jueves, 13 de octubre de 2016

El tiempo pone a cada una en su sitio


Rodeada de kilómetros cúbicos del líquido elemento no podía apenas respirar. Una buena mañana, una figurita vino a beber un poco, y se marchó. Hacía bastante calor para la hora que era, y algo empujó de mí hacia arriba. Al colisionar con el borde me vi abandonando mi casucha y me elevé, me elevé...

Algunas de mis amigas vinieron conmigo, parecía una excursión. Íbamos todas cogidas del babi, por detrás, mientras ascendíamos. Llegado el momento, nos establecimos a una altura considerable sobre nuestras casuchas y, en lugar de agarrarnos del babi, nos fuimos uniendo unas a otras en perfecta armonía. Ya no teníamos físico, éramos extrañas a nuestros ojos. Compartíamos esencia. Fuimos formando grupos hasta que nos constituimos en uno solo.

Pasó el tiempo. No tenía constancia de mi propia existencia como individuo, así que no controlaba conceptos huecos y vacíos como el tiempo. Pasaron días, tal vez semanas, no lo pude saber. Lo sustantivo es que, llegado el momento, fuimos despojadas de nuestra extraña unidad y fuimos lanzadas al vacío como pasas de un surtido de frutos secos. Nos fuimos precipitando, una a una, al vacío. No sabíamos cual era nuestro destino. Pero algo teníamos claro: nuestra unidad anterior no desaparecería. Cuando vimos donde habíamos caído nos miramos aliviadas. No eran nuestras casuchas, ni siquiera estábamos rodeadas las unas de las otras, pero habíamos vuelto a caer en aquel lago tirolés del que habíamos salido. 

martes, 4 de octubre de 2016

Julia


A Julia, que me forzó a escribir de nuevo. 


Cuando abandoné Barcelona para combatir el fascismo que asolaba Europa en los cuarenta, jamás imaginé que podría olvidar de donde venía. Me uní al resto de mi tropa en Essonne, a unos cincuenta kilómetros de París, para comenzar con la ofensiva sobre la ciudad ocupada.

Allí me encontré con Louie, un americano combatiente que conocí durante la Guerra Civil y a Seamus, un escocés con el que había coincidido en unas jornadas antifascistas en Valencia hacía varios años. A pesar de la cohesión de aquel grupo de héroes, fuimos derrotados y subyugados por la bota oscura, pútrida e inclemente del enemigo.

Louie murió en aquella escabechina, al igual que Seamus. Yo, precisamente yo, me había salvado por los pelos de caer bajo la amenaza germana. Me encontraba, varios días después, y tras perder el conocimiento, en un hospital de campaña que había situado la Cruz Roja a escasos kilómetros de Essonne. Tenía mi pierna izquierda en alto, producto de una bomba lapa que pusieron en una cafetería, y el brazo derecho en cabestrillo.

Cuando dejé de compadecerme apareció. Se trataba de la mujer más bella que jamás vi. Tenía el pelo castaño, que caía en tirabuzones semiperfectos, que parecían esculpidos por el mismo Fidias. Me volvieron loco los dos lunares que adornaban la parte izquierda de su faz. Iba de aquí para allá con una sonrisa permanente en su rostro, tanto en sus labios como en su mirada. Cuando se acercó a mí, el corazón me palpitaba de tal manera que me era imposible articular sonido alguno.

           -¡Por fin se ha despertado! -me dijo, en un inglés con marcado acento de Manchester-.

Sonrojado, le dijo que sí, balbuceando, y me aupó para cambiarme de cama con el fin de hacer la mía. Se llamaba Julia, y llevaba desde los dieciséis años recorriendo Europa ayudando a todo aquel que lo necesitara.

Pasaron los días y, evidentemente, mi estado iba mejorando paulatinamente. Incluso evité decirle lo bien que me sentía para no dejar el lugar. Aún así, un mal día se acercó a mi cama y extendió un papel cerca de mi cara:

          -¡Le han dado el alta! -comentó con su inconfundible sonrisa de oreja a oreja-.

Abatido, tomé el papelucho aquel y me levanté de la cama, no sin antes preguntarle cuándo volvería a casa.
           -En un par de semanas -repuso-.

Con renovadas fuerzas, abandoné aquella pequeña villa francesa, pero no volví a Barcelona. Me encaminé a Manchester.

