jueves, 26 de septiembre de 2013

El neoyorkino en L.A.


Él había encumbrado Los Ángeles desde que veía las vistas panorámicas del Fórum de Inglewood en aquellas tardes en que los Knicks se enfrentaban a los Lakers. Siendo un muchacho de Manhattan era un tanto inverosímil que hubiera ansiado tanto viajar al otro extremo del país para vivir su vida y disfrutarla como lo hacía. Se había criado entre los enormes edificios que se situaban en el Upper East Side y ahora tenía un pequeño apartamento en un barrio en que solo habitaban putas y maleantes.

 Pero, ¿qué coño? Eso era todo lo que quería una persona que se había mudado a la capital de la costa Oeste de los Estados Unidos de América. Eso, precisamente, era lo que Will pensaba que era el sueño americano. Dedicarse a escribir en su inhabitable y falto de decoración apartamento, mientras podía pedir algo de sexo por dinero con un grito por la ventana y a la vez que subía la puta de turno, le llevaba su dosis de marihuana o lo que fuera para seguir con la inspiración de su trabajo una vez hubiera consumado el acto sucio y sexual. Un día, mientras estaba sentado en una terraza sosteniendo un whisky como desayuno, aderezado con un cigarrillo de la marca más barata del mercado, pasó ante él una mujer que debería tener como quince años más que él, vestida de traje y sosteniendo un cigarrillo de la marca más cara del mercado. Iba perfectamente vestida, peinada y, de hecho, olía bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Will había estado buscando algo así desde que llegó a Los Ángeles, una mujer de verdad, y no todas aquellas pelanduscas que te chupaban la polla por veinte cochinos dólares. La había buscado como musa, mucho antes que como un objeto sexual o (por favor, no) una mujer de la que enamorarse. Will sabía que si quería seguir escribiendo de la forma en que lo hacía, que le daba para pagar el alquiler y para sus vicios, no debía juntarse durante mucho tiempo con una mujer, pues al final, una relación sale muy cara. La mujer, al ver el interés con el que Will la miraba, apartó la silla que había junto a éste, y se sentó. El camarero latino que iba de culo para atender a todas aquellas personas que se sentaban en la terraza a desayunar con la calma que da vivir en el Oeste, se acercó a la mesa y preguntó a la mujer qué iba a tomar. Ella respondió que lo mismo que su compañero de mesa. Éste se sorprendió, pues una mujer como esa no tenía la apariencia de desayunar whisky a las diez de la mañana un martes. Entonces, cuando el camarero se marchó, ella preguntó directamente:
-¿A qué te dedicas?
-Soy escritor- respondió Will secamente-.
El camarero se acercó a la mesa con el whisky de la mujer y se fue. Tomó un sorbo largo y le dijo:

-¿Eres de California?
-No, me crié en Nueva York, pero vine aquí para dedicarme por entero a la escritura. Cuando vivía en Manhattan trabajaba en una copistería, pero como ya ve, no era lo que yo deseaba-respondió él, ya menos temeroso que antes de la conversación-.
-Así que un chico de la Gran Manzana. ¿Qué te trajo al estado dorado?
-Su calma para poder escribir con tranquilidad. Manhattan me saturaba. No encontraba historias.

Ella se extrañó de que un escritor no se inspirara en una de las ciudades más ricamente culturales de toda América, y pensó que había perdido el tiempo al sentarse ante un hombre, que por muy atractivo e interesante que pareciese, no era capaz de escribir en una ciudad tan repleta de historias como Nueva York. En cuanto Will se dio cuenta de que la conversación podría acabarse ahí, le espetó:

-¿Quieres leer algo mío?

Ella se lo pensó, y finalmente le dijo que por qué no. Al ver que el camarero había entrado a la cafetería, la tomó de la mano, se levantaron y cogieron un taxi antes de que les pillaran sin haber pagado sus bebidas. En el taxi ella volvió a preguntar:

-¿Dónde vives?
-En un apartamento pequeño y sucio que me da miles de posibilidades para escribir. 

