Érase una vez, en un país muy muy lejano, una reina preciosa que dominaba con puño de hierro sobre todos y todas. Ella creía que era la mujer más bella del reino, y así se lo recordaba un espejo mágico que guardaba con recelo. Éste siempre respondía lo mismo a la misma pregunta: Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más bella de este reino?; el espejo contestaba: usted, mi reina.
Llegó un caluroso día veraniego cuando la reina se puso frente al espejo, preguntó y la respuesta fue: Blancanieves, Blancanieves es la mujer más bella de este reino. La reina, completamente fuera de sí, lanzó uno de sus zapatos contra el espejo y lo destruyó. Con la cara desencajada de la furia que sentía, la reina hizo llamar a un cazador de la corte. Cuando éste llegó ante la reina, ella dijo:
-Os entrego este cofre, traedme el corazón de Blancanieves en él.
El cazador esperó a que Blancanieves saliera a dar un paseo por el campo, y cuando la vio en el bosque, se quedó paralizado. Allí estaba, con un torrente de pelo anaranjado rizado cayéndole de forma arbitraria por todos lados, con la tez inmaculada y de una belleza sobrenatural. Verdaderamente, sobrecogía la belleza de la joven. Irradiaba hermosura. Al verla, el cazador se sintió incapaz de hacer daño a un ser tan puro, y le dijo a Blancanieves que huyera del reino.
El cazador llegó al castillo y le dijo a la reina que Blancanieves se había escapado. La reina, ante esta noticia, estalló. Cogió al cazador y lo estampó contra la pared. Rápidamente le bajó los pantalones y le dio dos lametones en la polla. Cuando estaba ya completamente erecto, tiró al hombre al suelo y empezó a montarlo. Lo reventó. Tanto, tanto, que cuando la reina se hubo corrido, había terminado con la vida del cazador.
Entre tanto, Blancanieves había huido bosque adentro, durante unas horas, sin saber dónde estaba. En un claro encontró una casita de madera a la que se acercó cautelosa. Entró y se dio cuenta de que en esa casa había mucha actividad. Había un montón de cosas tiradas por los suelos, los últimos guisantes que habían sobrado en una cazuela y un par de pajaritos azules muertos que parecían los que vestían por las mañanas a la prima Cenicienta. Subió al piso de arriba y encontró siete camitas, en los pies de cada una, un nombre tallado. Decidió juntar tres de ellas, cuyos decorativos nombres eran Dormilón, Tímido y Mudito. Se desnudó y se echó allí a descansar.
Al cabo de un tiempo, un movimiento la despertó. Abrió los ojos y se vio rodeada de siete enanos que la miraban con recelo. Sin darse cuenta, se le escurrió la sábana y cayó al suelo, mostrando a los enanitos que lo tenía todo pelirrojo.
En eso que, Gruñón, Sabio y Feliz se acercaron a ella. Feliz empezó a frotar y chupar el pezón de la mama derecha de Blanca. Ante esto, Tímido se alejó de la escena y se marchó de la habitación. En ese momento, Dormilón, cuya cama estaba ocupada, salió al jardín y calló allí rendido bajo un helecho. Mudito se sentó en un taburete y se puso a observar la escena. Mientras Feliz jugaba con los pezones de la muchacha, Sabio, que era muy inteligente y entendía el sexo femenino, comenzó a buscar el clítoris de la joven. Gruñón hizo que Blanca se pusiera a cuatro patas, con Feliz ya completamente estimulado y recibiendo una señora mamada de Blanca, con Sabio ya jugando con lengua, índice y corazón en el coño de Blancanieves. Por detrás venía Gruñón, con su cinturón negro azotando en las cachas y penetrando por el garaje a la pelirroja. A todo esto, el gorro y la camisa de Mudito ya le sobraban, pues se había calentado mucho, y estaba tocándose un poco apartado de la acción. Mocoso, que durante todo ese tiempo había estado en el cuarto de baño empolvándose la nariz, salió y se encontró con aquello. Se acercó un poco a Feliz, y éste empezó a contagiarle las ganas de estornudar. Cuando al fin descargó el estornudo, no fue lo único de lo que se desprendió. Blancanieves tenía la boca llena de semen y Gruñón hacía tiempo que había dejado de entrar. Seguía con lo suyo Sabio, que cuando se fijó en que Mudito había terminado la paja dejó a la muchacha.
Después de esto, la joven entró al baño, se encontró con los polvos de Mocoso y se empolvó. Se lavó y salió del cuarto de baño. Decidió quedarse. Allí estaba a salvo. Y los ocho, vivieron felices y comieron perdices.