jueves, 17 de septiembre de 2015

Una vida posterior


Es comúnmente pensado que cuando te enamoras, si crees en una vida posterior, te encontrarás con tu amor en esa nueva existencia.

Harvey tenía quince años cuando un soleado día de verano, en el lago del pueblo de sus abuelos, conoció a Dora. Ella era rubia, el cabello le caía en pequeños tirabuzones, tenía la nariz respingona, coloretes en los mofletes y los ojos azul celeste. Cuando la vio al caer la tarde aquel diecisiete de julio, se enamoró al instante.

Harvey tenía el pelo pajizo, pecas y gafas de montura cuadrada. Dora reparó en él al mismo momento y, al igual que el joven Harvey, cayó rendida a sus pies.

Pronto comenzaron a salir, cumplieron la mayoría de edad, y al poco tiempo de vivir juntos, se casaron. Alquilaron un pequeño apartamento en la esquina de la Calle 92 con West End en Nueva York y tuvieron un hijo, al que llamaron Louie.

Max tenía dieciocho años cuando conoció a Laura. Ella era morena de piel, castaña y tenía unos ojos enormes marrones. Se conocieron en Central Park en Navidades cuando Max estaba patinando con sus primos pequeños en la pista de hielo. Laura estaba con unas amigas cuando se tropezó de sopetón con Max mientras patinaba. Cuando se ayudaron, excusándose para levantarse, Laura se fijó en los ojos amarillentos de Max y jamás se volvió a separar de él. Tuvieron una hija preciosa, a la que llamaron Soline.

Max y Harvey habían sido amigos desde la infancia, desde que coincidieron en la Sinagoga a la que los llevaban sus padres. Habían crecido, estudiado y vivido juntos.

Dora, cuando solo contaba con cincuenta y un años enfermó. Un agresivo cáncer de colon acabó con su joven vida, dejando atrás a un marido destrozado, que la veneraba como aquel día de julio, y un hijo abatido tras perder a su mejor amiga. No fue esta la única desgracia que cayó sobre Harvey, puesto que la mujer de su mejor amigo Max, Laura, sufrió un accidente de coche mientras volvía a casa del trabajo.

Los dos amigos perdieron a sus mujeres en un breve lapso de seis meses. Desde ese descorazonador año, Harvey y Max decidieron apoyarse, aún más si cabe, el uno en el otro, intentando sobreponerse a aquella dura prueba que les había deparado el destino.

Harvey y Max continuaron trabajando unos años. Harvey trabajaba en un periódico como maquetador, así como Max lo hacía en una fábrica de rotuladores. Cuando cumplieron los sesenta años, decidieron dejar ambos sus trabajos para poner fin a su vida en Nueva York.

Con Louie y Soline ya mayores, Harvey propuso a Max volar a Florida, alquilar un pequeño apartamento cerca de Miami Beach, y alcanzar el ocaso de sus días juntos, tal y como lo habían hecho toda la vida.

Dos años pasaron en las soleadas playas de Florida cuando un fallo renal acabó con la vida de Max, dejando completamente solo a Harvey. Éste, desolado, se pegó un tiro en la boca para dejar de sufrir la pérdida y la tristeza del jubilado solitario en que se había convertido.


Al morir, ambos llegaron al Infierno, puesto que debido a su condición de judíos no podían alcanzar el reino de los cielos. El Infierno no era como contaban en la Tierra. Era un lugar divertido, casi tan caluroso como Florida, con salas de juego, bares y pulseras de todo incluido.

Como en el Arca de Noé, todo ciudadano del Infierno debía entrar con pareja, así pues, cuando Max llegó allí, esperó. No tuvo que hacerlo en exceso, ya que tras esperar el mismo tiempo que esperas un tren en la Estación Grand Central para ir a Vermont, llegó su mejor amigo, Harvey.

Una mezcla de alegría y desolación se arremolinaron en el corazón de Max cuando vislumbró a Harvey, ya que cuando llegó a estar a dos pasos de él, preguntó:

-¿Tú qué haces aquí?

-No te pensarías que me iba a quedar allí arriba yo sólo, ¿verdad?


Max sonrió, tomó a su amigo del hombro y pidió a Cerbero entrar en el reino de las sombras acompañado de su mejor amigo.