sábado, 28 de diciembre de 2013

Asqueroso, ¿verdad?


Tras dos semanas, me levanté de la cama. Había estado buceando por el infierno. ¿La causa?
Es cierto, no os he contado la causa. Carrie. Ella me sacó las entrañas, se las dio a sus gatos para desayunar mientras se reía estridentemente. Y yo estaba allí, tirado en el suelo intentando sujetarme los órganos que pujaban por salir a reunirse con los demás.

Asqueroso, ¿verdad? Asquerosa quedó mi cama tras haber aguantado mi peso durante quince días y quince noches, mientras a mi lado situé un cubo para los vómitos, que era la única excreción que podía emitir mi cuerpo. Estuve dos semanas sin cagar y sin mear. Como no comía, y apenas bebía, cuando vomitaba se iba todo por ahí.

Nunca había sentido nada peor que aquello. En aquellas interminables sesiones de comida de cabeza me preguntaba: ¿por qué? ¿soy tan malo? ¿es ella tan mala? ¿debería dejarlo todo y terminar ya? Pero no tenía la fuerza suficiente como para levantarme de la cama para ir a comprobar todas estas cuestiones.

Finalmente, a los quince días de hibernación, y maltrato psicológico propio me decidí a levantarme. Como vivía en un ático bastante alto saqué un cigarro, después de dos semanas sin fumar, y salí al balcón. Una preciosa expectativa se abrió ante mí junto a la puerta del balcón. Me encendí el cigarro, le di tres caladas y cuando el vecino de enfrente empezó a alarmarse, mi cuerpo sin vida ya se hallaba esparcido por el suelo a cincuenta metros de distancia.



Firmado: Jack.  

viernes, 27 de diciembre de 2013

Carta.


Aún no he encontrado el por qué. No sé cómo ha llegado a ocurrir. En esta ocasión, y más que nunca, me siento acurrucado y sólo en una verdadera, pútrida y mugrienta esquina. Algún día todo esto habrá pasado y jamás recordaré su sonrisa, sus labios y sus abrazos.

Odio que esto haya ocurrido. Tal como vino, se fue. Fue maravilloso unas horas, y cuando nos separamos, todo murió. Hay veces en las que pienso que mi destino no dista mucho del que decidieron tomar Virginia Wolf o Larra. Pero en cuanto me reúno con los míos, toda esa mierda sale de mi cabeza. ¡Menos mal que los tengo a ellos! ¿Qué sería de mí si así no fuese? Estaría completamente perdido.

No te mandaré a la mierda, porque no quiero que vengas aquí a reunirte conmigo. Ya lo has hecho tú, que es lo que más me jode, que hayas sido tú. Pero bueno, la vida es cambio y el cambio es algo muy jodido. No necesito esto. Te necesito a ti, pero veo que tú a mi no. Dejémoslo pasar, ¡cómo si fuera tan fácil! Me cago en la puta.

Debería centrarme únicamente en lo mío y dejar pasar toda esta mierda que se junta y no deja avanzar, ni a mí, ni a ti. Me quedaré aquí, arrinconado en mi putrefacta esquina, que es donde mejor estoy, y por lo menos, la habito con gente que me quiere de verdad.





Firmado: Jack.  

martes, 10 de diciembre de 2013

Claire Parte II

Claire había decidido dejarme a un lado. Jamás hice tanto daño a nadie sin desearlo fervientemente. Yo había usado muchas triquiñuelas para conseguir mujeres pero ninguna de ellas iba a hacer que Claire quisiera, una vez más, compartir su vida con un miserable como yo.

Ella era feliz y, por lo visto, tenía pareja y se les veía muy unidos. Una noche coincidimos en una fiesta y yo le dije que me acompañara a un lugar apartado, pero ella calló y pasó de mi propuesta. Hizo bien, pues yo tampoco quería que Claire hiciese daño a su compañero, y menos aún, que fuese por mi culpa.

Esa noche me quedé completamente hundido y me largué de allí con el rabo entre las piernas, que aún irradiaba calor.

Hace un par de meses me puse en contacto con Claire y me dijo que por qué volvía en ese momento. Sinceramente no sabía qué decirle, pero al mirarla a la cara me salió todo lo que había pensado de ella en todos esos años:

           ''Claire, eres asombrosa. Cuando intentábamos estar juntos
             me parecías demasiado infantil, pero ahora ya eres una
             mujer. Ahora tienes una vida estable e, incluso, te admiro.
             A parte de amarte te admiro. Es lo único que puedo decirte''.

Claire volvió a callar durante un pequeño instante. Al fin me dijo:

            ''Jack, puedes ser mi amigo, pero nada más''.

Volví a quedarme destrozado, pero así es la vida. Si no aprovechas las oportunidades cuando pasan, se van sin ti, y puedes pasar el resto de tu vida viviendo en un arrepentimiento continuo.

Te quiero, Claire.

Claire.



Nunca había tomado en serio mis sentimientos hacia Claire. Hacía algunos años que habíamos tenido varios líos, nada importante. Ella parecía que iba detrás de mi, lo que me ponía en una situación extraña en mi vida. ¿Una mujer detrás de mi? Era de locos. Yo podía tomar la decisión de seguir más allá o de pararlo. Yo era actor, ¿sabéis? Sí, se me daba de puta madre el embuste, mentir y conseguir metas con ello, lo cual me acarreó años de soledad más tarde. 

A Claire la conocí en uno de los ensayos de una obra romántica que estábamos ensayando. Era una obra genial y Claire, claro está, también lo era. Era una joven fogosa, morena, de unos ojos verdes increíblemente perturbadores. Ella no participaba en la obra, sino que iba a algún ensayo porque pertenecía a la compañía y quería ver cómo se desarrollaban los ensayos en que ella no quería participar. 

Claire era fantástica, llena de vida. La primera vez que nos lo montamos fue en los baños del teatro. Nos metimos en uno de los urinarios del servicio de caballeros y dimos rienda suelta a nuestra pasión. Ella estaba tremendamente excitada, lo cual no quiere decir que yo no lo estuviera. No recuerdo si yo estaba engañando a alguien con ella, pero me encantó aquel primer contacto y jamás lo olvidaré. Estuvieron a punto de pillarnos en aquel lugar pero al oír la puerta abrirse dejamos lo que estábamos haciendo y esperamos. Frente con frente. ¡Qué hermosa era! 

Aún la recuerdo intentando subirse los pantalones vaqueros que tan apretados le quedaban y tan loco me volvían. Después de aquello, he de reconocerlo, fui demasiado gilipollas o estaba en plena efervescencia sexual, quería más de más mujeres. Así que no me puse en contacto con Claire. Fui un auténtico estúpido. Pasé varios meses con una mujer que nunca me había querido y acabamos por mandarnos a la mierda mutuamente. 


Yo nunca dejé de pensar en Claire, la adorable Claire. Dos años después de aquel encuentro volvimos a encontrarnos y al parecer ella seguía colgada de mi. ¡Gilipollas! Debí haberla mantenido. Era la mejor para mi. Después del enésimo plante que le hice pasó de mi, con razón. Fui tan imbécil. Lo siento Claire, ¿podrás perdonarme?

martes, 26 de noviembre de 2013

La rubia de Matrix

Me cagué en su dios. Aquella noche me habían invitado a una reunión de intelectuales bastante freaks a la que no quería ir, pero con tal de follarme a Lily me puse la chaqueta de los Knicks y bajé a coger un taxi para ir hacia allí. 

