues las dos horas que llevaban hablando se le habían
pasado como un suspiro-.
-Sí,
joder-respiró ella, angustiada-. El partido empieza en una hora, y
aún tengo que llegar al Calderón.
-¿No me digas que
tienes entrada para ver la final allí?-preguntó Gorka, menos
preocupado que ansioso por estar más tiempo con Carlota-.
-Sí, pero tengo
que irme, ¡ya!
-Te acompaño-dijo
tajantemente el joven-.
-¿Cómo que me
acompañas? ¿No quieres verlo?-preguntó ella, extrañada-.
-No me importa
mucho, la verdad. Un Madrid-Atleti en la Final de Champions, ya ves
tú- dijo él con una media sonrisa-.
-Está bien, ¡pero
vámonos ya!-dijo ella tirando del brazo de Gorka-.
Bajaron las
escaleras de nuevo, y a las espaldas del Senado pararon un taxi, pues
en Metro era imposible llegar a las nueve menos cuarto a la ribera
del Manzanares. Carlota estaba fuera de sí, era una gran aficionada
a todo lo que representaba el Atleti y sobre todo la más cholista
de todo Madrid.
Cuando llegaron a
las puertas del estadio se encontraron con los amigos de Carlota, que
la estaban esperando para entrar. Se quedaron un tanto parados al
verla acompañada de un tío al que nunca habían visto. Se
acercaron un poco más a ellos y Carlota y Gorka se despidieron.
Carlota se acercó
a sus amigos y preguntó:
-¿Dónde está
Bel?
-No ha podido
venir. Ayer jugando al hockey se destrozó la rodilla-dijo Andrés,
uno de los amigos-.
-¡Hostia!
¿Entonces qué?-respondió Carlota-.
-Igual tu amigo
quiere entrar-respondió Kaco, otro de los amigos de Carlota-.
¡GORKA!-gritó la
muchacha en la distancia-.
Gorka se dio la
vuelta y se acercó.
-Dime-respondió-.
-¿Quieres venir?
-Me
encantaría-dijo el chaval con una sonrisa-.
El resto de la
noche es de sobra conocido hasta que el árbitro pitó el final. Los
seguidores del Atleti abandonaron el estadio en un silencio
incómodo. Carlota y sus amigos se despidieron cuando llegaron a la
parada de Metro de Antón Martín, y Gorka bajó con ella.
La intentó animar
en el camino de vuelta a casa con varias de las chorradas que se le
ocurrían mientras ella seguía indignada y con alguna que otra
lágrima asomando por sus preciosos ojos pardos hasta que al llegar
al portal de ella, dijo:
-No pasa nada,
Carlota. Piénsalo bien. Ha sido una primera cita extraordinaria.
Ella alzó la
vista, lo miró a los ojos y, por primera vez desde el gol de Godín,
sonrió.
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