Te levantas por la mañana. Un día
más. Llueve. Hace frío. Te pones delante del espejo y no te
gustas. Abres el grifo de la ducha. Mientras el agua se calienta, te
lavas los dientes. Sale sangre, debido a una mala higiene y a la
polución de la gran ciudad. Te pones bajo la ducha, te enjabonas el
cabello, te secas y sales. Con el ojo derecho medio pegado aún te
pones los calzoncillos, pantalones, calcetines, zapatillas y
camiseta, por este orden. Te haces un café que te jode dos cosas:
primero, la cavidad bucal por la temperatura de éste; segundo, tener
que lavarte los dientes por segunda vez.
Te vas a trabajar. Como
mínimo ocho horas, pero nunca son ocho horas. Vuelves a casa, estás
sólo, ya que tu mujer (ya ex mujer) se llevó a los niños cuando
decidió terminar contigo, por gilipollas. Te abres una mierda de
cerveza, porque con tu sueldo no puedes comprar nada mejor y te
pones el fútbol en la misma televisión que tenías a los catorce
años en casa de tus padres, hasta que decides irte a la cama. Y ya
ha pasado otro día más.