jueves, 13 de febrero de 2014

Gorka (II)


Cuatro días después, Gorka se levantó de la cama de Emma cuando leyó una nota que ésta había dejado encima de la mesita. Encontrémonos en el parque. Gorka se vistió rápidamente y bajó al parque que había cerca de la residencia de estudiantes donde se hospedaban. Emma lo estaba esperando cuando le dijo que ya estaba bien todo aquello y que no quería continuar con su relación con Gorka. El joven se quedó anonadado. ¿Qué hostias había hecho para ese cambio? Emma lo dejó allí plantado y Gorka se fue a dar un paseo por el parque mientras se comía la cabeza.

Ese día tenían una visita a Chinatown. Mientras paseaban por los puestos de pollos, tiendas de souvenirs, heladerías y demás, el joven llevaba sus auriculares y se había puesto una canción completamente triste y anodina en bucle, estaba tremendamente destrozado, teniendo en cuenta que hacía cuatro días que conocía a la muchacha. Habían parado en una cafetería y Gorka preguntó a Pedro si podía volver sobre sus pasos para comprarse una camiseta. Al pasar por delante de un músico callejero escuchó que éste tocaba Layla, entonces Gorka le echó un dólar canadiense en la funda de la guitarra. Llegó a la tienda donde había visto la camiseta que quería y al volver a la cafetería se encontró con el mismo músico tocando The Times They Are A-Changing. Le volvió a echar dinero, esta vez dos dólares. El músico, en cuanto terminó la canción, se acercó a Gorka y le dio las gracias por la pequeña ayuda. Fue la única sonrisa que alguien le sacó a Gorka ese día.

La siguiente visita turística que realizó el grupo fue al Museo Nacional de Ciencias Naturales. La visita era compartida con el grupo de los vascos. Gorka había hecho amistad con un joven de su edad llamado Aisa. Cuando Gorka vio a Jasone quedó prendado de la hermosura de la muchacha. Como era amiga de Aisa, Gorka le pidió que se la presentase. Aisa hizo lo propio y Gorka y Jasone se fueron a dar un paseo por el Museo. La joven era típicamente vasca, quiero decir, muy tímida y recelosa. Cuando llegaron a la parte del museo donde se exponían animales africanos, Gorka lo tuvo claro. Había un gigantesco león disecado y le dijo a Jasone:

-Míralo de cerca.

La chica se acercó a los oscuros ojos del león y cuando estaba lo suficientemente cerca, Gorka con ambos dedos índices le dio un apretón en los riñones. La chavala se sobresaltó y se rió. A partir de ese momento la barrera de lo físico se había desplomado. Fueron robándose besos a lo largo y ancho de todo el museo cuando llegaron al Hall y los dos grupos los estaban esperando. Los del grupo de Gorka pusieron caras de asombro al ver al joven volver de la mano de la muchacha.



Las cosas habían cambiado mucho desde el día anterior. Así pasaban las cosas en un viaje de un mes, podías estar hundido un día y estar radiante al siguiente. Lo que Gorka no se esperaba pasó esa misma noche. 

Estaba reunido en una sala común de la residencia la mayoría del grupo cuando empezaron a irse todos a dormir, y se quedaron solos Emma y Gorka. La muchacha empezó a tirarle de la polla ante lo cual el chaval se vio superado. Le gustaba tanto Emma que fue capaz de olvidar lo que había pasado en las últimas 48 horas, de olvidar a Jasone, que nunca se lo perdonaría, y continuar con Emma hasta que aterrizaron en Madrid tres semanas después. 

lunes, 10 de febrero de 2014

Gorka (I)


Gorka había empezado sus estudios de inglés a los siete años. Tenía dieciséis cuando ya había viajado por países anglosajones europeos para imbuirse de su cultura y mejorar el idioma. Había llegado la primavera de 2009 y la madre del joven decidió enviarlo un mes a Canadá para mejorar aún más el nivel de inglés de éste y que tuviera un premio por la gran dedicación que ese año había puesto en sus estudios.

Gorka tuvo un pequeño idilio con una muchacha de su pueblo pero cuando se subió al autobús de camino a Madrid, para coger el primer avión de los dos que iba a coger para volar hacia América, decidió que ese mes iba a ser su mes, y que ni esa ni ninguna chavala se lo iba a joder.