Pasé cuarenta años esperando en aquella horrenda ciudad inglesa esperando a Julia, el amor de vida, la mujer a la que había conjurado mi futuro, y jamás apareció.



miércoles, 24 de agosto de 2016

Consulta

Al fondo, una puerta se abre con un estruendoso estrépito. ¿Por qué cojones no usan aceite en los Centros de Salud?

Dos viejas hablan y hablan enfrente de mí, confiándose cosas de la edad, aunque no se conozcan de nada. El nieto de una de ellas, que imagino que es el que está enfermo, se evade todavía más de la señora que está molestando a su abuela que de la enfermedad, con unos cascos enormes y la música muy alta.

La médico abrió la puerta cuando fui a sobarme el rabo al cuarto de baño. Igual no vuelvo ver a la pareja de abuelos que está dentro de la consulta en toda mi vida. Quizá, al salir de aquí, qué se yo, los atropelle un chaval de 16 años con su BMX y adiós muy buenas.

La vieja de enfrente acaba de decir que le han molestado con no sé qué. ¡A ella! Que no se calla la hijaputa. Menuda sinvergüenza.

Bueno, a ver si me llaman. La médico salió hace un rato a hacer repaso de la gente que había y me metió delante de la jubilada pesada. Por urgencia dice. Me duele el oído cosa mala y lo único que siento es que se abre y se cierra y el poderoso asco que le estoy cogiendo al papagayo que tengo delante.

Ahora habla del Secreto de Puente Viejo y de Acacias. Maratón de telenovelas de esta señora ALL AFTERNOON LONG. Yo no puedo decir mucho sobre estas, yo veo Amar es para siempre con mi abuela. Me jodía cuando los Juegos, pero me ha enganchado la tía. Ahora resulta que Manolita se ha enterado de que Pelayo tiene guardado un secreto de Sofía. Muy loco todo. En fin, voy a seguir observando la vida.

PD: el chaval y su abuela acaban de entrar a la consulta y la vieja pesada se ha callado. Podéis ir en paz.

viernes, 26 de febrero de 2016

Erotismo exacerbado


Caminaba directa al trabajo cuando reparó en las portadas de los periódicos que había apilados en la entrada de un kiosko.

LA PROSTITUCIÓN SERÁ LEGALIZADA EL 1 DE ENERO

-¡Mierda!-pensó Joy, preocupada-.

Joy era una joven de veinticinco primaveras que trabajaba como directora en una productora de cine porno. De las primeras de su promoción, Joy siempre se había sentido intrigada por La Industria, así que cuando terminó Comunicación Audiovisual entregó su currículum a varias productoras y ella misma eligió en la que quería trabajar, puesto que la habían cogido en todas.

El anuncio del que se hacían eco las portadas tenía que ver con la moción propuesta por el Partido Demócrata en el Congreso, y ahora, casi seis meses después, el Senado la había aprobado. Esta cuestión atormentaba a toda la Industria, ya que pensaban que si la prostitución se legalizaba y el sexo era todavía más accesible, el cine porno se vería resentido.

Con todos estos pensamientos en la cabeza llegó Joy al set. Esa tarde se encontraban allí Lexi Belle, una hermosura de veintiocho años que iba a hacer un gang bang con cinco hombres. Se encontraba allí la flor y nata del porno estadounidense: Scott Nails, un ex- militar que empezó en el porno porque se lo propuso su novia, que lo dejó al verlo follando tanto y con tanta mujer; James Deen, eso sí, antes de ser acusado de violar a Stoya; Danny Mountain, marido de Eva Angelina; Criss Strokes, conocido por tener una polla igual de larga que su antebrazo; y, Johnny Sins, mejor conocido como ''El calvo de Brazzers'', el actor que cualquier persona que se haya hecho una paja en la era de Internet conocerá.

Cuando la vieron entrar se pusieron todos en sus puestos, pues Joy era una directora perfeccionista que tenía dicho a sus actores que allí no estaban ni para disfrutar ni para pasar el tiempo. Joy lo tenía claro, estaban allí para hacerse asquerosamente ricos.

En la escena de esa tarde, el guión decía que Lexi estaría sentada en un sofá y los hombres irían entrando con una excusa cada vez más endeble con el fin de meter sus falos en los agujeros de Belle. ''¿Qué se le va a hacer?'', pensó Joy, de todas maneras ella no era guionista.