Cuando llegué a un par de manzanas de distancia de donde se celebraba la reunión de pedantes de ese fin de semana le dije al taxista que parase. Estacionó a la derecha y cuando se quiso dar la vuelta para recibir el pago de la carrera se percató que de un salto había salido del coche y me había pirado de allí. Una carrera más por Brooklyn sin pagar. Era un intelectual, me gustaba poco el metro y se me daba muy bien correr.

A la fiesta a la que iba era la típica reunión de pseudointelectuales que habían ido a la misma universidad, que habían tenido las mismas inquietudes y que se enfadaban si criticabas el trabajo de Woody Allen o alguno de esos. Estúpidos y pedantes. Se creían lo mejor de lo mejor, y para lo único que valían era para ir a museos a mirar cuadros que no entendían y que decían saber entender. Escoria. Lily iba a ir, así que no tenía opción. La había conocido hacía un par de meses en una de esas reuniones y salimos un par de veces más. Era castaña y tenía unos ojos azules que iban acompañados de un excelente trasero para reventar. 

Cuando llegué me cagué bien en la puta. Lily no había ido a la maldita fiesta de los freaks. Allí estaba yo, sólo, plantado junto a toda aquella gente que creía que sabía sobre todas las artes y no tenían ni puta idea de cómo se freía un huevo. Me bebí tres o cuatro whiskys (o seis o diez) y salí de allí cagando hostias. De camino a casa me encontré con una rubia despampanante, con un vestido rojo y de una exuberancia exuberante. Estaba esperando a alguien. Me dirigí hacia ella y le dije:

-Esperes a quien esperes, no lo pasarás como conmigo. 

Mentí, claramente. La rubia me cogió del brazo derecho y me llevó a un callejón cercano. Me echó al suelo con los pantalones incómodamente bajados a la altura de las pantorrillas y me montó. Al cabo de un par de minutos se puso de rodillas y vacié la carga, mientras se apoyaba en sus tacones de color rojo, también. Cuando terminó, se levantó, me dio su número de teléfono y se fue donde estaba un tío esperándola. Era una cabeza más pequeño que ella y tenía el pelo engominado hacia atrás. Tenía pinta de ser un banquero o algún cabrón de esos que tienen una suerte que no merecen. Cuando ella se aproximó lo besó en la boca. 


-Menudo gilipollas- pensé yo-. Se está comiendo mi lefa. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

Retales (I)


Estaba John en la parada de Argüelles esperando al metro cuando al otro lado del andén, en dirección a Moncloa, vislumbró a la mujer más bella que había visto en la vida. 

En ese momento, el tren de ella llegó a la estación y paró. Ella se subió y estuvo mirando a John hasta que se marchó. John, que estaba en Madrid de viaje de novios, se acababa de enamorar, pero su mujer tiraba de él para que montase en el tren que les correspondía. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La ciudad del pecado

En la Navidad de 2014 me pasó algo increíble. Durante el sorteo del Gordo salió mi número, premiado con veinte millones de euros. No me lo podía creer. Cuando me di cuenta de lo que había pasado, en seguida llamé a mis amigos. Como no estaba casado, ni tenía pareja, los llamé a ellos. Siempre habíamos tenido problemas para decidir dónde pasábamos la Nochevieja y uno a uno les fui diciendo que hicieran las maletas, porque nos íbamos a ir a Las Vegas.

Pedro se quedó petrificado. Andrés se puso a gritar como un loco y a decirme que me adoraba. David casi se desmaya al enterarse. Con todo y con eso, el veintiséis de diciembre nos plantamos en Barajas para volar hacia el Aeropuerto Internacional de Las Vegas, Nevada.

Ese año habíamos cumplido los 21 años, con lo cual podríamos hacer los que nos viniera en gana en Estados Unidos. Les compré un par de trajes de raya diplomática a cada uno, pues siempre me habían gustado. Embarcamos, y en unas horas estábamos aterrizando en Las Vegas. Había concertado que nos recogiera una limusina en el aeropuerto para llevarnos al Bellagio, donde nos hospedábamos.

Al bajar del avión encontramos a un hombre muy serio con un cartel con mi apellido y le seguimos a la limusina. Cogimos dirección norte y pronto nos quedamos alucinados. Ante nosotros se abría Las Vegas Strip, la larguísima avenida de los casinos. Pasamos por el Luxor, por el Tropicana, el MGM Grand lo dejamos atrás justo antes de alcanzar el Planet Hollywood. Vimos los chorros de la fuente del Bellagio llegar hasta el cielo antes de parar en sus puertas.

Bajamos de la limusina y al subir a la habitación casi nos da algo. Yo había pedido una villa, pero no me imaginaba que fuera así. Dentro de la habitación había una barra de bar llena de botellas de ginebra y whisky, en la nevera aguardaban no menos de cien cervezas heladas y teníamos un cuarto de matrimonio enorme para cada uno. Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas, ¿no?

Mi casa de España cabía en el baño de aquella villa. Estaba en un piso tan alto que no lo alcanzaban los chorros de la fuente, y habían unas vistas increíbles. Metí prisa a mis amigos para salir del hotel porque a las diez teníamos una reserva para cenar en el Hard Rock Café. Cenamos como jefes de estado. Varias botellas del mejor vino, importado claro, unos ''bistecs'', como los llaman allí, precedidos de unos suculentos entrantes.

Necesitábamos fuerzas para ir a los casinos esa noche. Encontrar ''fuerzas'' en Las Vegas es como encontrar un constipado en Islandia, lo más común del mundo. En seguida teníamos un pollo de farlopa por cabeza y nos fuimos al Flamingo. Pedro y David se fueron juntos a empolvarse la nariz y Andrés y yo buscábamos una mesa para jugar al Hold 'Em. De verdad, jugar al póker con 21 palos, un puro y el mejor whisky de Nevada ha sido la mejor sensación que he tenido en mi vida. Perdimos un par de manos y decidimos ir a jugar a la ruleta. Allí recuperamos algo de pasta, pero muy poca. Las apuestas en el póker eran desorbitadas. Nos retiramos pronto a dormir. El ritmo, a partir del día siguiente, fue frenético hasta el día veintinueve, con borracheras, rayas y juego por todos lados.

Se nos había ido un poco la cabeza hasta que conseguimos cuatro entradas para un combate de boxeo en el MGM Grand. Era un combate tremendo: Mayweather contra Pacquiao. Era un combate de exhibición. Una pelea así solo puede verse en la ciudad del pecado. Nos pusimos hasta los ojos desde que nos levantamos. El combate era a las nueve, así que cenamos pronto en el Caesars Palace y a menos cuarto entramos al MGM. El pabellón era majestuoso. Increíble. Teníamos unas entradas buenísimas, que había conseguido David jugando al blackjack contra un tipo de Dallas que casi lo mata al perder las entradas. Mayweather le dio una soberana paliza al filipino. Esa noche todo cambió.

Al salir del combate nos quedamos en el MGM y jugamos, cebos perdidos. Nos obcecamos en la mesa de póker y yo mismo perdí cerca de tres millones esa noche. Pero no fui el único que perdió. Andrés se había colgado de una rubia que estaba buenísima y jugando con ella a los dados perdió millón y medio. Era una de esas zorras que ponen los casinos para sacarle la pasta a los imbéciles, y como tal se comportó Andrés. La peor parte la puso Pedro. Hacía horas que no lo veíamos y cuando decidimos volvernos al Bellagio nos lo encontramos en su cama de la villa, atado a ésta y con la nariz sangrando. Había estado de fiesta con un par de putas que lo habían atado para follárselo, pero en vez de eso, rebuscaron en toda la villa y le robaron los tres millones que llevaba Pedro y siete que habían en mi habitación. Me cagué en su puta madre. Estuve gritándole toda la noche. Entre lo que habíamos perdido en los casinos, lo que le habían robado al imbécil de Pedro y lo que nos habíamos gastado en tres días, íbamos a ir un poco justos de pasta para llegar al día 2, el día que volvía nuestro avión.