Ella pensó que el pobre muchacho (Will no contaba más de 26 años y ella ya pasaba los cuarenta) se había mudado a Los Ángeles porque quería escribir como el más famoso escritor de la ciudad, Charles Bukowski, y creía que cuando llegase al apartamento del chico encontraría botellas de alcohol tiradas por ahí y restos de cocaína sobre las mesas, al lado de la máquina de escribir más ruinosa de toda la ciudad. Cuando se apearon del taxi, él no pretendía pagar la carrera, pero ella se adelantó, y al haber pensado en las características financieras de su acompañante, pagó al taxista. En el portal del edificio de Will se encontraba una de las múltiples prostitutas que trabajaban en el barrio, y que había subido al piso de Will con regularidad en el último año y medio, miró a éste, que con una mirada taxativa la advirtió de que para ella ya tendría tiempo. Will siempre dejaba la puerta abierta cuando entraba en casa para que entrara alguna prostituta. Subieron los cuatro pisos por las escaleras, pues el cochambroso ascensor estaba estropeado desde que Will folló en él con la puta que había en la puerta porque no había podido esperar a llegar a su apartamento. Abrió despacio la puerta y cuando ella vio el piso quedó prendada al momento. Entendía perfectamente porqué Will estaba a gusto allí trabajando en sus escritos. 

En la entrada de la casa no había nada más a parte de una mesa de madera que les llegaba por las rodillas para dejar únicamente las llaves, pues de haber posado otra cosa allí ésta se habría vencido. En ese piso solo habían tres habitaciones, a parte de la pequeña entrada. En una había simplemente una cama y una mesita de noche, en la que, ¡oh, qué casualidad!, había uno de los libros del álter ego de Henry Chinaski. En otra de las habitaciones había una cocina-cuarto de baño, en la que se encontraban los fogones de una antigua cocina de gas, un microondas y un frigorífico, al lado de una puerta que daba a la galería donde solamente había un wáter y un rollo de papel higiénico sin empezar. Finalmente, en el salón había una gran mesa de resina donde había un plato con un trozo de pizza a medio comer y la máquina de escribir, ni tan antigua como había pensado la mujer, ni tan nueva como para que estuviesen todas las letras. Pegado a la pared había un sofá suficientemente grande como para follar pero demasiado pequeño para dormir. Pero, al contrario de lo que se podía pensar, ella se dio cuenta de por qué ese apartamento era perfecto. Había una ventana en el salón que daba a la calle y se veían al fondo unas grandes colinas, de las que ella estaba segura que se podía ver perfectamente el amanecer, o bien el ocaso, no estaba segura de eso. 

Will sacó de la máquina de escribir lo último que había escrito y se lo dio a la mujer. Ella lo cogió y se sentó a intentar degustarlo. Se quedó totalmente sorprendida. Al contrario de lo que había pensado, ese relato estaba lleno de una ternura que jamás habría podido imaginar salir de un hombre como aquel y, mucho menos, de un piso como aquel. La historia trataba de un hombre judío que se dedicaba a la contabilidad en un banco situado en la City de Londres, que se enamoraba locamente de la nana de sus dos hijos, de nacionalidad marroquí y musulmana de creencias, y se fugaba con ella para vivir su historia de amor prohibido, a un pequeño pueblecito del este de Canadá, donde tendrían hijos y vivirían completamente en paz con el mundo, únicamente gracias al amor que habían encontrado en la gran ciudad europea. 

Cuando la mujer acabó de leer el relato de Will, este sorbía directamente de la botella una cerveza, y a ella se le caía una pequeña lágrima por sus sonrosadas mejillas. Se levantó y le preguntó:

-¿En serio, esto es tuyo?
-Completamente. 

Se le tiró al cuello y lo besó. Él, que ya había vivido esta situación en varias ocasiones, la llevó a la habitación y cerró la puerta del apartamento para siempre. 


