Él había encumbrado Los Ángeles desde que veía las vistas panorámicas del Fórum de Inglewood en aquellas tardes en que los Knicks se enfrentaban a los Lakers. Siendo un muchacho de Manhattan era un tanto inverosímil que hubiera ansiado tanto viajar al otro extremo del país para vivir su vida y disfrutarla como lo hacía. Se había criado entre los enormes edificios que se situaban en el Upper East Side y ahora tenía un pequeño apartamento en un barrio en que solo habitaban putas y maleantes.
Pero, ¿qué coño? Eso era todo lo que quería una persona que se había mudado a la capital de la costa Oeste de los Estados Unidos de América. Eso, precisamente, era lo que Will pensaba que era el sueño americano. Dedicarse a escribir en su inhabitable y falto de decoración apartamento, mientras podía pedir algo de sexo por dinero con un grito por la ventana y a la vez que subía la puta de turno, le llevaba su dosis de marihuana o lo que fuera para seguir con la inspiración de su trabajo una vez hubiera consumado el acto sucio y sexual. Un día, mientras estaba sentado en una terraza sosteniendo un whisky como desayuno, aderezado con un cigarrillo de la marca más barata del mercado, pasó ante él una mujer que debería tener como quince años más que él, vestida de traje y sosteniendo un cigarrillo de la marca más cara del mercado. Iba perfectamente vestida, peinada y, de hecho, olía bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Will había estado buscando algo así desde que llegó a Los Ángeles, una mujer de verdad, y no todas aquellas pelanduscas que te chupaban la polla por veinte cochinos dólares. La había buscado como musa, mucho antes que como un objeto sexual o (por favor, no) una mujer de la que enamorarse. Will sabía que si quería seguir escribiendo de la forma en que lo hacía, que le daba para pagar el alquiler y para sus vicios, no debía juntarse durante mucho tiempo con una mujer, pues al final, una relación sale muy cara. La mujer, al ver el interés con el que Will la miraba, apartó la silla que había junto a éste, y se sentó. El camarero latino que iba de culo para atender a todas aquellas personas que se sentaban en la terraza a desayunar con la calma que da vivir en el Oeste, se acercó a la mesa y preguntó a la mujer qué iba a tomar. Ella respondió que lo mismo que su compañero de mesa. Éste se sorprendió, pues una mujer como esa no tenía la apariencia de desayunar whisky a las diez de la mañana un martes. Entonces, cuando el camarero se marchó, ella preguntó directamente:
-¿A qué te dedicas?
-Soy escritor- respondió Will secamente-.
El camarero se acercó a la mesa con el whisky de la mujer y se fue. Tomó un sorbo largo y le dijo:
-¿Eres de California?
-No, me crié en Nueva York, pero vine aquí para dedicarme por entero a la escritura. Cuando vivía en Manhattan trabajaba en una copistería, pero como ya ve, no era lo que yo deseaba-respondió él, ya menos temeroso que antes de la conversación-.
-Así que un chico de la Gran Manzana. ¿Qué te trajo al estado dorado?
-Su calma para poder escribir con tranquilidad. Manhattan me saturaba. No encontraba historias.
Ella se extrañó de que un escritor no se inspirara en una de las ciudades más ricamente culturales de toda América, y pensó que había perdido el tiempo al sentarse ante un hombre, que por muy atractivo e interesante que pareciese, no era capaz de escribir en una ciudad tan repleta de historias como Nueva York. En cuanto Will se dio cuenta de que la conversación podría acabarse ahí, le espetó:
-¿Quieres leer algo mío?
Ella se lo pensó, y finalmente le dijo que por qué no. Al ver que el camarero había entrado a la cafetería, la tomó de la mano, se levantaron y cogieron un taxi antes de que les pillaran sin haber pagado sus bebidas. En el taxi ella volvió a preguntar:
-¿Dónde vives?
-En un apartamento pequeño y sucio que me da miles de posibilidades para escribir.