Tampoco nos importó mucho. Fue la mejor Nochevieja de nuestras vidas. Compramos la única botella de Macallan Cire Perdue de Lalique, que nos costó 460.000 dólares, además de dos botellas de Dalmore 64 Trinitas, 160.000 dólares la botella. Pillamos diez gramos de colombiana y nos fuimos a la gran fiesta que organizaba el Planet Hollywood. Allí solo había millonarios. Gente con cantidades terribles de dinero. Cenamos de puta madre y fuimos al casino a pulirnos todo lo que nos quedaba. Traga perras, blackjack, ruleta... jugamos a todos y perdimos en todo.

Me quedaban doscientos dólares en la cartera cuando desperté el día dos a mediodía. El avión hacía dos horas que había salido y no lo habíamos cogido. Las Vegas. Ya sabes.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Los 7 enanitos. La historia que no nos contaron.

Érase una vez, en un país muy muy lejano, una reina preciosa que dominaba con puño de hierro sobre todos y todas. Ella creía que era la mujer más bella del reino, y así se lo recordaba un espejo mágico que guardaba con recelo. Éste siempre respondía lo mismo a la misma pregunta: Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más bella de este reino?; el espejo contestaba: usted, mi reina. 

Llegó un caluroso día veraniego cuando la reina se puso frente al espejo, preguntó y la respuesta fue: Blancanieves, Blancanieves es la mujer más bella de este reino. La reina, completamente fuera de sí, lanzó uno de sus zapatos contra el espejo y lo destruyó. Con la cara desencajada de la furia que sentía, la reina hizo llamar a un cazador de la corte. Cuando éste llegó ante la reina, ella dijo: 

-Os entrego este cofre, traedme el corazón de Blancanieves en él.

El cazador esperó a que Blancanieves saliera a dar un paseo por el campo, y cuando la vio en el bosque, se quedó paralizado. Allí estaba, con un torrente de pelo anaranjado rizado cayéndole de forma arbitraria por todos lados, con la tez inmaculada y de una belleza sobrenatural. Verdaderamente, sobrecogía la belleza de la joven. Irradiaba hermosura. Al verla, el cazador se sintió incapaz de hacer daño a un ser tan puro, y le dijo a Blancanieves que huyera del reino. 

El cazador llegó al castillo y le dijo a la reina que Blancanieves se había escapado. La reina, ante esta noticia, estalló. Cogió al cazador y lo estampó contra la pared. Rápidamente le bajó los pantalones y le dio dos lametones en la polla. Cuando estaba ya completamente erecto, tiró al hombre al suelo y empezó a montarlo. Lo reventó. Tanto, tanto, que cuando la reina se hubo corrido, había terminado con la vida del cazador. 

Entre tanto, Blancanieves había huido bosque adentro, durante unas horas, sin saber dónde estaba. En un claro encontró una casita de madera a la que se acercó cautelosa. Entró y se dio cuenta de que en esa casa había mucha actividad. Había un montón de cosas tiradas por los suelos, los últimos guisantes que habían sobrado en una cazuela y un par de pajaritos azules muertos que parecían los que vestían por las mañanas a la prima Cenicienta. Subió al piso de arriba y encontró siete camitas, en los pies de cada una, un nombre tallado. Decidió juntar tres de ellas, cuyos decorativos nombres eran Dormilón, Tímido y Mudito. Se desnudó y se echó allí a descansar. 

Al cabo de un tiempo, un movimiento la despertó. Abrió los ojos y se vio rodeada de siete enanos que la miraban con recelo. Sin darse cuenta, se le escurrió la sábana y cayó al suelo, mostrando a los enanitos que lo tenía todo pelirrojo. 

En eso que, Gruñón, Sabio y Feliz se acercaron a ella. Feliz empezó a frotar y chupar el pezón de la mama derecha de Blanca. Ante esto, Tímido se alejó de la escena y se marchó de la habitación. En ese momento, Dormilón, cuya cama estaba ocupada, salió al jardín y calló allí rendido bajo un helecho. Mudito se sentó en un taburete y se puso a observar la escena. Mientras Feliz jugaba con los pezones de la muchacha, Sabio, que era muy inteligente y entendía el sexo femenino, comenzó a buscar el clítoris de la joven. Gruñón hizo que Blanca se pusiera a cuatro patas, con Feliz ya completamente estimulado y recibiendo una señora mamada de Blanca, con Sabio ya jugando con lengua, índice y corazón en el coño de Blancanieves. Por detrás venía Gruñón, con su cinturón negro azotando en las cachas y penetrando por el garaje a la pelirroja. A todo esto, el gorro y la camisa de Mudito ya le sobraban, pues se había calentado mucho, y estaba tocándose un poco apartado de la acción. Mocoso, que durante todo ese tiempo había estado en el cuarto de baño empolvándose la nariz, salió y se encontró con aquello. Se acercó un poco a Feliz, y éste empezó a contagiarle las ganas de estornudar. Cuando al fin descargó el estornudo, no fue lo único de lo que se desprendió. Blancanieves tenía la boca llena de semen y Gruñón hacía tiempo que había dejado de entrar. Seguía con lo suyo Sabio, que cuando se fijó en que Mudito había terminado la paja dejó a la muchacha. 


Después de esto, la joven entró al baño, se encontró con los polvos de Mocoso y se empolvó. Se lavó y salió del cuarto de baño. Decidió quedarse. Allí estaba a salvo. Y los ocho, vivieron felices y comieron perdices. 

viernes, 25 de octubre de 2013

El ensanche

Vivía en Barcelona y deseaba salir de allí. Sabía que Barcelona se lo había dado todo. Le había dado una educación, unos valores y una vida, pero esta vida no era la que ella quería. Era rubia, medía metro sesenta y cinco, y un par de rastas caían por su espalda. Tenía unos ojos verdes que encandilaban a cualquier persona que pasara por delante de ella. Laia quería echarse una mochila al hombro y recorrer el mundo, conocer otras culturas y, sobre todo, visitar Europa entera. Le seducía ir a Inglaterra a ver el Stonehenge, a Francia a probar sus vinos y hacer la ruta de los castillos, a Alemania a perderse en la Selva Negra, a Noruega a experimentar el verdadero frío y viajar en barca por los fiordos. Quería ser libre. 

Para ello, estaba pluriempleada desde los 17 años. A lo largo de toda la semana trabajaba en el puesto de flores que llevaban sus tíos en La Rambla, y los fines de semana que había partido o visitas desempeñaba un puesto de camarera en el Estadio Lluís Compayns, cuando el Espanyol jugaba allí, y en Cornellà-El Prat cuando el hermano pobre de la ciudad se había mudado a la vecina localidad de Cornellà. Entre ambos trabajos no cobraba una exageración, pero le daba para mantener el piso que compartía con un amigo del instituto, Pol.

 Laia apenas salía, todo lo guardaba para poder emprender su salida de Catalunya. Un día, cuando estaba a punto de marcharse, mientras ayudaba a descargar el camión de las flores de esa semana, una caja se le cayó encima de su pie izquierdo. Siguió trabajando durante un par de horas más, pero el dolor no cesaba y pidió permiso a su tío Eloi para acudir al hospital a que le echaran un vistazo a su maltrecho pie. Cuando llegó al hospital más cercano, le contó al muchacho que había en el mostrador lo que le había pasado y éste la mandó a la sala de espera. Tras media hora esperando, fue llamada a que acudiera a la sala de curas. Una vez sentada en la citada sala, llegó la doctora. No tendría más de veintisiete años, pelo castaño oscuro, con los ojos color miel. Era preciosa. Estuvo tratando a Laia un rato, y al final ésta se marchó muy agradecida con la doctora. 

