Tras dos semanas, me levanté de la
cama. Había estado buceando por el infierno. ¿La causa?
Es cierto, no os he contado la causa.
Carrie. Ella me sacó las entrañas, se las dio a sus gatos para
desayunar mientras se reía estridentemente. Y yo estaba allí,
tirado en el suelo intentando sujetarme los órganos que pujaban por
salir a reunirse con los demás.
Asqueroso, ¿verdad? Asquerosa quedó
mi cama tras haber aguantado mi peso durante quince días y quince
noches, mientras a mi lado situé un cubo para los vómitos, que era
la única excreción que podía emitir mi cuerpo. Estuve dos semanas
sin cagar y sin mear. Como no comía, y apenas bebía, cuando
vomitaba se iba todo por ahí.
Nunca había sentido nada peor que
aquello. En aquellas interminables sesiones de comida de cabeza me
preguntaba: ¿por qué? ¿soy tan malo? ¿es ella tan mala? ¿debería
dejarlo todo y terminar ya? Pero no tenía la fuerza suficiente como
para levantarme de la cama para ir a comprobar todas estas
cuestiones.
Finalmente, a los quince días de
hibernación, y maltrato psicológico propio me decidí a
levantarme. Como vivía en un ático bastante alto saqué un
cigarro, después de dos semanas sin fumar, y salí al balcón. Una
preciosa expectativa se abrió ante mí junto a la puerta del
balcón. Me encendí el cigarro, le di tres caladas y cuando el
vecino de enfrente empezó a alarmarse, mi cuerpo sin vida ya se
hallaba esparcido por el suelo a cincuenta metros de distancia.
Firmado: Jack.