Ella pensó que el pobre muchacho (Will no contaba más de 26 años y ella ya pasaba los cuarenta) se había mudado a Los Ángeles porque quería escribir como el más famoso escritor de la ciudad, Charles Bukowski, y creía que cuando llegase al apartamento del chico encontraría botellas de alcohol tiradas por ahí y restos de cocaína sobre las mesas, al lado de la máquina de escribir más ruinosa de toda la ciudad. Cuando se apearon del taxi, él no pretendía pagar la carrera, pero ella se adelantó, y al haber pensado en las características financieras de su acompañante, pagó al taxista. En el portal del edificio de Will se encontraba una de las múltiples prostitutas que trabajaban en el barrio, y que había subido al piso de Will con regularidad en el último año y medio, miró a éste, que con una mirada taxativa la advirtió de que para ella ya tendría tiempo. Will siempre dejaba la puerta abierta cuando entraba en casa para que entrara alguna prostituta. Subieron los cuatro pisos por las escaleras, pues el cochambroso ascensor estaba estropeado desde que Will folló en él con la puta que había en la puerta porque no había podido esperar a llegar a su apartamento. Abrió despacio la puerta y cuando ella vio el piso quedó prendada al momento. Entendía perfectamente porqué Will estaba a gusto allí trabajando en sus escritos.
En la entrada de la casa no había nada más a parte de una mesa de madera que les llegaba por las rodillas para dejar únicamente las llaves, pues de haber posado otra cosa allí ésta se habría vencido. En ese piso solo habían tres habitaciones, a parte de la pequeña entrada. En una había simplemente una cama y una mesita de noche, en la que, ¡oh, qué casualidad!, había uno de los libros del álter ego de Henry Chinaski. En otra de las habitaciones había una cocina-cuarto de baño, en la que se encontraban los fogones de una antigua cocina de gas, un microondas y un frigorífico, al lado de una puerta que daba a la galería donde solamente había un wáter y un rollo de papel higiénico sin empezar. Finalmente, en el salón había una gran mesa de resina donde había un plato con un trozo de pizza a medio comer y la máquina de escribir, ni tan antigua como había pensado la mujer, ni tan nueva como para que estuviesen todas las letras. Pegado a la pared había un sofá suficientemente grande como para follar pero demasiado pequeño para dormir. Pero, al contrario de lo que se podía pensar, ella se dio cuenta de por qué ese apartamento era perfecto. Había una ventana en el salón que daba a la calle y se veían al fondo unas grandes colinas, de las que ella estaba segura que se podía ver perfectamente el amanecer, o bien el ocaso, no estaba segura de eso.
Will sacó de la máquina de escribir lo último que había escrito y se lo dio a la mujer. Ella lo cogió y se sentó a intentar degustarlo. Se quedó totalmente sorprendida. Al contrario de lo que había pensado, ese relato estaba lleno de una ternura que jamás habría podido imaginar salir de un hombre como aquel y, mucho menos, de un piso como aquel. La historia trataba de un hombre judío que se dedicaba a la contabilidad en un banco situado en la City de Londres, que se enamoraba locamente de la nana de sus dos hijos, de nacionalidad marroquí y musulmana de creencias, y se fugaba con ella para vivir su historia de amor prohibido, a un pequeño pueblecito del este de Canadá, donde tendrían hijos y vivirían completamente en paz con el mundo, únicamente gracias al amor que habían encontrado en la gran ciudad europea.
Cuando la mujer acabó de leer el relato de Will, este sorbía directamente de la botella una cerveza, y a ella se le caía una pequeña lágrima por sus sonrosadas mejillas. Se levantó y le preguntó:
-¿En serio, esto es tuyo?
-Completamente.
Se le tiró al cuello y lo besó. Él, que ya había vivido esta situación en varias ocasiones, la llevó a la habitación y cerró la puerta del apartamento para siempre.