Al cabo de una semana, y sin razón aparente, Laia volvió a aparecer por el hospital. Y a la semana siguiente, y a la otra. La doctora, Ruth, estaba empezando a sospechar que la joven iba allí por ella, porque siempre se trataba de la misma supuesta lesión. Un día, en la enésima ocasión en que Ruth se encontró a Laia esperándola en la sala de espera, le dijo:

-Usted es muy persistente, ¿verdad?
-No sé a qué te refieres. Me duele mucho el pie-respondió Laia, con una media sonrisa en la boca-.
-Ya, claro-repuso Ruth, también con una sonrisa-.

Ambas entraron en la sala de curas, y Ruth comenzó a tasajear a Laia en la zona ''afectada''. Laia empezó a reírse, porque Ruth estaba haciéndole cosquillas en la planta del pie, y cuando la doctora giró la cabeza para observar la reacción de la paciente, Laia se inclinó un poco y la besó en la frente. Con ternura. Ruth, en seguida, se puso en pie y cogió de la nuca a Laia y la besó con fuerza en los labios. Acto seguido, Laia le devolvió el beso aún más intensamente, y se revolcaron en la camilla hasta que una enfermera tocó a la puerta y hubieron de separarse. 

A partir de ese momento, Laia salía con frecuencia cuando se lo permitía el trabajo, pero siempre había un denominador común. Salía siempre con Ruth por el Ensanche. Siempre iban juntas. A todos lados. Empezaron a vivir juntas. Ruth empezó a saltarse guardias y le dieron varios toques en el Hospital, pero no le importaba. Llegó un día, en que al saltarse una guardia, hubo muchísimas complicaciones con un paciente y la echaron. Ruth estaba destrozada. Laia la intentaba consolar, diciéndole que todo iba a salir bien, que estando juntas nada podría salir mal. Pero una noche, Ruth tomó una determinación. Mandó su currículum a un hospital de Munich, desde donde la llamaron comunicándole que tenía un puesto allí si ella lo quería. Laia recibió la noticia de muy buen grado, haciendo planes y buscando casa en Munich. 

Un sábado, cuando Laia regresó a casa después de un partido del Espanyol, se la encontró vacía. Vacía de Ruth. Encontró una nota que decía:

''Me he ido. Alemania me espera. Pero creo que no debo forzarte a dejar Barcelona. Adiós.'' 


martes, 22 de octubre de 2013

Ruta 66

James trabajaba de repartidor para la empresa FedEx, y se pasaba las semanas y los meses completos en la carretera. Conducía una nueva y reluciente furgoneta blanca con el logo azul y naranja de FedEx, impreso en un lateral de la misma. Siempre realizaba sus trayectos completamente solo, continuamente pegado a la radio y su amplia y rica colección de cassettes que había ido reuniendo con los años, la mayoría adquiridas en las estaciones de servicio donde descansaba. El recorrido que solía hacer partía de una de las filiales de la compañía en Chicago y llegaba hasta bien entrado el gran estado de Texas, con lo cual debía coger la mítica Ruta 66 de la que tanto se ha hablado en las últimas décadas. 

James solía parar siempre en las mismas estaciones de servicio. Paraba en una destinada al café de media mañana, otra al almuerzo, una más para un café rápido a media tarde y una última para cenar y dormir. El recorrido que realizaba James duraba más de 35 horas, lo que convertía cada viaje en una expedición a lo largo de más de 3000 millas cada dos días. En cada estación de servicio se cruzaba siempre con gente distinta, que tomaba la carretera más amplia del país con diversos fines. Así, encontraba a familias al completo realizando viajes a lo ancho de los Estados Unidos, a moteros en grupos que seguían anclados en el romanticismo que supone viajar en motocicleta por la Ruta 66, a trabajadores del transporte, como él mismo, que no hacían más que trabajar. Lo único que siempre era igual eran los lugares en los que paraba a descansar y las personas que allí trabajaban. En la parada del café matutino lo atendía siempre Frank, un anciano camarero que había visto pasar a más de 600 viajantes al día desde que puso su estación de servicio en la frontera entre el estado de Illinois y el de Missouri. Más tarde, a mitad del mismo estado, paraba para que Loretta, una simpática mesonera negra que había tenido muchos problemas para poder adquirir el puesto que le permitía servir y dar alimento a gente como James, que jamás paraba por casa. Una vez entrado a Oklahoma, James visitaba a Paul, un enorme muchacho que hacía sonar a la máquina de café cada vez que veía entrar por la puerta a James. Y finalmente, ya en la entrada de Austin, Texas, James era acomodado en la habitación de un pequeño motel de carretera por la pecosa y pelirroja Anita. Cada vez que James entraba al motel buscaba a la muchacha con ahínco, pensando que algún día, en vez de prepararle simplemente la habitación, lo acompañaría en su momento más delicado del día. Un día, James se levantó en Texas a las 6:00 de la mañana, pues esa misma noche debía llegar a Chicago, para cargar de nuevo la furgoneta antes de emprender el camino de vuelta. Como todas las semanas, tres viajes. 6 días de carretera y cassettes. En la cafetería del hostal se encontraba Anita, terminando su turno de noche, que abarcaba desde la medianoche hasta las ocho de la mañana, cuando había un cambio de turno y ella se marchaba a casa a dormir. Ya con los ojos medio cerrados, sonrió a James al verlo sentarse y pedirle un café:


-¿Ya se levanta, señor James?-preguntó la muchacha-.
-Sí Anita, sí. Tengo que estar a medianoche en Chicago para realizar una carga más. La última de esta semana-. 
-Verá señor, he estado pensando, que si algún día usted no estuviera tan ocupado, nosotros podríamos…- empezó diciendo ella, quebrándosele la voz al llegar a este momento-.
-¿Sí?-preguntó James, impaciente-.
-Nada, déjelo-respondió ella, completamente colorada, y se marchó rauda a la cocina-.

James, al darse cuenta de que Anita no volvería a salir, dejó encima de la barra el dinero que valía el café y se marchó de Austin lo más lentamente posible. Tras conducir durante casi dos mil millas, llegó a casa, a Chicago, y sin apenas quitarse la ropa que llevaba, cayó rendido en su cama. A la noche siguiente, James estaba de vuelta en Texas, con el camión cargado, y la cabeza a punto de reventar, pues era el último viaje de la semana. Cuando llegó al hostal no encontró a Anita en la recepción, sino a un hombre mayor que debía ser el regente del lugar. Avisó a James de que su habitación de costumbre estaba preparada y éste subió, completamente agotado y complacido de no tener que lidiar esa noche con la muchacha. Cuando abrió la habitación se quedó de piedra: en la cama en que él debía dormir se encontraba Anita, desnuda totalmente y haciéndole gestos para que se acercara. Cuando éste se encontraba a un paso de la cama, ella se deslizó entre las sábanas, se acercó a él y le bajó los pantalones. A continuación, le cogió la polla con las dos manos y empezó a hacerle una mamada. Él estaba flipando. ¿Cómo había conseguido tener a aquella preciosa mujer así, allí, para él sólo? De repente, ella paró, lo metió en la cama, y se puso encima de él. Se lo folló. Ella a él. Lo exprimió hasta límites que es indecoroso contar. 


