sábado, 13 de junio de 2020

Sólo vacío

Deben ser las ocho y media. Sí. Eso que sonaba en el final de mi sueño y continúa ahora es La primavera. La tengo puesta como despertador desde que la mujer de mi vida me abandonó por el charcutero. Aquello sucedió hace ya siete años, pero no logro aborrecer la primera parte de Las cuatro estaciones, así que la escucho todas las mañanas para levantarme, y luego, mientras voy al trabajo, termino todos los conciertos. Lo tengo calculado para apagar el móvil justo cuando termina El invierno. Mantengo los ojos cerrados, recreándome en el sueño que acaba de morir, mientras Vivaldi me ofrece la posibilidad de vivir un buen día. 

El sol entra, tenue, por las tres rendijas de la persiana que siempre dejo abiertas para no pasar el día entero metido en la cama. Debí lavarme los dientes anoche después de ducharme, porque el sabor de la pasta de dientes lo tengo todavía impregnando las muelas del juicio que me tienen que extraer mañana. Empieza una semana apasionante. 

Noto ligeramente las legañas que adornan mi vista al tiempo que sigo con los ojos cerrados. Me incorporo mientras sonrío, puesto que hoy es el último lunes del mes. Me levanto tranquilamente y me dirijo al cuarto de baño por el sutilmente iluminado corredor, al que le entra la luz del salón por el balcón, que da exactamente a la calle donde me crié. Me lavo la cara sin mirarme al espejo, me la seco y me acerco a mi habitación dando tumbos por la somnolencia, que no me abandona hasta que no desayuno. Me visto todavía en la oscuridad del cuarto, me coloco un auricular con lo que queda de La primavera, y voy a la cocina. Me preparo rápidamente un café en vaso de cartón para llevármelo, y salgo a la calle, en dirección al trabajo. 

Mientras estoy bajando las escaleras, me cruzo con Fina, la vecina del segundo, que no me saluda de vuelta. Está un poco ciega y muy sorda, tal vez no me haya visto. Bueno. Abro la puerta del edificio y salgo a la calle. Doy un sorbo a mi café en el momento en que me fijo en que hace un sol de justicia, pero aun así, no me molesta lo más mínimo en los ojos, algo que es raro en mí, puesto que siempre llevo gafas de sol cuando salgo a la calle. Hoy las he olvidado, pero no tengo tiempo de regresar a por ellas. 

Durante el trayecto a la oficina me encuentro con Pedro, el heladero, que está levantando la persiana de La Jijonenca, la heladería más vieja del barrio. Lleva más tiempo aquí que el propio asfalto que resplandece con los rayos del sol. Ya el abuelo de Pedro hacía helados, cuando todas estas calles eran de tierra, y se peleaba con el lechero por ver quién era capaz de vender más leche merengada a los críos sucios que jugaban allí mismo. Levanto mi mano derecha para saludarlo, pero Pedro tampoco responde a mi ademán. Agacho la cabeza y continúo con mi camino. Ha comenzado a sonar El verano. 

A los pocos metros de pasar la heladería se encuentra la antigua charcutería de Gorka, el que se largó con mi mujer. Está cerrada a cal y canto, con la persiana repleta de polvo. Justo delante está Toni, el vendedor de lotería del barrio, gritando su usual: 

-¡Iguales para hoy!

-¡Vamos, Toni! -le contesto yo, algo que he hecho toda mi vida, aunque no le haya comprado ni un sólo boleto jamás-. 

Pero Toni no me contesta. De hecho, creo que ni me está viendo. Esto sí que es extraño. Puedo entender que Fina y Pedro, que tienen más años que la monarquía borbónica no me vean, pero Toni, que si bien es discapacitado psíquico, tiene la vista de un lince, no me ve, es que algo tiene que pasar. Vuelvo a agachar las orejas y prosigo con mi camino mientras continúo con mis cavilaciones. Veo que la oficina está hoy más lejos de lo habitual. 

Al pasar por el kiosko de Angelita, a la que llevo comprándole el periódico desde que con siete años reparé en la existencia del mundo, y con él, del fútbol, me asomo para saludarla, y tampoco parece que me vea ni me escuche. Está ahí sentada rodeada en mismo número por revistas del corazón y pornográficas, mirando atentamente el recipiente de mimbre donde guarda las monedas. Mi cabeza se queda un momento en blanco mientras empieza a ulular El otoño en mis oídos. 

