Es comúnmente pensado que cuando te
enamoras, si crees en una vida posterior, te encontrarás con tu
amor en esa nueva existencia.
Harvey tenía quince años cuando un
soleado día de verano, en el lago del pueblo de sus abuelos,
conoció a Dora. Ella era rubia, el cabello le caía en pequeños
tirabuzones, tenía la nariz respingona, coloretes en los mofletes y
los ojos azul celeste. Cuando la vio al caer la tarde aquel
diecisiete de julio, se enamoró al instante.
Harvey tenía el pelo pajizo, pecas y
gafas de montura cuadrada. Dora reparó en él al mismo momento y,
al igual que el joven Harvey, cayó rendida a sus pies.
Pronto comenzaron a salir, cumplieron
la mayoría de edad, y al poco tiempo de vivir juntos, se casaron.
Alquilaron un pequeño apartamento en la esquina de la Calle 92 con
West End en Nueva York y tuvieron un hijo, al que llamaron Louie.
Max tenía dieciocho años cuando
conoció a Laura. Ella era morena de piel, castaña y tenía unos
ojos enormes marrones. Se conocieron en Central Park en Navidades
cuando Max estaba patinando con sus primos pequeños en la pista de
hielo. Laura estaba con unas amigas cuando se tropezó de sopetón
con Max mientras patinaba. Cuando se ayudaron, excusándose para
levantarse, Laura se fijó en los ojos amarillentos de Max y jamás
se volvió a separar de él. Tuvieron una hija preciosa, a la que
llamaron Soline.
Max y Harvey habían sido amigos desde
la infancia, desde que coincidieron en la Sinagoga a la que los
llevaban sus padres. Habían crecido, estudiado y vivido juntos.
Dora, cuando solo contaba con
cincuenta y un años enfermó. Un agresivo cáncer de colon acabó
con su joven vida, dejando atrás a un marido destrozado, que la
veneraba como aquel día de julio, y un hijo abatido tras perder a
su mejor amiga. No fue esta la única desgracia que cayó sobre
Harvey, puesto que la mujer de su mejor amigo Max, Laura, sufrió un
accidente de coche mientras volvía a casa del trabajo.
Los dos amigos perdieron a sus mujeres
en un breve lapso de seis meses. Desde ese descorazonador año,
Harvey y Max decidieron apoyarse, aún más si cabe, el uno en el
otro, intentando sobreponerse a aquella dura prueba que les había
deparado el destino.
Harvey y Max continuaron trabajando
unos años. Harvey trabajaba en un periódico como maquetador, así
como Max lo hacía en una fábrica de rotuladores. Cuando cumplieron
los sesenta años, decidieron dejar ambos sus trabajos para poner
fin a su vida en Nueva York.
Con Louie y Soline ya mayores, Harvey
propuso a Max volar a Florida, alquilar un pequeño apartamento
cerca de Miami Beach, y alcanzar el ocaso de sus días juntos, tal y
como lo habían hecho toda la vida.
Dos años pasaron en las soleadas
playas de Florida cuando un fallo renal acabó con la vida de Max,
dejando completamente solo a Harvey. Éste, desolado, se pegó un
tiro en la boca para dejar de sufrir la pérdida y la tristeza del
jubilado solitario en que se había convertido.
Al morir, ambos llegaron al Infierno,
puesto que debido a su condición de judíos no podían alcanzar el
reino de los cielos. El Infierno no era como contaban en la Tierra.
Era un lugar divertido, casi tan caluroso como Florida, con salas de
juego, bares y pulseras de todo incluido.
Como en el Arca de Noé, todo
ciudadano del Infierno debía entrar con pareja, así pues, cuando
Max llegó allí, esperó. No tuvo que hacerlo en exceso, ya que tras
esperar el mismo tiempo que esperas un tren en la Estación Grand
Central para ir a Vermont, llegó su mejor amigo, Harvey.
Una mezcla de alegría y desolación
se arremolinaron en el corazón de Max cuando vislumbró a Harvey,
ya que cuando llegó a estar a dos pasos de él, preguntó:
-¿Tú qué haces aquí?
-No te pensarías que me iba a quedar
allí arriba yo sólo, ¿verdad?
Max sonrió, tomó a su amigo del
hombro y pidió a Cerbero entrar en el reino de las sombras
acompañado de su mejor amigo.