lunes, 23 de septiembre de 2013

El judío con ganas


Conducía un Porsche Cayenne subiendo Beverly Hills en dirección a su casa, donde no había ni una pizca de humildad en ninguno de sus múltiples rincones, los propios de una casa de tres pisos y garaje, piscina en el jardín,  criada y mayordomo incluidos. Joshua había cimentado toda su vida en relación a su más amada afición, y desde hacía diez años, su oficio: la producción de películas en la Fábrica de Sueños. Había construido su existencia junto a su novia de los quince años, ahora su mujer, que le dio dos niños varones. Era, lo que solía llamar Woody Allen, un judío con ganas. Todo lo que rodeaba su vida estaba impregnado de la fe judía: desde no trabajar ni hacer, prácticamente, nada los sábados (el Sabbath) hasta trabajar en la industria del cine . Veneraba a su mujer y hacía que sus hijos intentasen alcanzar el éxito en la vida, para no cambiar en exceso el nivel de vida que llevaban mientras vivían bajo el mismo techo que sus padres. Pero había algo que hacía que Joshua no fuese el perfecto padre y, ni mucho menos, el mejor esposo. Trabajando en una de las películas que realizaba para Miramax, había conocido a una actriz de segunda, e incluso, de tercera fila, más joven y mucho más metida en la efervescencia sexual que él y, sobre todo, preciosa, con quien estaba teniendo relaciones sexuales y algunas, para disgusto de Joshua, más personales. Solían salir los fines de semana, previo engaño de Joshua a su esposa, lo que hacía que ésta empezase a darse cuenta de que algo no iba nada bien. Empezó a darse cuenta de las escapadas de su marido cuando tenía oportunidad, y también, se había dado cuenta de que follaban poco. Esto le extrañaba sobremanera, porque aunque ya tuvieran dos hijos, en ningún momento hasta que Joshua empezó a salir con la de Miramax, habían dejado de follar. Cuando empezó a pensar que su marido se la estaba pegando con otra, empezó a frecuentar las reuniones de vecinos famosos, con Will Smith presidiendo la comunidad y, sobre todo, los gimnasios que recordaba que iban actores de Hollywood, por conversaciones que había tenido con su marido. Un buen día, había decidido salir a correr y parar en un gimnasio al comienzo de Beverly Hills, uno de los gimnasios que su marido le había revelado que frecuentaban las estrellas. Cuando llegó y entró, se quedó petrificada. Habían allí muy pocas personas, tenía que ser bastante exclusivo, y se le acercó un muchacho para preguntarle:

-¿Quiere usted algo?
-Sí, claro… Quería saber cuánto vale la mensualidad-preguntó, algo nerviosa-.
-349,99 dólares, señora-respondió el muchacho-.
-Humm, ¿qué tengo que hacer?-dijo ella-.

Mientras el recepcionista se daba la vuelta para recoger una serie de informes que rellenar, la mujer de Joshua se dio la vuelta y vio allí a su marido. Estaba ayudando a una muchacha preciosa a levantar unas pesas que sola no podía. Entonces vio algo que hizo que le hirviera la sangre. A aquella víbora cogiendo del cuello a su marido, acercándosele con rapidez para besarlo allí, delante de todo el mundo. Antes de que el recepcionista se hubiese dado la vuelta, la mujer se marchó de allí, enrojecida de vergüenza e ira, que estaba acumulando ya hacía algunos meses. De vuelta en su casa, se tranquilizó, y cuando Joshua volvió a la hora de cenar, actuó con total naturalidad.

Hacía un mes y medio que Joshua tenía problemas con su amante. Ésta no le dejaba vivir, lo tenía atosigado todo el tiempo, incluso cuando estaba trabajando en algo importante y, además, su matrimonio iba mejor que nunca. Su esposa, que se había tranquilizado mucho respecto a los meses anteriores, en que se había demostrado un tanto inquieta, parecía quererlo más que nunca. Joshua pensaba que era como uno de esos a los que pagaba millones para realizar sus películas, interpretando al joven galán francés que tiene una esposa en casa esperándolo y una jovencita fuera con el único objetivo del placer carnal. Pero llegó un momento en que su amante no lo llamaba, ni quedaban a escondidas como antes, marchándose precipitadamente, con llamadas imprevistas por parte del otro. Un día, estando en casa, Joshua entró al salón y allí lo esperaba su esposa, diciéndole únicamente:

-Hoy viene una amiga del gimnasio a cenar-.