No sé. Tal vez me haya quedado afónico, y por eso nadie me escucha. Saco mi cabeza del kiosko de Angelita y avanzo unos cuantos metros más. Puedo salir de dudas ahora. El bar de mi madre está tras la siguiente esquina. Voy a ir a verla y veré si algo me pasa. Cruzo la calle por el paso de cebra  que está entre la tienda de vestidos de novia y la de pintura, cuando el semáforo de los coches está en ámbar, y un coche gris está a escasos centímetros de atropellarme. Le grito que mire por dónde va, pero ni siquiera baja la ventanilla para replicarme. Cualquiera diría que no me ha visto. En fin. Llego al bar de mi madre y entro. Detrás de la barra, como desde hace treinta años, está Pablo, el mejor, más amable y orondo camarero de toda la ciudad, no sólo del barrio. Siempre lo he considerado como un tío para mí. Pero Pablo, como el resto de la gente, tampoco repara en que estoy allí de pie, saludándolo.

-¡Eh, eh! ¡Pablo! ¡Soy Andrés! ¿Es que no me ves? -le espeto, gritando como un loco-. 

Ni levanta la mirada de los vasos que está secando. Me pongo delante de él y agito con fuerza los brazos mientras le chillo. Nada. Entonces entra el proveedor de bebida del bar y Pablo arranca una conversación fluida con él a través de mí que no logro comprender. 

Entro al comedor, al fondo del cual está situada la oficina donde mi madre trabaja por las mañanas, antes de abrir la sala al público. Está reunida con otro proveedor, así que espero sentado en una silla del salón. Apresuradamente entra Pablo al comedor a coger algo, levanto la mano y vuelve a pasar de mí. De repente, se abre la puerta de la oficina y sale el proveedor con un albarán en la mano. Ni repara en mi presencia, así que entro a la oficina, ya temeroso. Mi madre está ahí sentada con una pila de facturas delante de ella. 

-Mamá -digo yo, con la voz entrecortada-. 

No levanta sus ojos de los papeles. Escucho un ruido detrás de mí. Es Pablo, que sostiene un papel amarillo en sus grandes manos.  

-Begoña, me ha traído el de Bodegas Burruezo esto para ti. 

-Gracias, Pablo. Déjalo aquí -dice mi madre, señalando el montón, sin levantar la vista de su trabajo-. 

Pablo se acerca un poco y, traspasando mi pecho, deja el albarán sobre el montón. Nadie se da cuenta de lo que acaba de pasar. 

Completamente angustiado, salgo de la oficina, paso por el comedor y la barra, y me dirijo a la calle. Me encamino hacia mi casa sin saber qué pensar. Vuelvo a pasar por el kiosko de Angelita, en cuya puerta está parado Toni, y ninguno de los dos me saluda al pasar, aunque esta vez ni levanto una mano ni le digo nada a Toni. Pedro ya está dentro de la heladería. Paso tan rápido que no me doy cuenta de que la persiana de la charcutería está levantada y hay movimiento en su interior. Abro la puerta del edificio y subo los escalones de cuatro en cuatro. Meto la llave en la cerradura y abro con fuerza la puerta, que hace retumbar todo el piso al cerrarse sobre sus goznes.  

Me abalanzo directamente sobre los álbumes de fotos que tengo debajo de la televisión del salón, sin darme cuenta de que no hay televisión. Nunca miro esos álbumes porque me traen horrendos recuerdos. El padre y la mujer que me abandonaron. El acoso que recibí en el colegio. La soledad de la vida adulta. Todo estaba allí. Despego las páginas adheridas entre sí por el paso del tiempo y observo. 

No hay una sola fotografía en ese álbum. Debe ser el más nuevo. Desquiciado, saco todos los álbumes del mueble y los esparzo por el suelo. Uno tras otro los voy abriendo, cada vez más nervioso. En el segundo no hay tampoco ninguna foto. Ni en el tercero. Ni en el cuarto. En ninguno de ellos hay una sola fotografía. Levanto la cabeza para mirar las estanterías sobre la tele, y me encuentro los marcos de las fotos vacíos. Sin poder respirar, avanzo por el pasillo hasta mi habitación, abro la puerta y no hay nada. Sólo vacío. Me giro para mirar el pasillo, y tampoco hay nada. Sólo vacío. Ya ni siquiera logro escuchar El invierno. A mi alrededor sólo hay vacío. 