Al día siguiente, ella estaba tan cansada, que él decidió marcharse sin desayunar siquiera, ya tendría tiempo por el camino de hacerlo. Cuando llegó a Chicago aun estaba en una nube, y no había tenido tiempo de hablar con la chica. Dos días más tarde, James había cogido la furgoneta de FedEx y había puesto rumbo a Austin, con la intención (a parte, claro está, de entregar los paquetes de la compañía) de decirle a Anita que quería estar con ella, y que si hacía falta, podía pedir un traslado y trabajar cerca de la zona de Texas en exclusiva. Cuando conducía a la altura de Oklahoma City, empezó a llover. Una lluvia ligera, que conforme avanzaba kilómetros, se convertía en una caída y espesa lluvia torrencial. Activando los faros antiniebla, prosiguió con su camino, hasta que en una curva cerrada de derechas, la furgoneta patinó sobre la carretera y se vio abocado a salirse de ésta. La furgoneta quedó destrozada, y el cuerpo sin vida de James estaba allí, con cuentas pendientes y sin poder explicarle a Anita que era lo mejor que había visto nunca en La calle principal de América. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

El baño


Pete era un chaval que había engañado a muchas mujeres para llevárselas a la cama. Era una suerte de don que tenía. Cuando quería acostarse con una mujer era capaz de cualquier cosa con tal de acabar follando. Una noche se encontraba con Jack en la terraza de un bar, charlando, cuando se sentaron con ellos Mary y Lucy. De las dos, Pete hubiera cometido una atrocidad demasiado cruel para acostarse con Lucy, pero esa noche le tocaba a Mary sufrir el calentón de Pete. 

Llevaban un rato hablando nada más que de jilipolleces con las dos mujeres, corrían las cervezas y a Pete ya se le estaba calentando la entrepierna. A Pete le volvía loco que una mujer tuviera el pelo negro oscuro, muy oscuro, y si además lo tenía ondulado ni siquiera podía pensar. Se ponía malo. Le daba un aspecto salvaje a la mujer y eso le ponía cachondísimo. Tenía la necesidad de hacerla suya. En la terraza del bar había mucha gente, estaba acabando el verano y los habitantes de aquel pequeño pueblo de Missouri intentaban aprovechar los últimos resquicios de la temporada estival. Al contrario que dentro del bar, donde esperaba el dueño del local, Louie, esperando a que los bebedores entrasen dentro a pedir la siguiente ronda. Después de la quinta cerveza, Mary entró al baño. Al minuto de entrar la joven, Pete se excusó ante Jack y Lucy y entró al bar. Allí estaban únicamente Louie y un amigo suyo que había ido a tomarse una copa antes de volver a casa. 

Pete avanzó hasta el fondo del local donde se encontraban los baños, y esperó en la puerta del de mujeres. Cuando Mary salió, Pete le puso la mano derecha en el lado derecho del cuello y la besó en los labios de forma prolongada. Después de esto, Mary agarró la mano izquierda de Pete y lo introdujo en el baño de los caballeros. Se encerraron allí dentro y, en seguida, sus labios volvieron a encontrarse, esta vez de forma más pasional si cabe. Al momento, Pete estaba agarrando del culo a la muchacha y la subió al soporte del lavabo. La cogió del botón de los pantalones vaqueros y se los quitó. Siguieron besándose apasionadamente y Pete comenzó a comerle el coño. Esta empezó a gemir como una descosida, entonces se apartó un poco del muchacho. Se levantó y le bajó los pantalones. Empezó a chupar. Se metió la polla en la boca y succionó. Arriba y abajo. Arriba y abajo. A Pete le encantaban las mamadas, él creía que sin sexo se podía vivir pero sin mamadas, imposible. Cogió del pelo negro y rizado a la chica y tiró de él. Adelante y atrás. En un arrebato, Pete volvió a aupar a la muchacha y la montó. Se la estaba follando como si no existiera el mañana. De repente, Louie tocó a la puerta y gritó algo inaudible. Pete y Mary siguieron a lo suyo sin hacer mucho caso al tabernero. Continuaron dándose placer. La chica parecía que se iba a echar a llorar, estaba gozando exageradamente. Al rato, Pete se corrió. Se apartó de la joven y se limpió la cara y la polla, saliendo del baño al instante. En la barra estaban Louie y Jack descojonándose y cuando vieron a Pete se pusieron a aplaudir. Lo único que salió de la boca de Pete fue:

-Louie, ponme otra, va. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

El neoyorkino en L.A.


Él había encumbrado Los Ángeles desde que veía las vistas panorámicas del Fórum de Inglewood en aquellas tardes en que los Knicks se enfrentaban a los Lakers. Siendo un muchacho de Manhattan era un tanto inverosímil que hubiera ansiado tanto viajar al otro extremo del país para vivir su vida y disfrutarla como lo hacía. Se había criado entre los enormes edificios que se situaban en el Upper East Side y ahora tenía un pequeño apartamento en un barrio en que solo habitaban putas y maleantes.

 Pero, ¿qué coño? Eso era todo lo que quería una persona que se había mudado a la capital de la costa Oeste de los Estados Unidos de América. Eso, precisamente, era lo que Will pensaba que era el sueño americano. Dedicarse a escribir en su inhabitable y falto de decoración apartamento, mientras podía pedir algo de sexo por dinero con un grito por la ventana y a la vez que subía la puta de turno, le llevaba su dosis de marihuana o lo que fuera para seguir con la inspiración de su trabajo una vez hubiera consumado el acto sucio y sexual. Un día, mientras estaba sentado en una terraza sosteniendo un whisky como desayuno, aderezado con un cigarrillo de la marca más barata del mercado, pasó ante él una mujer que debería tener como quince años más que él, vestida de traje y sosteniendo un cigarrillo de la marca más cara del mercado. Iba perfectamente vestida, peinada y, de hecho, olía bastante bien, teniendo en cuenta su edad. Will había estado buscando algo así desde que llegó a Los Ángeles, una mujer de verdad, y no todas aquellas pelanduscas que te chupaban la polla por veinte cochinos dólares. La había buscado como musa, mucho antes que como un objeto sexual o (por favor, no) una mujer de la que enamorarse. Will sabía que si quería seguir escribiendo de la forma en que lo hacía, que le daba para pagar el alquiler y para sus vicios, no debía juntarse durante mucho tiempo con una mujer, pues al final, una relación sale muy cara. La mujer, al ver el interés con el que Will la miraba, apartó la silla que había junto a éste, y se sentó. El camarero latino que iba de culo para atender a todas aquellas personas que se sentaban en la terraza a desayunar con la calma que da vivir en el Oeste, se acercó a la mesa y preguntó a la mujer qué iba a tomar. Ella respondió que lo mismo que su compañero de mesa. Éste se sorprendió, pues una mujer como esa no tenía la apariencia de desayunar whisky a las diez de la mañana un martes. Entonces, cuando el camarero se marchó, ella preguntó directamente:
-¿A qué te dedicas?
-Soy escritor- respondió Will secamente-.
El camarero se acercó a la mesa con el whisky de la mujer y se fue. Tomó un sorbo largo y le dijo:

-¿Eres de California?
-No, me crié en Nueva York, pero vine aquí para dedicarme por entero a la escritura. Cuando vivía en Manhattan trabajaba en una copistería, pero como ya ve, no era lo que yo deseaba-respondió él, ya menos temeroso que antes de la conversación-.
-Así que un chico de la Gran Manzana. ¿Qué te trajo al estado dorado?
-Su calma para poder escribir con tranquilidad. Manhattan me saturaba. No encontraba historias.

Ella se extrañó de que un escritor no se inspirara en una de las ciudades más ricamente culturales de toda América, y pensó que había perdido el tiempo al sentarse ante un hombre, que por muy atractivo e interesante que pareciese, no era capaz de escribir en una ciudad tan repleta de historias como Nueva York. En cuanto Will se dio cuenta de que la conversación podría acabarse ahí, le espetó:

-¿Quieres leer algo mío?