Después de decir esto, Joshua se quedó solo en el salón, a la espera de que se hiciera la hora de cenar. Había tenido un día duro. La última película de Kevin Smith no acababa de despegar, lo que ponía de mala hostia a toda la productora, y en especial a él. Llegaron las ocho y sonó el timbre. Allí se encontraba la amante de Joshua, que al recibirla en la casa, se quedó petrificado. Era la amiga de su mujer. ¡Menuda puta mierda!, ¿cómo había podido hacerse amiga de su puta amante? Joshua estuvo torpe y nervioso durante toda la cena, mandando miradas de temor y advertencia a su amante, mientras a ella se la veía comodísima en esa situación. 
Terminada la cena, apresuradamente, ambas mujeres se marcharon de casa, dejando allí solo a Joshua. Si se habían marchado juntas no podría llamar a la de Miramax para preguntarle qué había significado aquella escena. Pero no pudo, y al día siguiente tampoco, ni al otro. El móvil al que había llamado para eludir su vida de judío con ganas, que diría aquel, ya no estaba disponible para él. 

Al cabo de las semanas, la película de Kevin Smith ya había tomado forma, y se había rodado. Una noche de post-producción, Joshua se quedó hasta tarde a causa de una reunión con el montador, y cuando llegó a su casa se extrañó. Cuando dejó el coche en el garaje se dio cuenta de que sus hijos no estaban en casa, pues no había ruido, y de que no había ni una sola luz encendida en toda la casa. Subió rápidamente al primer piso, donde se encontraba el comedor y la cocina, miró rápidamente allí mismo, y continuó subiendo pisos. El siguiente, el segundo albergaba su propia habitación, que estaba cerrada. Al fin escuchaba algo en toda la casa. Un pequeño gemido amortiguado por las paredes. Pegó la oreja a la puerta de su habitación y escuchó con más nitidez los gemidos, que eran continuados y muy fuertes. De repente, Joshua abrió la habitación y se encontró a su mujer con las espalda pegada en la pared y gimiendo ahora sí como una descosida, con las piernas estiradas que se perdían bajo las sábanas. Allí mismo había una silueta que movía de forma continua arriba y abajo la cabeza bajo la sábana. Al ver a su marido allí plantado, sonrió, y avisó al que estaba bajo la sábana. Salió una muchacha preciosa, y que parecía una actriz de segunda o, incluso, de tercer fila. Joshua se quedó blanco y se largó de allí. 

Posteriormente en el juicio de divorcio entre ambos Joshua se quedó sin casa, sin mujer y sin dinero. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Las putas son mejores que las mujeres


Empecé a beber cuando me aficioné a ir de putas. Esto ocurrió cuando Joana me dejó por mi amigo Abraham. El jodido judío como decía yo. Fue compañero mío en la facultad de empresariales y en seguida nos hicimos inseparables. Salíamos juntos, compartíamos comidas e incluso habitación en la residencia para estudiantes de la Universidad de Columbia. Era mi mejor amigo. Pero todo esto se vino abajo el día que sorprendí a Joana haciéndole una felación en mi sala de estar. En mi propia casa.

Esa noche tuvimos una bronca monumental Joana y yo, en la que ella acabó con las maletas en la puerta y mi profundo resentimiento de por vida. A Abraham no volví a dirigirle la palabra, ni cuando estuve a punto de perderlo todo a causa de una mala inversión. Yo era agente de seguros, y tras un par de meses malos en el trabajo me encontré con aquella grotesca escena, de mi novia comiéndole la polla a mi mejor amigo.

En el momento en que Joana salió de mi vida empecé a beber. Las putas se volvieron una constante en mi vida. Me divertía. Era los más fácil, no habían dolores de cabeza, noches sin follar o desencuentros cuando no llegábamos a las mismas conclusiones, pues con las putas siempre tienes la razón. Me encantaba hablar con ellas antes de ponernos a follar como locos, pues me gustaba ponerlas a cuatro patas y montarlas por detrás, me hacía sentirme poderoso. Al fin mandaba en mi vida.