Cuando hubieron dejado perdida a Lexi en un mar de esputos y lefazos, Joy gritó: ¡CORTEN!, ¡GRAN TRABAJO SEÑORES!, ¡INMENSO TRABAJO, SEÑORITA!, y se marchó.

Estaba pensando en los AVN que se celebraban ese fin de semana cavilando que la gran escena que acababan de grabar se colaría, seguro, en la categoría de mejor gang bang del año siguiente, y no andaba desencaminada observando que la gente no dejaría de ver porno mientras ella fuese directora.



miércoles, 17 de febrero de 2016

Asado argentino

-¡Cómo dominásteis el partido de anoche, Leo! -dijo Adolfo-. 
-Parece que tienes un don -apuntó Jesús-. 
-Lucháis como si os fuera la vida en ello -opinó Ernesto-. 
-Pues a mí eso de compartir tanto el balón no me gusta un pelo -replicó Margarita-. 
-Eso es que te jode, Margarita, ver cómo los equipos de tu país no se comen un colín en Europa -dijo Salvador, mirando obnubilado su cerveza-. 
-Yo soy más de baloncesto, pero como dicen Los Manolos, os parecéis a los putos Globetrotters -comentó Rosa-. 
-¡Tú cierra la boca, que no tienes ni puta idea! -se quejó Adolfo-. 

Adolfo no pensaba que Rosa no tuviera ni puta idea sólo en lo que al fútbol se refiere, sino que pensaba que no debería ni siquiera sentarse a la mesa a compartir el asado que estaba haciendo Leo con ayuda de Antonella. Margarita la miraba desde la otra punta de la mesa, altiva, pensando lo mismo que Adolfo pero sin ponerlo en común. Cuando estaban apurando los aperitivos, Jesús se sacó un chivato de marihuana y dijo:

-Va Ernesto, hazte un porrito para hacer hambre. 

Ernesto se sacó del bolsillo del pantalón un libro de papel de fumar y una bolsa de tabaco de liar. 

-No te hagas el porro con eso, jipi -dijo malhumorado Leo-. Toma -y le entregó a Ernesto un Marlboro que llevaba en el bolsillo delantero de su camisa-. 

Thiago iba para un lado y para otro hasta que vio a Ernesto encenderse el canuto y se sentó a su lado. 

-No fuméis porros delante de Thiago, cabrones -dijo desde el otro lado del jardín Antonella, visiblemente enfadada-. 

Jesús se levantó de su silla y se acercó parsimoniosamente a la esposa de Leo, que estaba salando la carne para meterla en la lumbre. 

-Antonella, cielo -empezó Jesús. Antonella se dio la vuelta-. 

-No es malo fumar porros. No más que la carne que estás cocinando o la cerveza que habéis comprado para nosotros -prosiguió Jesús-. 

-Ya, bueno. Si me lo dices tú...

-Además, ven a sentarte con nosotros que la comida ya esta hecha -dijo con una sonrisa-. 

-Qué va, si no la he metido aún al fuego -respondió Antonella, confundida-. 

Se dio la vuelta y vio como la carne no sólo estaba hecha, sino que ya estaba emplatada esperando para ser servida.

-Ay, cómo es este Jesús -pensó la mujer-. 

De vuelta a la mesa, los comensales habían empezado a hablar sobre televisión, debido al comentario de Rosa sobre Los Manolos. 

-¿Habéis visto el nuevo canal de Movistar+? ¡Es la hostia! Todo producción propia, aunque Likes es una basura total -dijo entusiasmado Salvador-. 
-Sí, por lo menos siguen haciendo Ilustres, ese Colubi me encanta -replicó Jesús-. 
-Pues a mí el que me hace más gracia es el Coronas, cada vez que se ríe y no se le ven los ojicos me parto el ojete -comentó Margarita-. 
-No tenéis ni puta idea. El que vale ahí es el Cansado, ese sí que es una risa -exclamó Adolfo-.
-¿Cansado el de Faemino y Cansado? -preguntó Rosa-.
-¿Es que no lo ves, que lo tienes que preguntar? -dijo, cortante, Margarita-. 
-No, a mí lo que me gusta es Mediaset -contestó, compungida, Rosa-.  

Adolfo se sacó un revólver de los pantalones y le pegó un tiro en la cara a Rosa.