Cuando llegaron al aeropuerto, el grupo con el que iba Gorka pasó los controles de seguridad y se sentaron a esperar en la puerta de embarque. A los diez minutos de estar allí el grupo esperando, Gorka pidió permiso a Pedro (el profesor de inglés que los acompañaba) para ir a la zona de fumadores a echarse un cigarrillo.

Caminó unos metros y entró en uno de esos antros donde los fumadores, en aquella época, tenían su espacio para dar cabida a su vicio. Cuando Gorka se echó la mano a los bolsillos se dio cuenta de que no tenía mechero. En ese momento se dio cuenta de que una chica que iba en el mismo grupo que él estaba allí sentada en el suelo fumando. Era una joven preciosa. Tenía el pelo largo y oscuro, a parte de unos ojos profundísimos que sonreían por sí mismos. Llevaba una camiseta blanca básica, unos leggins rotos y negros conjuntados con unas zapatillas negras y blancas. Cuando Gorka le pidió a Emma tabaco no se podía imaginar lo que pasaría a continuación.

Se sentó junto a ella y empezaron a hablar sobre el viaje, sobre lo que esperaban de Canadá, etcétera, es decir, gilipolleces varias. Emma era amiga de una muchacha llamada Natalia, y los tres jóvenes decidieron compartir el viaje de escala Madrid-Bruselas. Una compañía de bajo coste los llevaba a la capital de Bélgica cuando Gorka empezó a enseñar a las chicas algunos dibujos que llevaba siempre consigo y que eran su marca distintiva. Las muchachas quedaron impresionadas por la calidad de sus dibujos.

Aunque en el grupo iban varias personas del pueblo de Gorka, éste no se separó ni un minuto de las dos muchachas. Volvieron a sentarse juntos en el avión de Bruselas a Toronto. Era una gran aerolínea hindú, con lo cual, el avión iba hasta los topes de hindúes. Al lado de Gorka se sentó una señora mayor que al sobrevolar el Océano Atlántico se echó una manta por encima y se quedó dormida. Al ver esto, Emma hizo lo propio y se quedó dormida también.

Gorka, al ver esta situación, con Emma sentada entre él y Natalia, empezó a decirle a ésta cuánto lo había sorprendido Emma y cuánto le gustaba. Natalia le sugirió que se lo dijera, o que hiciera cualquier cosa. Un tiempo después el chaval se enteraría de que aquella conversación había sido escuchada por Emma. 

Gorka, ante esto, metió la mano debajo de la manta de Emma y ésta, en seguida, le cogió de la mano. Un cosquilleo empezó a bajar desde la tripa del muchacho hasta las gónadas, por un simple contacto. Estuvieron haciendo manitas un rato y Gorka se metió debajo de la manta de su acompañante y se estuvieron besando dulcemente.

Como el viaje duraba tantas horas, algunos de los compañeros de viaje se empezaron a levantar y Gorka se dio cuenta de que todos rondaban a Emma. No podía evitar pensar:

-No habéis sido rápidos.


En seis horas consiguió una acompañante que no esperaba para el mejor viaje de su vida.  

jueves, 6 de febrero de 2014

Yonki.

                                                                          Ligeramente basado en una historia real


Tenía dieciséis años y ya hacía lo que me salía de mis santos cojones, lo cual no quiere decir que hiciera lo correcto. Estaba en el equipo de baloncesto del instituto del Manhattan Center de Ciencias y Matemáticas. Éramos más de mil quinientos estudiantes y los doce del equipo éramos los reyes del instituto. Teniendo en cuenta que el 97 por ciento de los estudiantes se graduaban con unas notas tremendas esto tenía un valor incalculable. Los cerebritos nos tenían en un puto pedestal.

Louie y Allan eran mis mejores amigos. Juntos hacíamos de todo. Por las mañanas asistíamos a clases de Física o Biología y por las tardes entrenábamos. Entrenábamos muy duro. Louie era un chaval negro que a los dieciséis ya medía cerca de los dos metros, jugaba de pívot y era buenísimo. Además era un estudiante de sobresaliente. Por su parte, Allan medía como yo (cerca del uno noventa) y nos compenetrábamos perfectamente en la pista. Jugábamos como los ángeles.