domingo, 19 de abril de 2020

Mi folclórica

Carmen estaba esperando en el asiento del copiloto a que Francisco llegara. Sabía que aquella noche no estaría de humor para nada. Había fracasado una vez más en La Maestranza, y ya eran incontables las ocasiones en que le había ocurrido lo mismo. Una vez, después de una faena en Ronda, había abandonado la casa familiar en plena noche tras otra ridícula corrida y no había vuelto hasta el desayuno. Y lo hizo, únicamente, porque tenía una conexión en directo con un programa de sucesos de la mañana por la que cobraba más de lo que ganaba en la plaza. 

Ahí estaba. Con la mirada perdida avanzaba junto a su apoderado. Ya no quedaba nadie en el exterior de la plaza sevillana, puesto que la puerta grande se había abierto hacía media hora para los otros dos toreros de la tarde, que habían salido cada uno con dos orejas y rabo. Se le veía en el semblante que aquella noche no iba a ser tranquila en Mi folclórica, la finca que sus padres habían adquirido cuando Francisco todavía contaba con cinco años de edad, y donde había empezado como novillero antes de torear a su primer toro, con trece años. Dejó sus aparejos en el  maletero del coche, incluido el capote y el estoque, y cerró la puerta trasera. Francisco subió al coche y, sin mirar a Carmen, hizo contacto con la llave y arrancó. 

-Cariño, ¿cómo estás?

Siempre le formulaba la misma pregunta, y siempre esperaba la misma respuesta: el silencio. Francisco miraba encendido la carretera mientras su esposa era incapaz de articular otra palabra. Cuando llegaron a la finca, Francisco bajó del coche, abrió las puertas y, sin detenerse para cerrarlas, avanzó hasta la puerta de la casa. Las luces estaban encendidas. Sus hijos seguramente habían visto la corrida por televisión con los padres de Carmen. Eran sus más fervientes seguidores, pero empezaban a admirar más a los futbolistas que veían con tranquilidad que a su propio padre. 

Francisco detuvo el coche en la puerta, dejó bajar a Carmen y, antes de que esta reparase en lo que hacía su marido, arrancó de nuevo y se alejó de allí. Buscaba un bar abierto en la noche del domingo, donde ver el partido del Madrid, tomar una copa -o varias- y regresar a casa cuando todos estuviesen dormidos, para evitar miradas de reproche o, peor aún, de decepción. Pero Francisco no encontraba de esa manera redención alguna ante las horrendas tardes en el ruedo que ya eran costumbre. Si no encontraba lo que buscaba en la plaza, lo haría fuera de ella. Así que, una vez llegó a un bar en mitad de la nada, se sentó en la mesa más alejada de la puerta, desde la que podía ver no sólo la televisión, sino a todo el que estaba en el lugar. 

En una mesa había tres hombres mayores, rayando la senectud, apoyando al rival del Madrid aquella noche. Francisco ni siquiera había reparado en quién demonios era el rival de su equipo. Buscaba otra cosa. En otra de las mesas, había una familia al completo: padre, madre y dos hijos, una niña y un niño, que no tendrían más de doce y ocho años respectivamente. El niño apoyaba sus pies sobre un Mikasa blanco y negro. Junto a la puerta, por otro lado, había una pareja joven, de no más de veintiocho años, cenando animadamente sin prestar atención a nadie más que a sí mismos. 

Francisco pidió una copa de brandi, y cuando el camarero se la llevó, le pidió la segunda. De un trago sorbió la primera y esperó ansioso la segunda. Una vez la tuvo ante él, empezó a observar lo que ocurría a su alrededor. Los hombres mayores y la familia estaban cantando un gol mientras la pareja se escandalizaba en silencio ante tanto alboroto. Sin embargo, el griterío se apagó un tanto con la llegada del descanso. En ese momento, los niños pidieron permiso a sus padres para salir a la calle a jugar durante el receso del partido. Fue entonces cuando Francisco pidió la tercera copa de brandi mientras se excusaba ante el camarero para salir a fumar. Ninguno de los viejos hizo lo propio y la pareja no se inmutó al verlo pasar hacia la puerta. 

