miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Por qué eres del Atleti?


Una noche me enfrenté al frío folio en blanco, tras varios meses sin hacerlo por distintos asuntos que mantuvieron mi cabeza alejada del bolígrafo simple y llano, y no se me ocurría absolutamente nada que emborronase aquel papel enmarronado debido a su anterior naturaleza de hoja virgen y su posterior característica distintiva de folio reciclado.

Intenté por todos los medios acudir a mis autores fetiche para ver si de esta manera podía ocurrírseme un tema sobre el que divagar o deformar hasta la náusea otras obras que encendiesen en mi mente una idea que llevar a cabo. Busqué en Allen, en Bukowski, en Burroughs e, incluso, en Tolkien. Nada apareció en mi cabeza, con lo cual, me remitiré a una antigua historia que circulaba por mi mente cuando conocí a una mujer que podría haber sido mi mentora pero que, trágicamente (no sé si uso bien este vocablo para describir mi sentir), nació unos años antes que yo y ya había marchado de España, por lo menos, durante un tiempo.

Gorka estaba sentado una tarde en una conocida cadena de cafeterías en el centro de Madrid. Mientras sorbía poco a poco su caliente café de moca blanco vio entrar a una joven señorita que tenía el pelo oscuro y corto y una sonrisa radiante en la cara. Al parecer iba sola, igual que el muchacho.

Tras pedir su propio café, la muchacha se sentó junto a la ventana para leer lo que parecía desde la distancia un número de Jot Down, pero en seguida se quedó ensimismada mirando a la gente pasar por la calle deprisa, ocupada en sus asuntos. Mientras la joven mantenía la mirada perdida en la gente, Gorka tenía la mirada perdida sobre ella.

En un momento dado, Gorka se levantó de su cómodo sillón para acercarse a la mesa de la chica y se presentó:

-Hola.

Ella lo miró de arriba a bajo como sopesando si debía corresponder a aquel abordaje al que se había tirado sin red el chaval, cuando dijo:

-Hola.

Antes de escuchar la devolución del saludo, Gorka echó a correr por la plaza de Callao en dirección a Plaza de España. La joven se quedó estupefacta de ver la reacción que había conllevado su medio saludo y salió de la cafetería con el café en la mano y la revista en la mochila, sin un destino concreto.

Gorka giró a la izquierda en la esquina de Plaza de España y bajó, ya andando, hacia el templo de Debod. Le gustaba ir allí cuando no tenía nada que hacer ni nadie con quién estar, para sentarse y observar el horizonte que se extendía más allá de la Casa de Campo.

Mientras tanto, casi mareada, la joven muchacha había bajado por la calle Preciados y girado a la derecha cuando llegó a Sol para acercarse a los jardines del Palacio Real, por donde le gustaba pasear cuando tenía el cerebro embotado debido a sus múltiples preocupaciones.




Al llegar al Templo, Gorka se sentó en uno de los espacios con césped que hay rodeándolo, y tranquilamente se lió un canuto. Llevaba fumada la mitad cuando reparó en una silueta conocida que avanzaba andando con la cabeza agachada unos metros por delante de él.
La muchacha había avanzado por los jardines del Palacio Real hasta que, casi sin darse cuenta, se había plantado en las escaleras que suben al Templo de Debod. Las subió con calma y avanzó cerca de mirador que enseña el paraje de la Casa de Campo. Mientras avanzaba, alguien se puso en su camino. Se trataba del muchacho que la había abordado en la cafetería una hora antes.

-Hola-dijo ella al verlo-.

-Hola, siento lo de antes. Soy un poco tímido-replicó él, con los ojos vidriosos-.

-Ya me he dado cuenta. ¿Qué te ha llevado a saludarme allí?-preguntó ella-.

-Me he fijado que habías sacado una Jot Down, y... no sé, me he interesado por ti.

-Ya veo.
-¿Quieres sentarte un rato conmigo?-preguntó Gorka, acariciándose el cabello sin muchas expectativas-.