La cosa está en que no era lo único que hacíamos. Por las noches después de entrenar solíamos salir de fiesta. Teníamos dieciséis años, eramos miembros de familias bastante bien acomodadas, vivíamos cerca de Harlem y salíamos casi todas las noches de la semana. Nueva York es una gran ciudad para los que aman salir de noche. Como dicen, la ciudad nunca duerme, y nosotros éramos parte de esa gente que no dejaba que la ciudad cayese rendida tras un duro día de trabajo.

Empezamos haciendo lo típico. Unas cuantas cervezas y algún que otro canuto caía siempre. Cuando nos plantábamos en el instituto a las ocho de la mañana aún íbamos ciegos. Era tremendo. De ocho a dos clases, de cuatro a seis entreno, y a partir de ahí, las calles eran nuestra casa. Tampoco teníamos porqué. No se puede decir que viniéramos de familias desestructuradas, todo lo contrario. Nuestros padres eran ignorantes ante nuestras actividades nocturnas. Para ellos, éramos tan buenos amigos que solíamos dormir en casa de uno de los otros dos, incluso entre semana. Como nuestros padres no se conocían no había problema en que descubrieran lo que tramábamos.

Pronto empezamos a probar los fármacos. Como siempre estábamos reventados empezamos a tomar pastillas que encontrábamos por casa. A los diecisiete años ya sabíamos qué pastilla nos servía para dormir, cuál nos valía para evitar dolores musculares y cosas así. El tema era que seguíamos jugando de puta madre. Ganamos durante dos años seguidos el campeonato estatal y algunos de nuestros partidos se emitían por televisión. Venían ojeadores a nuestros partidos. Un día, nuestro entrenador nos avisó de que los ojeadores de los Cavaliers y los Hawks estaban en el pabellón. Louie hizo treinta puntos y cogió trece rebotes. De esos treinta puntos, dieciocho venían de asistencias mías. Yo metí veinticinco puntos y ganamos el partido. Ese año volvimos a ganar el campeonato estatal, y ya iban tres. Lo que nadie sabía era las mierdas que nos cogíamos antes y después de los partidos.

Cuando llegó junio nos pusimos a ver universidades. Louie decidió que todo lo que habíamos estado haciendo ya era suficiente. Cogió sus cosas y se fue a la otra punta del país. Lo habían cogido en UCLA. Yo no quería abandonar la ciudad de Nueva York y me decanté por Columbia para estudiar económicas.

Al quedarme en la ciudad seguí manteniendo mi ritmo de vida. Salía y me colocaba. Pero ya era otra cosa. Un día llegué a mi habitación y mi compañero estaba con dos colegas suyos metiéndose cocaína. Me dijeron:

-Jack, ven. Prueba esto. No te dañará.

Yo me senté con ellos, enrollé un billete de cinco dólares y me metí mi primera raya de farlopa con dieciocho años y medio. Aquello fue algo que no pude parar. Fue un túnel donde me metí y del que tardé años en poder salir.

Bebía, me drogaba y jugaba colocado. Jugaba increíble. Era el mejor base del estado de Nueva York. El primer año de universidad fue el mejor a nivel deportivo. Estuvimos cerca de meternos en la Final Four pero Louie nos dejó fuera con UCLA. Cuando acabamos el partido, lejos de estar cabreado, me fui de fiesta con Louie y sus compañeros. Estaba completamente ido.

El año siguiente la cosa cambió. Conseguimos meternos en la Final Four reventando a Marquette en cuartos de final. También ganamos la semifinal y nos metimos en la final de la NCAA. La noche de antes de la final salí. Cerca de las nueve de la mañana llamé a Allan. Iba hasta los ojos. Él me dijo:

-Tío, juegas a las ocho. Es la final de la NCAA. Hazte un favor y vete a la cama.

Como quien oye llover. Le colgué. Eran las siete menos cinco de la tarde y antes de entrar al pabellón estaba en un coche con un par de tíos metiéndome la última raya antes de jugar la final de la NCAA.

El mejor partido de mi vida. Destrocé yo sólo a mis amigos de UCLA. No recuerdo exactamente las estadísticas, pero cada tiro que lanzaba lo metía, cada pase que daba era una asistencia y cada balón que rebotaba en la canasta era un rebote. Habíamos ganado la liga universitaria y yo iba puesto.

