Tenía doce años cuando me bebí mi primera cerveza. Al principio, Lucas y yo cogíamos cervezas de la nevera de su campo, y nos subíamos a la montaña a bebérnoslas. Estaban asquerosas. Cumplíamos todo un ritual para bajar mareados de allí. Primero, decíamos a nuestros padres que nos íbamos de paseo por el monte, cargábamos las mochilas con una botella de agua por si acaso, alguna bolsa de patatas con sus respectivas servilletas para no dejarnos las manos llenas de aceite y un par de latas por cabeza. Subíamos la carretera hasta alcanzar el camino de tierra hasta el que ésta llevaba, y una vez ante la gran extensión montañosa, buscábamos un claro donde sentarnos y disfrutar de la naturaleza y las travesuras correspondientes a nuestra edad.
Creo que ahí fue donde empecé a ser adicto. Un mes después empecé a fumar tabaco, una adicción de la que nunca pude salir. Sigo pensando en lo estúpido que fui, teniendo en cuenta que estoy escribiendo esto desde la cama de un hospital, completamente demacrado y esperando resultados de unas pruebas médicas a las que tengo pavor. Es increíble de lo que eres capaz cuando eres un niñato idiota que se cree de vuelta de todo.
Lucas pronto dejó de fumar y se centró en sus estudios, los que le llevarían a regentar la fábrica familiar en cuanto salió de la universidad. Pero yo no fui capaz. Corría el año 95 cuando me fumé mi primer porro de hachís. Lo vendían los gitanos de un barrio cercano al mío. Yo no iba porque temía que me robaran, pero era el que ponía la pasta y el que más fumaba. Me llegaba a saltar semanas enteras de colegio para irme con algunos colegas al parque de enfrente del colegio a fumar. Demasiado pronto los canutos de hachís dejaron paso a los de marihuana, más potentes y perjudiciales para la cabeza, teniendo en cuenta que no era uno al día. De hecho, no recuerdo cuántos llegábamos a fumar. Perdí la noción de mi juventud. Pasaron un par de años y seguía igual.
Cuando me quise dar cuenta, daba esquinazo a mis amigos de siempre y empecé a frecuentar ambientes sórdidos de la ciudad, aquellos en los que no quieres que te vean tus padres porque sabes que no deberías estar allí. Allí conocí mi perdición, un chaval de unos años más que yo, que se llamaba Marcos.
Una noche de viernes, estábamos en una casa abandonada fumando y a mí se me fue de las manos. Iba colocadísimo, y le pregunté a Marcos que qué podía hacer para no ir así a mi casa. Se sacó una bolsita blanca del bolsillo trasero de sus pantalones, un espejito, una tarjeta y un billete de mil pesetas con el dibujo de Benito Pérez Galdós. Pintó en el espejo dos rayas, se metió la más larga y me dejó la más gorda. Le pregunté:
-¿Qué es?
-Farlopa tío, esto te quitará el bajón.
Agarré el billete en forma de tubo, me lo metí en el orificio derecho de la nariz y aspiré. No sé definir exactamente lo que sucedió después, pero el colocón desapareció. Aquello me pareció un milagro. Una sustancia que me hacía estar eufórico después de estar horas fumando.
-¿Dónde hay más de esto?-pregunté-.
-¿Cuánto quieres?-me repreguntó Marcos-.
-Lo que me dé con cinco mil pesetas-contesté-.
Aquel fue el momento en que tiré mi vida por la borda. Me hice adicto al instante. Iba puesto a las pocas clases del instituto a las que iba, y los fines de semana no paraba por casa. Marcos y yo nos hicimos inseparables, incluso estuvimos juntos cuando mis padres encontraron un pollo de coca en mi habitación y me echaron de casa. Estuvimos viviendo de okupas un tiempo. Robábamos a las viejas que iban a comprar los pañales a sus nietos para pagarnos el vicio.
De eso hace ya diez años. Marcos y yo nos fuimos a vivir a una casa abandonada en el campo y, apartados del mundo, seguíamos viviendo por y para la droga. Fue allí desde donde Marcos llamó a la ambulancia una tarde que perdí el conocimiento mientras sangraba por la nariz.
(...)
Mierda. Joder. Me cago en la puta. No puede ser. Acaba de salir de la habitación el médico de traerme los resultados de las pruebas. Tengo cáncer de pulmón en avanzada fase de metástasis. No sé exactamente lo grave que es, pero no me gusta un pelo la terminología. Marcos está a mi lado llorando. Dice que es culpa suya, que el me metió en toda esta mierda. Que tengo pocas opciones de sobrevivir. Pero yo le respondo:
-Marcos, hermano, no es culpa tuya. El gilipollas soy yo. Déjame un rato solo.
Cuando veo que Marcos sale por la puerta, cojo una cuchilla de mi neceser y me encierro en el baño. Adiós Marcos, lo sien