domingo, 19 de abril de 2020

Mi folclórica

Carmen estaba esperando en el asiento del copiloto a que Francisco llegara. Sabía que aquella noche no estaría de humor para nada. Había fracasado una vez más en La Maestranza, y ya eran incontables las ocasiones en que le había ocurrido lo mismo. Una vez, después de una faena en Ronda, había abandonado la casa familiar en plena noche tras otra ridícula corrida y no había vuelto hasta el desayuno. Y lo hizo, únicamente, porque tenía una conexión en directo con un programa de sucesos de la mañana por la que cobraba más de lo que ganaba en la plaza. 

Ahí estaba. Con la mirada perdida avanzaba junto a su apoderado. Ya no quedaba nadie en el exterior de la plaza sevillana, puesto que la puerta grande se había abierto hacía media hora para los otros dos toreros de la tarde, que habían salido cada uno con dos orejas y rabo. Se le veía en el semblante que aquella noche no iba a ser tranquila en Mi folclórica, la finca que sus padres habían adquirido cuando Francisco todavía contaba con cinco años de edad, y donde había empezado como novillero antes de torear a su primer toro, con trece años. Dejó sus aparejos en el  maletero del coche, incluido el capote y el estoque, y cerró la puerta trasera. Francisco subió al coche y, sin mirar a Carmen, hizo contacto con la llave y arrancó. 

-Cariño, ¿cómo estás?

Siempre le formulaba la misma pregunta, y siempre esperaba la misma respuesta: el silencio. Francisco miraba encendido la carretera mientras su esposa era incapaz de articular otra palabra. Cuando llegaron a la finca, Francisco bajó del coche, abrió las puertas y, sin detenerse para cerrarlas, avanzó hasta la puerta de la casa. Las luces estaban encendidas. Sus hijos seguramente habían visto la corrida por televisión con los padres de Carmen. Eran sus más fervientes seguidores, pero empezaban a admirar más a los futbolistas que veían con tranquilidad que a su propio padre. 

Francisco detuvo el coche en la puerta, dejó bajar a Carmen y, antes de que esta reparase en lo que hacía su marido, arrancó de nuevo y se alejó de allí. Buscaba un bar abierto en la noche del domingo, donde ver el partido del Madrid, tomar una copa -o varias- y regresar a casa cuando todos estuviesen dormidos, para evitar miradas de reproche o, peor aún, de decepción. Pero Francisco no encontraba de esa manera redención alguna ante las horrendas tardes en el ruedo que ya eran costumbre. Si no encontraba lo que buscaba en la plaza, lo haría fuera de ella. Así que, una vez llegó a un bar en mitad de la nada, se sentó en la mesa más alejada de la puerta, desde la que podía ver no sólo la televisión, sino a todo el que estaba en el lugar. 

En una mesa había tres hombres mayores, rayando la senectud, apoyando al rival del Madrid aquella noche. Francisco ni siquiera había reparado en quién demonios era el rival de su equipo. Buscaba otra cosa. En otra de las mesas, había una familia al completo: padre, madre y dos hijos, una niña y un niño, que no tendrían más de doce y ocho años respectivamente. El niño apoyaba sus pies sobre un Mikasa blanco y negro. Junto a la puerta, por otro lado, había una pareja joven, de no más de veintiocho años, cenando animadamente sin prestar atención a nadie más que a sí mismos. 

Francisco pidió una copa de brandi, y cuando el camarero se la llevó, le pidió la segunda. De un trago sorbió la primera y esperó ansioso la segunda. Una vez la tuvo ante él, empezó a observar lo que ocurría a su alrededor. Los hombres mayores y la familia estaban cantando un gol mientras la pareja se escandalizaba en silencio ante tanto alboroto. Sin embargo, el griterío se apagó un tanto con la llegada del descanso. En ese momento, los niños pidieron permiso a sus padres para salir a la calle a jugar durante el receso del partido. Fue entonces cuando Francisco pidió la tercera copa de brandi mientras se excusaba ante el camarero para salir a fumar. Ninguno de los viejos hizo lo propio y la pareja no se inmutó al verlo pasar hacia la puerta. 