Ella se lo pensó, y finalmente le dijo que por qué no. Al ver que el camarero había entrado a la cafetería, la tomó de la mano, se levantaron y cogieron un taxi antes de que les pillaran sin haber pagado sus bebidas. En el taxi ella volvió a preguntar:

-¿Dónde vives?
-En un apartamento pequeño y sucio que me da miles de posibilidades para escribir. 

Ella pensó que el pobre muchacho (Will no contaba más de 26 años y ella ya pasaba los cuarenta) se había mudado a Los Ángeles porque quería escribir como el más famoso escritor de la ciudad, Charles Bukowski, y creía que cuando llegase al apartamento del chico encontraría botellas de alcohol tiradas por ahí y restos de cocaína sobre las mesas, al lado de la máquina de escribir más ruinosa de toda la ciudad. Cuando se apearon del taxi, él no pretendía pagar la carrera, pero ella se adelantó, y al haber pensado en las características financieras de su acompañante, pagó al taxista. En el portal del edificio de Will se encontraba una de las múltiples prostitutas que trabajaban en el barrio, y que había subido al piso de Will con regularidad en el último año y medio, miró a éste, que con una mirada taxativa la advirtió de que para ella ya tendría tiempo. Will siempre dejaba la puerta abierta cuando entraba en casa para que entrara alguna prostituta. Subieron los cuatro pisos por las escaleras, pues el cochambroso ascensor estaba estropeado desde que Will folló en él con la puta que había en la puerta porque no había podido esperar a llegar a su apartamento. Abrió despacio la puerta y cuando ella vio el piso quedó prendada al momento. Entendía perfectamente porqué Will estaba a gusto allí trabajando en sus escritos. 

En la entrada de la casa no había nada más a parte de una mesa de madera que les llegaba por las rodillas para dejar únicamente las llaves, pues de haber posado otra cosa allí ésta se habría vencido. En ese piso solo habían tres habitaciones, a parte de la pequeña entrada. En una había simplemente una cama y una mesita de noche, en la que, ¡oh, qué casualidad!, había uno de los libros del álter ego de Henry Chinaski. En otra de las habitaciones había una cocina-cuarto de baño, en la que se encontraban los fogones de una antigua cocina de gas, un microondas y un frigorífico, al lado de una puerta que daba a la galería donde solamente había un wáter y un rollo de papel higiénico sin empezar. Finalmente, en el salón había una gran mesa de resina donde había un plato con un trozo de pizza a medio comer y la máquina de escribir, ni tan antigua como había pensado la mujer, ni tan nueva como para que estuviesen todas las letras. Pegado a la pared había un sofá suficientemente grande como para follar pero demasiado pequeño para dormir. Pero, al contrario de lo que se podía pensar, ella se dio cuenta de por qué ese apartamento era perfecto. Había una ventana en el salón que daba a la calle y se veían al fondo unas grandes colinas, de las que ella estaba segura que se podía ver perfectamente el amanecer, o bien el ocaso, no estaba segura de eso. 

Will sacó de la máquina de escribir lo último que había escrito y se lo dio a la mujer. Ella lo cogió y se sentó a intentar degustarlo. Se quedó totalmente sorprendida. Al contrario de lo que había pensado, ese relato estaba lleno de una ternura que jamás habría podido imaginar salir de un hombre como aquel y, mucho menos, de un piso como aquel. La historia trataba de un hombre judío que se dedicaba a la contabilidad en un banco situado en la City de Londres, que se enamoraba locamente de la nana de sus dos hijos, de nacionalidad marroquí y musulmana de creencias, y se fugaba con ella para vivir su historia de amor prohibido, a un pequeño pueblecito del este de Canadá, donde tendrían hijos y vivirían completamente en paz con el mundo, únicamente gracias al amor que habían encontrado en la gran ciudad europea. 

Cuando la mujer acabó de leer el relato de Will, este sorbía directamente de la botella una cerveza, y a ella se le caía una pequeña lágrima por sus sonrosadas mejillas. Se levantó y le preguntó:

-¿En serio, esto es tuyo?
-Completamente. 

Se le tiró al cuello y lo besó. Él, que ya había vivido esta situación en varias ocasiones, la llevó a la habitación y cerró la puerta del apartamento para siempre. 


lunes, 23 de septiembre de 2013

El judío con ganas


Conducía un Porsche Cayenne subiendo Beverly Hills en dirección a su casa, donde no había ni una pizca de humildad en ninguno de sus múltiples rincones, los propios de una casa de tres pisos y garaje, piscina en el jardín,  criada y mayordomo incluidos. Joshua había cimentado toda su vida en relación a su más amada afición, y desde hacía diez años, su oficio: la producción de películas en la Fábrica de Sueños. Había construido su existencia junto a su novia de los quince años, ahora su mujer, que le dio dos niños varones. Era, lo que solía llamar Woody Allen, un judío con ganas. Todo lo que rodeaba su vida estaba impregnado de la fe judía: desde no trabajar ni hacer, prácticamente, nada los sábados (el Sabbath) hasta trabajar en la industria del cine . Veneraba a su mujer y hacía que sus hijos intentasen alcanzar el éxito en la vida, para no cambiar en exceso el nivel de vida que llevaban mientras vivían bajo el mismo techo que sus padres. Pero había algo que hacía que Joshua no fuese el perfecto padre y, ni mucho menos, el mejor esposo. Trabajando en una de las películas que realizaba para Miramax, había conocido a una actriz de segunda, e incluso, de tercera fila, más joven y mucho más metida en la efervescencia sexual que él y, sobre todo, preciosa, con quien estaba teniendo relaciones sexuales y algunas, para disgusto de Joshua, más personales. Solían salir los fines de semana, previo engaño de Joshua a su esposa, lo que hacía que ésta empezase a darse cuenta de que algo no iba nada bien. Empezó a darse cuenta de las escapadas de su marido cuando tenía oportunidad, y también, se había dado cuenta de que follaban poco. Esto le extrañaba sobremanera, porque aunque ya tuvieran dos hijos, en ningún momento hasta que Joshua empezó a salir con la de Miramax, habían dejado de follar. Cuando empezó a pensar que su marido se la estaba pegando con otra, empezó a frecuentar las reuniones de vecinos famosos, con Will Smith presidiendo la comunidad y, sobre todo, los gimnasios que recordaba que iban actores de Hollywood, por conversaciones que había tenido con su marido. Un buen día, había decidido salir a correr y parar en un gimnasio al comienzo de Beverly Hills, uno de los gimnasios que su marido le había revelado que frecuentaban las estrellas. Cuando llegó y entró, se quedó petrificada. Habían allí muy pocas personas, tenía que ser bastante exclusivo, y se le acercó un muchacho para preguntarle:

-¿Quiere usted algo?
-Sí, claro… Quería saber cuánto vale la mensualidad-preguntó, algo nerviosa-.
-349,99 dólares, señora-respondió el muchacho-.
-Humm, ¿qué tengo que hacer?-dijo ella-.

Mientras el recepcionista se daba la vuelta para recoger una serie de informes que rellenar, la mujer de Joshua se dio la vuelta y vio allí a su marido. Estaba ayudando a una muchacha preciosa a levantar unas pesas que sola no podía. Entonces vio algo que hizo que le hirviera la sangre. A aquella víbora cogiendo del cuello a su marido, acercándosele con rapidez para besarlo allí, delante de todo el mundo. Antes de que el recepcionista se hubiese dado la vuelta, la mujer se marchó de allí, enrojecida de vergüenza e ira, que estaba acumulando ya hacía algunos meses. De vuelta en su casa, se tranquilizó, y cuando Joshua volvió a la hora de cenar, actuó con total naturalidad.