Puso su mano sobre el cristal de ésta y empujó hacia afuera. No vio a los niños allí, donde estaban los coches, pero escuchó el rumor de un balón golpeando una pared. Había aparcado en la esquina del bar por donde se escuchaban los golpes en el cemento. Se acercó sigilosamente al coche y abrió el maletero. En aquel momento, el balón le rebotó en el pie izquierdo, y bajó la mirada para verlo. Era su oportunidad. Los niños fueron a ver qué había pasado con su balón. Cuando giraron la esquina del bar, se precipitó sobre ellos una tela roja que los envolvió a ambos. Dos fuertes brazos los rodearon con aquella tela y sintieron cómo eran introducidos en un coche. Allí, las manos que dependían de aquellos brazos los golpearon en la cabeza y cayeron inconscientes. 

Francisco cerró velozmente las puertas y se colocó en el asiento del piloto. Volvió a arrancar y se marchó de allí.


* * *

Cuando los niños abrieron finalmente los ojos, no vieron nada. Estaba todo completamente oscuro a excepción de una bombilla que los iluminaba, pero se sentían observados. Frente a ellos había alguien sentado en la oscuridad. Ese alguien había atado sus manos con sendas sogas y había cubierto sus bocas con cinta adhesiva para que no pudieran gritar ni, mucho menos, pedir auxilio. De todas formas, allí nadie los oiría. Mi folclórica tenía doscientas héctareas, claramente diferenciadas en la casa principal, la piscina, el establo y la pequeña plaza de toros donde Francisco había aprendido a torear. Precisamente en uno de los corrales de la plaza de Mi folclórica se encontraban los dos jóvenes. 

Una brasa se encendió en la oscuridad. Los ojos medio bizcos de Francisco se iluminaron en la penumbra mientras los niños intentaban zafarse de sus ataduras. Cuando hubo terminado su cigarrillo, Francisco se levantó y miró a los ojos a la niña. 

-¿Sabéis por qué estáis aquí? -preguntó, con la mirada enloquecida-. 

Evidentemente, no obtuvo respuesta, únicamente más forcejeos por parte de los infantes. Se giró y volvió a la umbría. Se escuchó un ruido fluido de tela, y el rojo volvió ante los ojos de los niños. Ese rojo que los había envuelto en una oscuridad de la que no veían posibilidad de salir. 

-Esto es una muleta. Se utiliza cuando el torero va a entrar a matar. ¿Os gustan los toros?

De nuevo, el forcejeo. El niño empezó a llorar. La niña miraba furiosa a su secuestrador. 

-Bueno, a mí cada vez menos. Soy un fracasado. Pero esta noche, voy a ser yo quien salga por la puerta grande. 

Francisco sacó de debajo de la muleta un par de banderillas que solían estar presidiendo el corral en el que se encontraban. Habían pertenecido a su padre, que se había quedado en banderillero, pero había hecho todo lo posible por que su hijo fuera un gran matador. Dejó las banderillas a los pies de los niños y sacó el estoque. 

El torero quería empezar por la mayor. Tomó el estoque y acarició el bisoño rostro de la muchacha con él, en ambos mofletes. Empezó a sangrar. Fue ese el momento que desbocó a Francisco. Eso era lo que le apasionaba. La sangre. La sangre significaba sufrimiento y, si era él quien la provocaba, le infundía felicidad. 

Hizo lo propio con el muchacho. Después, empezó a rajarles los estómagos, a través de las camisetas. Empezaban a ponerse blancos ante la pérdida constante de sangre. Sin parar un segundo de respirar entrecortadamente, jadeando, tomó del suelo las dos banderillas y las clavó, una en el hombro derecho de la joven y otra en el izquierdo de su hermano.

Estaban a punto de desmayarse. En aquel instante, ya a punto de sufrir espamos de gozo y júbilo, Francisco extrajo la puntilla de su cinturón. En menos de lo que tarda en decirse, clavó el cuchillo corto en la nuca de la hermana para sacarlo a la velocidad del rayo con el objetivo de hacer lo mismo en el cuello del hermano. Francisco reía a carcajadas. Los ojos se le salían de las órbitas. Seguía jadeando con fuerza cuando se desmayó de placer.  

* * *

Carmen se tranquilizó cuando vio a su marido entrar en su habitación cuando todavía no había amanecido. Francisco entró directamente al cuarto de baño y cerró la puerta tras de sí. Tenía todavía una hora y media para ducharse, desayunar y conectar el ordenador para hacer su conexión en directo. Aquella mañana el tema era el Pin Parental.