-Bueno, así podrás contarme porqué tienes los ojos colorados-respondió ella con una sonrisa-.

Gorka la condujo al lugar donde se hallaba sentado antes de envalentonarse por segunda vez ese día para hablar con la misma chica. Se sentaron.

-Me llamo Gorka, por cierto-dijo-.

-Yo Carlota-repuso la chica-.

Gorka enseñó a Carlota el porqué del nuevo color de sus ojos, y ella aceptó el cigarrillo cuando él se lo ofreció. Gorka pensaba que si estaban los dos colocados la conversación fluiría por sí sola. Al cabo de diez minutos charlaban como si se conocieran de toda la vida. Carlota había acabado la carrera y ya trabajaba en como profesora suplente de lingüística. Al enterarse de ello, Gorka se sobresaltó, puesto que él acababa de dejar de lado la publicidad para decantarse por algo que había llamado siempre su atención pero en su momento no tuvo el valor de escoger, la filología hispánica.

Hacía ya un rato largo cuando Carlota se miró el reloj de pulsera que adornaba su pálida muñeca cuando se levantó de un salto y le dijo a Gorka:

-Tío, tengo que irme.
-¿Ya?-preguntó el chaval, pues las dos horas que llevaban hablando se le habían pasado como un suspiro-.

-Sí, joder-respiró ella, angustiada-. El partido empieza en una hora, y aún tengo que llegar al Calderón.

-¿No me digas que tienes entrada para ver la final allí?-preguntó Gorka, menos preocupado que ansioso por estar más tiempo con Carlota-.

-Sí, pero tengo que irme, ¡ya!

-Te acompaño-dijo tajantemente el joven-.

-¿Cómo que me acompañas? ¿No quieres verlo?-preguntó ella, extrañada-.

-No me importa mucho, la verdad. Un Madrid-Atleti en la Final de Champions, ya ves tú- dijo él con una media sonrisa-.

-Está bien, ¡pero vámonos ya!-dijo ella tirando del brazo de Gorka-.

Bajaron las escaleras de nuevo, y a las espaldas del Senado pararon un taxi, pues en Metro era imposible llegar a las nueve menos cuarto a la ribera del Manzanares. Carlota estaba fuera de sí, era una gran aficionada a todo lo que representaba el Atleti y sobre todo la más cholista de todo Madrid.

Cuando llegaron a las puertas del estadio se encontraron con los amigos de Carlota, que la estaban esperando para entrar. Se quedaron un tanto parados al verla acompañada de un tío al que nunca habían visto. Se acercaron un poco más a ellos y Carlota y Gorka se despidieron.

Carlota se acercó a sus amigos y preguntó:

-¿Dónde está Bel?
-No ha podido venir. Ayer jugando al hockey se destrozó la rodilla-dijo Andrés, uno de los amigos-.

-¡Hostia! ¿Entonces qué?-respondió Carlota-.

-Igual tu amigo quiere entrar-respondió Kaco, otro de los amigos de Carlota-.

¡GORKA!-gritó la muchacha en la distancia-.

Gorka se dio la vuelta y se acercó.

-Dime-respondió-.

-¿Quieres venir?

-Me encantaría-dijo el chaval con una sonrisa-.

El resto de la noche es de sobra conocido hasta que el árbitro pitó el final. Los seguidores del Atleti abandonaron el estadio en un silencio incómodo. Carlota y sus amigos se despidieron cuando llegaron a la parada de Metro de Antón Martín, y Gorka bajó con ella.



La intentó animar en el camino de vuelta a casa con varias de las chorradas que se le ocurrían mientras ella seguía indignada y con alguna que otra lágrima asomando por sus preciosos ojos pardos hasta que al llegar al portal de ella, dijo:

-No pasa nada, Carlota. Piénsalo bien. Ha sido una primera cita extraordinaria.

Ella alzó la vista, lo miró a los ojos y, por primera vez desde el gol de Godín, sonrió.







No hay comentarios:

Publicar un comentario