Hacía un mes y medio que Joshua tenía problemas con su amante. Ésta no le dejaba vivir, lo tenía atosigado todo el tiempo, incluso cuando estaba trabajando en algo importante y, además, su matrimonio iba mejor que nunca. Su esposa, que se había tranquilizado mucho respecto a los meses anteriores, en que se había demostrado un tanto inquieta, parecía quererlo más que nunca. Joshua pensaba que era como uno de esos a los que pagaba millones para realizar sus películas, interpretando al joven galán francés que tiene una esposa en casa esperándolo y una jovencita fuera con el único objetivo del placer carnal. Pero llegó un momento en que su amante no lo llamaba, ni quedaban a escondidas como antes, marchándose precipitadamente, con llamadas imprevistas por parte del otro. Un día, estando en casa, Joshua entró al salón y allí lo esperaba su esposa, diciéndole únicamente:

-Hoy viene una amiga del gimnasio a cenar-.

Después de decir esto, Joshua se quedó solo en el salón, a la espera de que se hiciera la hora de cenar. Había tenido un día duro. La última película de Kevin Smith no acababa de despegar, lo que ponía de mala hostia a toda la productora, y en especial a él. Llegaron las ocho y sonó el timbre. Allí se encontraba la amante de Joshua, que al recibirla en la casa, se quedó petrificado. Era la amiga de su mujer. ¡Menuda puta mierda!, ¿cómo había podido hacerse amiga de su puta amante? Joshua estuvo torpe y nervioso durante toda la cena, mandando miradas de temor y advertencia a su amante, mientras a ella se la veía comodísima en esa situación. 
Terminada la cena, apresuradamente, ambas mujeres se marcharon de casa, dejando allí solo a Joshua. Si se habían marchado juntas no podría llamar a la de Miramax para preguntarle qué había significado aquella escena. Pero no pudo, y al día siguiente tampoco, ni al otro. El móvil al que había llamado para eludir su vida de judío con ganas, que diría aquel, ya no estaba disponible para él. 

Al cabo de las semanas, la película de Kevin Smith ya había tomado forma, y se había rodado. Una noche de post-producción, Joshua se quedó hasta tarde a causa de una reunión con el montador, y cuando llegó a su casa se extrañó. Cuando dejó el coche en el garaje se dio cuenta de que sus hijos no estaban en casa, pues no había ruido, y de que no había ni una sola luz encendida en toda la casa. Subió rápidamente al primer piso, donde se encontraba el comedor y la cocina, miró rápidamente allí mismo, y continuó subiendo pisos. El siguiente, el segundo albergaba su propia habitación, que estaba cerrada. Al fin escuchaba algo en toda la casa. Un pequeño gemido amortiguado por las paredes. Pegó la oreja a la puerta de su habitación y escuchó con más nitidez los gemidos, que eran continuados y muy fuertes. De repente, Joshua abrió la habitación y se encontró a su mujer con las espalda pegada en la pared y gimiendo ahora sí como una descosida, con las piernas estiradas que se perdían bajo las sábanas. Allí mismo había una silueta que movía de forma continua arriba y abajo la cabeza bajo la sábana. Al ver a su marido allí plantado, sonrió, y avisó al que estaba bajo la sábana. Salió una muchacha preciosa, y que parecía una actriz de segunda o, incluso, de tercer fila. Joshua se quedó blanco y se largó de allí. 

Posteriormente en el juicio de divorcio entre ambos Joshua se quedó sin casa, sin mujer y sin dinero. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Las putas son mejores que las mujeres


Empecé a beber cuando me aficioné a ir de putas. Esto ocurrió cuando Joana me dejó por mi amigo Abraham. El jodido judío como decía yo. Fue compañero mío en la facultad de empresariales y en seguida nos hicimos inseparables. Salíamos juntos, compartíamos comidas e incluso habitación en la residencia para estudiantes de la Universidad de Columbia. Era mi mejor amigo. Pero todo esto se vino abajo el día que sorprendí a Joana haciéndole una felación en mi sala de estar. En mi propia casa.

Esa noche tuvimos una bronca monumental Joana y yo, en la que ella acabó con las maletas en la puerta y mi profundo resentimiento de por vida. A Abraham no volví a dirigirle la palabra, ni cuando estuve a punto de perderlo todo a causa de una mala inversión. Yo era agente de seguros, y tras un par de meses malos en el trabajo me encontré con aquella grotesca escena, de mi novia comiéndole la polla a mi mejor amigo.

En el momento en que Joana salió de mi vida empecé a beber. Las putas se volvieron una constante en mi vida. Me divertía. Era los más fácil, no habían dolores de cabeza, noches sin follar o desencuentros cuando no llegábamos a las mismas conclusiones, pues con las putas siempre tienes la razón. Me encantaba hablar con ellas antes de ponernos a follar como locos, pues me gustaba ponerlas a cuatro patas y montarlas por detrás, me hacía sentirme poderoso. Al fin mandaba en mi vida.

Con el tiempo, dejé de ir a trabajar, y me echaron del trabajo pero no me importó demasiado. Seguía bebiendo continuamente y había veces en las que tenía que llegar a pagar a las putas, que venían a mi casa, sin habérmelas follado, solo por las molestias de no haber podido coger otro cliente durante esa hora. Conocí a una muchacha que a simple vista parecía decente, ni llevaba medias de rejilla, ni se pintaba con ansia, ni tenía la más mínima apariencia de ser una profesional del placer. Parecía, incluso, que disfrutaba sobremanera de su trabajo. Cuando hablaba con ella no comparaba su trabajo con otro para decir que era mejor que algo, pues para ella la prostitución era como para mi, un servicio público, como el que puede realizar un taxista o un médico. Ella simplemente se lo pasaba bien trabajando. Se llamaba Lucy. Lucy era increíblemente inteligente, tenía una carrera, era licenciada en filosofía, y había noches en que le pagaba la noche entera únicamente para sentarme con ella a debatir sobre el bien y el mal, y toda esa clase de mierdas.

Otra de mis amigas putas se llamaba Lory. Era una mulata tremenda. Estaba buenísima, y sus carnosos labios eran capaces de hacer las mejores mamadas de todo Manhattan. Con Lory apenas mantenía conversaciones. Con el tiempo, empecé a preguntarle sobre qué hacía fuera de las horas de trabajo, pero la muchacha tampoco tenía muchas tablas como para mantener una conversación en la que no aparecieran las palabras follar o griego.

Al cabo de dos años, me encontré con Joana en una cafetería de la Quinta, y me dijo que se acababa de casar con Abraham. Conforme salían esas palabras de su máquina de felar, me di la vuelta y me largué de ahí. Empecé a tener fuertes dolores de cabeza cuando llegué a mi apartamento, y al cabo de unas semanas me diagnosticaron depresión. Estaba completamente hundido, pero no necesitaba de las pastillas que mi psicoanalista me ofrecía. A mi con un par de porros de marihuana por las noches me bastaba para relajar la tensión que tenía sobre mis hombros. Ya ni bebía ni llamaba a Lucy o Lory. No me apasionaba nada. Entonces mi psicoanalista sí que me mandó algo que me ayudó mucho a la larga. Empecé a escribir un diario. En él ponía todas mis fobias. Mi fobia a ir a las cafeterías, mi fobia a los judíos, mi fobia a la gente…

Con el tiempo decidí poner tierra de por medio y me marché de Nueva York. Me trasladé a un pueblecito del norte donde se estaba muy tranquilo. Había comprado una gran casa en el campo con el dinero que había ahorrado en putas y alcohol, además del de mi apartamento en Manhattan. Allí dejé de lado el diario y empecé a escribir relatos cortos. En ellos se citaban nazis que peleaban con las manos desnudas con judíos. Para un ateo antifascista que estos nazis ganaran esas batallas imaginarias de lucha libre resultaba un tanto extraño, pero dejaba de serlo cuando me daba cuenta de que la cara de Abraham era la que quedaba sepultada bajo las botas negras de los personajes a los que ponía la cara de Goebbles y Gëring.