Este fue el detonante de la pelea. Salvador, Aldolfo y Margarita empezaron a increpar a Ernesto y a Jesús. En el otro lado de la mesa, Leo y Antonella estaban sorprendidos de que uno de los mejores amigos de Leo hubiera matado a una de las mejores amigas de Antonella. Que le había pegado un tiro en mitad de la cara. Antonella se levantó y cogió el atizador de la lumbre y se lo hincó en la espalda a Adolfo. Leo se acercó y le pateó la cara hasta que dejó de respirar. 

Ahora eran Jesús y Ernesto los que estaban sorprendidos. Pero Ernesto se unió a la pelea y agarró a Margarita del cuello y la echó al suelo. Tomó la pala de la hoguera y, cogiendo un montón de brasas acumuladas en la lumbre, las vertió en el pecho de la mujer. Jesús se puso en pie y apretó las brasas aún más contra el pecho de Margarita. Empezó a gritar hasta que se quedó sin aire falleciendo en el acto. 

Salvador, que siempre se había caracterizado por actuar y pensar según las circunstancias, se acercó a Margarita, tendida en el suelo con la camisa y el pecho quemados a causa de las brasas, se bajó la bragueta y le meó en la boca, semiabierta tras el grito prolongado. Tras esto, Salvador se giró y se marchó de allí. 

Con las cosas ya más calmadas, amontonaron los cadáveres en un rincón y al sentarse en la mesa, Antonella dijo:

-¿Ponemos Gran Hermano? 

lunes, 1 de febrero de 2016

Grasa


Paulie era un tío de unos veinte años, un poco gordito. Apenas tenía vida social cara a cara, dado que siempre estaba en casa jugando al LOL. Sólo descansaba para pelársela como un maldito primate. Todo iba fenomenal en su universo. Había conseguido vivir del juego, iba a convenciones por toda Europa y llegó a las semifinales del Mundial de LOL 2015. En su círculo (cocina-habitación-él mismo) había conseguido la excelencia. Al verse con tanto dinero, Paulie decidió montar su propia productora de cine pornográfico, exclusivamente para poder ver el porno tal y como le gustaba, para no tener que seleccionar las escenas fetiche en esos vídeos tan cortos de Internet. En el momento en que Paulie empezó a desarrollar su enfermedad la productora The Most Powerful facturaba cientos de miles de dólares.

Paulie tenía veinticuatro años cuando desarrolló su enfermedad. Él lo llamaba así para escudarse en un supuesto contratiempo médico. Pero Paulie no estaba enfermo, era peor. Cada vez que Paulie se corría, perdía masa corporal. Hacía pocas semanas que Paulie había empezado a quemar grasa a un ritmo desenfrenado cuando se percató de lo que ocurría. Se encontraba en mitad de una filmación cuando se metió en su caravana a masturbarse por segunda vez ese día. Empezó con los típicos manoseos de huevos, porque Paulie disfrutaba masturbándose. Casi más que follando, pero eso es otra historia. Mientras Paulie maniobraba con su falo, al escupir un lefazo cortito su cuerpo le dio un latigazo y observó cómo un trozo de estómago se separaba de su cuerpo y caía al suelo. De esa manera tan abrupta describió Paulie a su médico lo que le había ocurrido. El doctor Sandman no encontró ningún corte ni que ninguna parte del cuerpo de su paciente hubiera sido expulsada del mismo, así que lo envió a casa con una caja de ibuprofenos.

Pasó un mes y la cosa no mejoró. Paulie no podía dejar de masturbarse y estaba muy volcado en su último proyecto (Threesome in the Pussywagon) y actuaban dos actrices que estaban como para tener su propia cátedra en la universidad del Cine erótico y sus derivados. Cuando tenían que regresar al trabajo después del último descanso del día, todo el staff de la película estaba esperando a que saliera Paulie de su caravana y no lo hacía. Fueron Svetlana y Paris las que se acercaron a la caravana. Al abrir la puerta se encontraron con Paulie con la polla en la mano y susurrando muy bajito:

-La última, la última...


Paris se acercó a toda prisa y le quitó la polla de las manos. En ese momento, Svetlana cerró la puerta y se acercó sigilosa a la cama. Se acurrucaron ambas cerca del pene de Paulie y empezaron a chuparlo. Lengua arriba, lengua abajo. Cuando Paris decidió metérselo por completo en la boca, llevaba dos subidas y dos bajadas cuando una supernova de espermatozoides dio contra su paladar, alejando finalmente a Paulie de la vida.