Con el tiempo, dejé de ir a trabajar, y me echaron del trabajo pero no me importó demasiado. Seguía bebiendo continuamente y había veces en las que tenía que llegar a pagar a las putas, que venían a mi casa, sin habérmelas follado, solo por las molestias de no haber podido coger otro cliente durante esa hora. Conocí a una muchacha que a simple vista parecía decente, ni llevaba medias de rejilla, ni se pintaba con ansia, ni tenía la más mínima apariencia de ser una profesional del placer. Parecía, incluso, que disfrutaba sobremanera de su trabajo. Cuando hablaba con ella no comparaba su trabajo con otro para decir que era mejor que algo, pues para ella la prostitución era como para mi, un servicio público, como el que puede realizar un taxista o un médico. Ella simplemente se lo pasaba bien trabajando. Se llamaba Lucy. Lucy era increíblemente inteligente, tenía una carrera, era licenciada en filosofía, y había noches en que le pagaba la noche entera únicamente para sentarme con ella a debatir sobre el bien y el mal, y toda esa clase de mierdas.

Otra de mis amigas putas se llamaba Lory. Era una mulata tremenda. Estaba buenísima, y sus carnosos labios eran capaces de hacer las mejores mamadas de todo Manhattan. Con Lory apenas mantenía conversaciones. Con el tiempo, empecé a preguntarle sobre qué hacía fuera de las horas de trabajo, pero la muchacha tampoco tenía muchas tablas como para mantener una conversación en la que no aparecieran las palabras follar o griego.

Al cabo de dos años, me encontré con Joana en una cafetería de la Quinta, y me dijo que se acababa de casar con Abraham. Conforme salían esas palabras de su máquina de felar, me di la vuelta y me largué de ahí. Empecé a tener fuertes dolores de cabeza cuando llegué a mi apartamento, y al cabo de unas semanas me diagnosticaron depresión. Estaba completamente hundido, pero no necesitaba de las pastillas que mi psicoanalista me ofrecía. A mi con un par de porros de marihuana por las noches me bastaba para relajar la tensión que tenía sobre mis hombros. Ya ni bebía ni llamaba a Lucy o Lory. No me apasionaba nada. Entonces mi psicoanalista sí que me mandó algo que me ayudó mucho a la larga. Empecé a escribir un diario. En él ponía todas mis fobias. Mi fobia a ir a las cafeterías, mi fobia a los judíos, mi fobia a la gente…

Con el tiempo decidí poner tierra de por medio y me marché de Nueva York. Me trasladé a un pueblecito del norte donde se estaba muy tranquilo. Había comprado una gran casa en el campo con el dinero que había ahorrado en putas y alcohol, además del de mi apartamento en Manhattan. Allí dejé de lado el diario y empecé a escribir relatos cortos. En ellos se citaban nazis que peleaban con las manos desnudas con judíos. Para un ateo antifascista que estos nazis ganaran esas batallas imaginarias de lucha libre resultaba un tanto extraño, pero dejaba de serlo cuando me daba cuenta de que la cara de Abraham era la que quedaba sepultada bajo las botas negras de los personajes a los que ponía la cara de Goebbles y Gëring.

También había espacio para aquellas encantadoras putas que estaban muy por encima de la desvergonzada Joana, por lo menos las putas eran honestas. Tenía pesadillas casi todas las noches, en ellas se mezclaba todo lo que escribía el día anterior. Joana mamándosela a Goebbles, Abraham y Gëring besándose… Estaba empezando a perder la cabeza. Una noche estaba masturbándome como un loco, con los ojos en blanco, disfrutando tanto como no lo hacía desde que follaba con Joana antes de saber lo promiscua que era.

Entonces, algo cruzó mi cabeza. Terminé la paja, y me senté delante de mi máquina de escribir. Estuve cuatro días escribiendo sin parar. De allí salieron trescientas cuarenta y siete páginas de un material buenísimo. Incluso para mi, que nunca apreciaba nada de lo que escribía. En esos cuatro días conté mi vida en un libro. Narré todos y cada uno de los momentos de mi vida que cabía reseñar. Se lo mandé a un editor, amigo mío, pero no traidor, y éste lo publicó. Decía que era buena mierda. Al cabo de unos meses, mi libro aparecía en todas las cadenas de televisión y era recomendado en muchas cadenas de radio, según decía mi amigo el editor. Una noche, para celebrarlo, me bebí cuatro botellas de vodka, que me calentaron el cuerpo hasta tal punto, que cuando me bajó la temperatura lo hizo de tal manera que jamás volví a despertar. Las putas son mejores que las mujeres sigue siendo el libro más vendido en la Costa Este desde hace cinco años.