También había espacio para aquellas encantadoras putas que estaban muy por encima de la desvergonzada Joana, por lo menos las putas eran honestas. Tenía pesadillas casi todas las noches, en ellas se mezclaba todo lo que escribía el día anterior. Joana mamándosela a Goebbles, Abraham y Gëring besándose… Estaba empezando a perder la cabeza. Una noche estaba masturbándome como un loco, con los ojos en blanco, disfrutando tanto como no lo hacía desde que follaba con Joana antes de saber lo promiscua que era.

Entonces, algo cruzó mi cabeza. Terminé la paja, y me senté delante de mi máquina de escribir. Estuve cuatro días escribiendo sin parar. De allí salieron trescientas cuarenta y siete páginas de un material buenísimo. Incluso para mi, que nunca apreciaba nada de lo que escribía. En esos cuatro días conté mi vida en un libro. Narré todos y cada uno de los momentos de mi vida que cabía reseñar. Se lo mandé a un editor, amigo mío, pero no traidor, y éste lo publicó. Decía que era buena mierda. Al cabo de unos meses, mi libro aparecía en todas las cadenas de televisión y era recomendado en muchas cadenas de radio, según decía mi amigo el editor. Una noche, para celebrarlo, me bebí cuatro botellas de vodka, que me calentaron el cuerpo hasta tal punto, que cuando me bajó la temperatura lo hizo de tal manera que jamás volví a despertar. Las putas son mejores que las mujeres sigue siendo el libro más vendido en la Costa Este desde hace cinco años. 

martes, 27 de agosto de 2013

La musa


Albert era un tipo un tanto excéntrico. Se pasaba la mayoría del tiempo encerrado en su apartamento en el madrileño barrio de Malasaña, alejado de su Girona natal, trabajando en una de sus novelas, que se estaba atragantando más de lo que él hubiese deseado. Mientras escribía ésta, múltiples ideas bullían en su cabeza, las cuales plasmaba en cualquier trozo de papel que se le cruzara encima de la mesa. A saber, podías encontrar en los cajones de todo su piso muchos poemas a medio escribir, cuentos cortos que no alcanzaba a encontrar final y cartas eróticas que acababa por no enviar a nadie, pues solo servían para liberar la tensión sexual que le producía el no haber encontrado novia a sus treinta años. Su vida era la escritura, casi a tiempo completo. Se levantaba alrededor del mediodía y, tras prepararse un par de cafés, se sentaba en la mesa de su salón para que la inspiración le llegase cuando estuviera trabajando. Para desgracia de Albert, la musa se había ido de vacaciones y la usurpadora que había ocupado su lugar lo único que hacía era meterle en la cabeza historias sobre personas que se masturban, se emborrachan y mandan a tomar por culo a sus parejas. Esto no le servía demasiado para una novela que debía lanzar su carrera. Había puesto tantas esperanzas en la última obra que había comenzado que al verse ante tal bloqueo se había desesperado, y había cambiado su ritmo de vida. En ese momento, decidió tomar cartas en el asunto, y dejar de dedicarse las veinticuatro horas del día a ponerse delante de un folio que nunca alcanzaba a llenarse antes de acabar en el fondo de la basura y, más habitualmente, rodeando a Albert por el suelo de su salón. Empezó a intentar relacionarse más con la gente. Pensaba que ya había consumido, casi al completo, el tema del escritor solitario que encuentra lo maravilloso en su mente, cuando lo realmente maravilloso está ahí fuera, esperando a ser descubierto por quien se interesara en encontrarlo. Cerca de su apartamento, había un pub irlandés al que le gustaba bajar desde que había abandonado a media jornada su pintoresco habitáculo en el centro de la capital. Allí, con la luz tenue y mucho whisky y cerveza, encontraba a veces la inspiración, pero seguía siendo sobre los temas tratados ya en muchas de sus partes de folios sueltos: pajas, ciegos y disputas. Se encontraba un día sorbiendo de una cerveza negra, cuando vio entrar al pub a una muchacha increíblemente preciosa, que iba con una amiga, que debía ser la simpática. Tenía el pelo completamente negro, su tez era cálida y de un color cercano a la caoba, en un cuerpo de no más de metro sesenta y cinco y con una sonrisa que habría destellado en medio de una absoluta y total oscuridad. Le llamó inmediatamente la atención a Albert, que en su lugar ya de costumbre, la observaba mientras reía y conversaba con la simpática. Albert se marchó a su piso al cabo de un rato, aun con la muchacha en la cabeza. Cuando llegó, y se sentó ante el folio en blanco, no tuvo ningún instante de duda, estuvo escribiendo toda la noche. Hacia las seis y media de la mañana, cuando ya apuntaba el alba, se quedó dormido con las manos sobre la máquina de escribir. La semana siguiente, Albert volvió al mismo bar y se sentó en el mismo lugar que había ocupado aquella noche, y se sorprendió al ver entrar a la muchacha de nuevo con la misma amiga que la semana anterior. Al estar observándola durante un rato, Albert pagó y se marchó a casa. La misma solución encontró que la semana anterior: no durmió en toda la noche, otra noche perfecta. Hasta que no amaneció, Albert no se acostó. Pasaron dos semanas en las que Albert se había vuelto a quedar pillado, así que volvió al bar. Allí encontró a la muchacha, y por primera vez, se acercó a ella, y le preguntó:


-¿Puedo invitarte a una copa?

La muchacha miró a su amiga, que la acompañaba siempre y ésta en seguida puso una estúpida excusa que nadie quería oír y se largó de allí. Albert y la muchacha, que según le había dicho se llamaba Norah, estuvieron toda la noche allí, el uno con el otro, hablando. Albert le contó que era escritor y que estaba sufriendo un gran bloqueo mental. La muchacha dijo que era enfermera, y que la única noche de la semana que podía salir era aquella, y justo después del trabajo, con lo cual siempre salía con otra de las enfermeras del hospital. Alrededor de las dos y media, Norah dijo que tenía que marcharse, pues entraba a trabajar muy pronto el día siguiente. Albert, encantado con la noche que había pasado, invitó a la mujer, y él también se fue a casa. Pero él volvió a quedarse toda la noche en vela. Y todo el día. Estuvo escribiendo durante dieciséis horas seguidas. Cuando acabó se acostó y estuvo un día entero durmiendo. Lo despertó una llamada de teléfono. Era Norah. Albert no lo cogió. Ella lo llamó dos veces más esa noche pero él no atendió a la llamada. El mismo día de la semana que había estado hablando con ella, pero el de la semana posterior, Albert fue al pub irlandés, y allí estaba Norah. Estuvo discutiendo con él porque no le había cogido el teléfono, y cuando él le respondió le dijo:


-Eres mi musa, si empezamos a follar me quedo sin novela. 

Intro

Este blog va a estar enteramente dedicado a todos aquellos relatos cortos que se me vayan ocurriendo. Como viene siendo costumbre últimamente en todo lo que escribo, hay mucha mierda vertida en mi literatura. Espero que os complazca todo lo que leáis aquí y que disfrutéis.