Puso su mano sobre el cristal de ésta y empujó hacia afuera. No vio a los niños allí, donde estaban los coches, pero escuchó el rumor de un balón golpeando una pared. Había aparcado en la esquina del bar por donde se escuchaban los golpes en el cemento. Se acercó sigilosamente al coche y abrió el maletero. En aquel momento, el balón le rebotó en el pie izquierdo, y bajó la mirada para verlo. Era su oportunidad. Los niños fueron a ver qué había pasado con su balón. Cuando giraron la esquina del bar, se precipitó sobre ellos una tela roja que los envolvió a ambos. Dos fuertes brazos los rodearon con aquella tela y sintieron cómo eran introducidos en un coche. Allí, las manos que dependían de aquellos brazos los golpearon en la cabeza y cayeron inconscientes. 

Francisco cerró velozmente las puertas y se colocó en el asiento del piloto. Volvió a arrancar y se marchó de allí.


* * *

Cuando los niños abrieron finalmente los ojos, no vieron nada. Estaba todo completamente oscuro a excepción de una bombilla que los iluminaba, pero se sentían observados. Frente a ellos había alguien sentado en la oscuridad. Ese alguien había atado sus manos con sendas sogas y había cubierto sus bocas con cinta adhesiva para que no pudieran gritar ni, mucho menos, pedir auxilio. De todas formas, allí nadie los oiría. Mi folclórica tenía doscientas héctareas, claramente diferenciadas en la casa principal, la piscina, el establo y la pequeña plaza de toros donde Francisco había aprendido a torear. Precisamente en uno de los corrales de la plaza de Mi folclórica se encontraban los dos jóvenes. 

Una brasa se encendió en la oscuridad. Los ojos medio bizcos de Francisco se iluminaron en la penumbra mientras los niños intentaban zafarse de sus ataduras. Cuando hubo terminado su cigarrillo, Francisco se levantó y miró a los ojos a la niña. 

-¿Sabéis por qué estáis aquí? -preguntó, con la mirada enloquecida-. 

Evidentemente, no obtuvo respuesta, únicamente más forcejeos por parte de los infantes. Se giró y volvió a la umbría. Se escuchó un ruido fluido de tela, y el rojo volvió ante los ojos de los niños. Ese rojo que los había envuelto en una oscuridad de la que no veían posibilidad de salir. 

-Esto es una muleta. Se utiliza cuando el torero va a entrar a matar. ¿Os gustan los toros?

De nuevo, el forcejeo. El niño empezó a llorar. La niña miraba furiosa a su secuestrador. 

-Bueno, a mí cada vez menos. Soy un fracasado. Pero esta noche, voy a ser yo quien salga por la puerta grande. 

Francisco sacó de debajo de la muleta un par de banderillas que solían estar presidiendo el corral en el que se encontraban. Habían pertenecido a su padre, que se había quedado en banderillero, pero había hecho todo lo posible por que su hijo fuera un gran matador. Dejó las banderillas a los pies de los niños y sacó el estoque. 

El torero quería empezar por la mayor. Tomó el estoque y acarició el bisoño rostro de la muchacha con él, en ambos mofletes. Empezó a sangrar. Fue ese el momento que desbocó a Francisco. Eso era lo que le apasionaba. La sangre. La sangre significaba sufrimiento y, si era él quien la provocaba, le infundía felicidad. 

Hizo lo propio con el muchacho. Después, empezó a rajarles los estómagos, a través de las camisetas. Empezaban a ponerse blancos ante la pérdida constante de sangre. Sin parar un segundo de respirar entrecortadamente, jadeando, tomó del suelo las dos banderillas y las clavó, una en el hombro derecho de la joven y otra en el izquierdo de su hermano.

Estaban a punto de desmayarse. En aquel instante, ya a punto de sufrir espamos de gozo y júbilo, Francisco extrajo la puntilla de su cinturón. En menos de lo que tarda en decirse, clavó el cuchillo corto en la nuca de la hermana para sacarlo a la velocidad del rayo con el objetivo de hacer lo mismo en el cuello del hermano. Francisco reía a carcajadas. Los ojos se le salían de las órbitas. Seguía jadeando con fuerza cuando se desmayó de placer.  

* * *

Carmen se tranquilizó cuando vio a su marido entrar en su habitación cuando todavía no había amanecido. Francisco entró directamente al cuarto de baño y cerró la puerta tras de sí. Tenía todavía una hora y media para ducharse, desayunar y conectar el ordenador para hacer su conexión en directo. Aquella mañana el tema era el Pin Parental.