-¡Cómo dominásteis el partido de anoche, Leo! -dijo Adolfo-.
-Parece que tienes un don -apuntó Jesús-.
-Lucháis como si os fuera la vida en ello -opinó Ernesto-.
-Pues a mí eso de compartir tanto el balón no me gusta un pelo -replicó Margarita-.
-Eso es que te jode, Margarita, ver cómo los equipos de tu país no se comen un colín en Europa -dijo Salvador, mirando obnubilado su cerveza-.
-Yo soy más de baloncesto, pero como dicen Los Manolos, os parecéis a los putos Globetrotters -comentó Rosa-.
-¡Tú cierra la boca, que no tienes ni puta idea! -se quejó Adolfo-.
Adolfo no pensaba que Rosa no tuviera ni puta idea sólo en lo que al fútbol se refiere, sino que pensaba que no debería ni siquiera sentarse a la mesa a compartir el asado que estaba haciendo Leo con ayuda de Antonella. Margarita la miraba desde la otra punta de la mesa, altiva, pensando lo mismo que Adolfo pero sin ponerlo en común. Cuando estaban apurando los aperitivos, Jesús se sacó un chivato de marihuana y dijo:
-Va Ernesto, hazte un porrito para hacer hambre.
Ernesto se sacó del bolsillo del pantalón un libro de papel de fumar y una bolsa de tabaco de liar.
-No te hagas el porro con eso, jipi -dijo malhumorado Leo-. Toma -y le entregó a Ernesto un Marlboro que llevaba en el bolsillo delantero de su camisa-.
Thiago iba para un lado y para otro hasta que vio a Ernesto encenderse el canuto y se sentó a su lado.
-No fuméis porros delante de Thiago, cabrones -dijo desde el otro lado del jardín Antonella, visiblemente enfadada-.
Jesús se levantó de su silla y se acercó parsimoniosamente a la esposa de Leo, que estaba salando la carne para meterla en la lumbre.
-Antonella, cielo -empezó Jesús. Antonella se dio la vuelta-.
-No es malo fumar porros. No más que la carne que estás cocinando o la cerveza que habéis comprado para nosotros -prosiguió Jesús-.
-Ya, bueno. Si me lo dices tú...
-Además, ven a sentarte con nosotros que la comida ya esta hecha -dijo con una sonrisa-.
-Qué va, si no la he metido aún al fuego -respondió Antonella, confundida-.
Se dio la vuelta y vio como la carne no sólo estaba hecha, sino que ya estaba emplatada esperando para ser servida.
-Ay, cómo es este Jesús -pensó la mujer-.
De vuelta a la mesa, los comensales habían empezado a hablar sobre televisión, debido al comentario de Rosa sobre Los Manolos.
-¿Habéis visto el nuevo canal de Movistar+? ¡Es la hostia! Todo producción propia, aunque Likes es una basura total -dijo entusiasmado Salvador-.
-Sí, por lo menos siguen haciendo Ilustres, ese Colubi me encanta -replicó Jesús-.
-Pues a mí el que me hace más gracia es el Coronas, cada vez que se ríe y no se le ven los ojicos me parto el ojete -comentó Margarita-.
-No tenéis ni puta idea. El que vale ahí es el Cansado, ese sí que es una risa -exclamó Adolfo-.
-¿Cansado el de Faemino y Cansado? -preguntó Rosa-.
-¿Es que no lo ves, que lo tienes que preguntar? -dijo, cortante, Margarita-.
-No, a mí lo que me gusta es Mediaset -contestó, compungida, Rosa-.
Adolfo se sacó un revólver de los pantalones y le pegó un tiro en la cara a Rosa.
Este fue el detonante de la pelea. Salvador, Aldolfo y Margarita empezaron a increpar a Ernesto y a Jesús. En el otro lado de la mesa, Leo y Antonella estaban sorprendidos de que uno de los mejores amigos de Leo hubiera matado a una de las mejores amigas de Antonella. Que le había pegado un tiro en mitad de la cara. Antonella se levantó y cogió el atizador de la lumbre y se lo hincó en la espalda a Adolfo. Leo se acercó y le pateó la cara hasta que dejó de respirar.
Ahora eran Jesús y Ernesto los que estaban sorprendidos. Pero Ernesto se unió a la pelea y agarró a Margarita del cuello y la echó al suelo. Tomó la pala de la hoguera y, cogiendo un montón de brasas acumuladas en la lumbre, las vertió en el pecho de la mujer. Jesús se puso en pie y apretó las brasas aún más contra el pecho de Margarita. Empezó a gritar hasta que se quedó sin aire falleciendo en el acto.
Salvador, que siempre se había caracterizado por actuar y pensar según las circunstancias, se acercó a Margarita, tendida en el suelo con la camisa y el pecho quemados a causa de las brasas, se bajó la bragueta y le meó en la boca, semiabierta tras el grito prolongado. Tras esto, Salvador se giró y se marchó de allí.
Con las cosas ya más calmadas, amontonaron los cadáveres en un rincón y al sentarse en la mesa, Antonella dijo:
-¿Ponemos Gran Hermano?