El Padre Paul era un sacerdote de la
Iglesia Católica muy parecido a los demás en sus funciones dentro
de la parroquia. Acudía a dar sus sermones, iba a casa de sus
feligresas como buen director espiritual que era, intentando
mantener al rebaño reunido y en la buena dirección,
no mantenía relaciones sexuales con los niños que frecuentaban su
iglesia. Es decir, todo normal. Pero tenía vicios, vaya si tenía.
Era un adicto de los que crean escuela.
Los
lavabos de la iglesia eran su segundo cuarto de estar, sobre todo la
tapa del retrete, donde esparcía sus polvos mágicos para volar al
país de nunca pecarás. Era un bebedor empedernido de escocés y le
perdían las strippers. Tenía un lugar reservado en un club a las
afueras de la ciudad, pegado a la esquina de la barra y ya sin
alzacuellos rozando su garganta.
Una
noche, al salir del club, había bebido lo acostumbrado, pero no
había hablado con la dama blanca. Abrió, no sin dificultad, la
puerta de su coche y se sentó. Metió la llave en el contacto y
arrancó. Estaba lloviendo a cántaros, lo normal en esa zona de
Virginia en esa época del año. Llevaba unos metros avanzados
cuando perdió el control del volante y calló en una zanja, al
costado derecho de la carretera, quedando sin sentido al instante.
Despertó
un día más tarde en el hospital del condado, con rasguños en todo
el cuerpo pero, en general, completamente ileso. Pasadas un par de
horas le dieron de alta.
Había
pasado mucho miedo, y decidió poner remedio a su situación. El
Padre Paul comenzó a ir a reuniones de Alcohólicos Anónimos, y
pronto dejó de beber y de consumir cocaína. Comenzó a ser un
contribuyente común, con el pequeño aditivo de tener que acudir a
esas reuniones en lugar de al club.
Llevaba
tres meses sin tomar nada. Tras una comunión, salió a la puerta de
la parroquia a despedir a los niños que habían recibido su primera
hostia consagrada.
Hacía un día perfecto. Cuando el pequeño Tom, el monaguillo que
le ayudaba terminó de verificar que todo estaba en orden cerró el
portón de la iglesia.
Cuando
Paul se dio la vuelta, el niño había cruzado la calle y lo esperaba
al otro lado. Mientras cruzaba, se estaba encendiendo un cigarrillo,
y al cubrírselo con la mano para evitar la brisa, no vio que un
autobús se le echaba encima, acabando con su vida.
Casualmente,
el autobús se dirigía a Pennsylvania a una concentración de cine
erótico.