El lunes me llamó mi entrenador y me dijo que había dado positivo en el control antidoping.
Me echaron de la universidad, y decidí que ya era momento de dejarse de gilipolleces y crucé el país cuando me llamaron de la universidad de Berkeley. El entrenador estaba interesado en mi y me fui. Creía que el problema era la ciudad de Nueva York y puse tierra de por medio.

El primer año en Berkeley fue muy bueno a nivel deportivo y personal. No conocía a nadie, no consumía. Pero algunos amigos míos empezaron a mudarse a California y todo volvió a la normalidad. Parecía una pequeña Nueva York. Era como estar en casa.

Cuando llegó el final del segundo año en Berkeley me declaré elegible en el Draft, y me dijeron que muy probablemente estaría en primera ronda. Cuando llegó la noche del Draft, no me eligieron hasta el puesto número 40. Pero yo estaba muy feliz, me acababan de elegir los Houston Rockets, vigentes campeones de la liga.

Cuando llegué a Houston, me cogieron Olajuwon y Sampson y me dijeron:

-Sabemos que tienes problemas. Pero eso se ha acabado. Ni fiestas, ni beber, ni fumar. Vas a estar con nosotros todo el tiempo. Te vamos a vigilar.

Que te dijera eso una estrella como Hakeem para mi fue tremendo. Ese año, sin duda, fue el mejor de todos los que jugué al baloncesto. Estaba limpio. Hice una muy buena temporada. Cuando llegó septiembre, fui a ver al General Manager y me dijo que me habían traspasado.
Cuando le pregunté a dónde me dijo:

-A los Knicks.

¿A los Knicks? Hostia puta. El Madison. Nueva York. Otra vez a lo mismo. Durante mi presentación en el equipo de mis sueños estaba allí plantado, con mi número nueve estampado en la camiseta de mi equipo, y lo único en lo que pensaba era en ir a pillar. Era un círculo del que me veía incapaz de salir. Había empezado con los opiáceos cuando un colega me dio a probar unas pastillas. Me hice adicto en seguida. Los necesitaba simplemente para estar normal. Ya no jugaba colocado, jugaba en un estado normal pero consumiendo. Esa temporada fue desastrosa. Empecé a frecuentar los bajos fondos de Nueva York, me sentía en una puta película de Scorsese.

Además, volvieron a pillarme. En otro control di positivo. Vuelta a empezar. Me largué de Estados Unidos como quien huye de la peste. Me fui a Europa. Jugué en el Nanterre francés. Pasé opiáceos a Francia, pero pronto se me acabaron. Estaba en una situación horrible. Sólo, en Francia y con un mono terrible. Únicamente había una cosa que podía relajarme. Empecé a consumir caballo. Cuando me quise dar cuenta me pinchaba todos los días. Jugaba al baloncesto, a gran nivel y consumía heroína. Era de locos.

Un día fui a pillar al aparcamiento de un supermercado. Me metí un pico allí mismo y lo último que recuerdo es cristales rompiéndose y un policía sacándome del coche. Todos los periódicos me sacaron en portada, era un jodido juguete roto.

Después de esto volví a Nueva York. Me interné en un centro de desintoxicación. Pero tampoco sirvió de nada. Cuando mi hermano tuvo su segundo hijo fui a verlo. Los médicos me dijeron que estuviese un par de horas pero estuve un par de días. Fui al hospital a conocer a mi sobrino y al rato salí a fumarme un cigarro y a pillar. Cincuenta días de centro para nada. Me encontraron en un callejón tirado en el suelo. Sobredosis.

Había jugado en universidades importantes, en la NBA, en el baloncesto FIBA y todo terminó porque no sabía controlarme. Lo vi venir, lo esperé, lo abracé y acabé con todo.

Después de esa sobredosis, no quise volver a saber nada del baloncesto. Nunca me había divertido, era una losa tremenda poseer las cualidades que tenía y tener que cumplir ciertas expectativas. Empecé a trabajar en un supermercado y dejé las drogas. Hoy en día sigo trabajando en el mismo supermercado. Me casé. Tuve hijos. Mi mujer conocía todo de mí y le prometí que mi mayor meta en la vida sería que mis hijos no me vieran nunca con una cerveza en la mano. Llevo tres años sobrio. Cada día es una lucha. Cada día es distinto. Cada día puede ser el último.