miércoles, 30 de octubre de 2013

Los 7 enanitos. La historia que no nos contaron.

Érase una vez, en un país muy muy lejano, una reina preciosa que dominaba con puño de hierro sobre todos y todas. Ella creía que era la mujer más bella del reino, y así se lo recordaba un espejo mágico que guardaba con recelo. Éste siempre respondía lo mismo a la misma pregunta: Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más bella de este reino?; el espejo contestaba: usted, mi reina. 

Llegó un caluroso día veraniego cuando la reina se puso frente al espejo, preguntó y la respuesta fue: Blancanieves, Blancanieves es la mujer más bella de este reino. La reina, completamente fuera de sí, lanzó uno de sus zapatos contra el espejo y lo destruyó. Con la cara desencajada de la furia que sentía, la reina hizo llamar a un cazador de la corte. Cuando éste llegó ante la reina, ella dijo: 

-Os entrego este cofre, traedme el corazón de Blancanieves en él.

El cazador esperó a que Blancanieves saliera a dar un paseo por el campo, y cuando la vio en el bosque, se quedó paralizado. Allí estaba, con un torrente de pelo anaranjado rizado cayéndole de forma arbitraria por todos lados, con la tez inmaculada y de una belleza sobrenatural. Verdaderamente, sobrecogía la belleza de la joven. Irradiaba hermosura. Al verla, el cazador se sintió incapaz de hacer daño a un ser tan puro, y le dijo a Blancanieves que huyera del reino. 

El cazador llegó al castillo y le dijo a la reina que Blancanieves se había escapado. La reina, ante esta noticia, estalló. Cogió al cazador y lo estampó contra la pared. Rápidamente le bajó los pantalones y le dio dos lametones en la polla. Cuando estaba ya completamente erecto, tiró al hombre al suelo y empezó a montarlo. Lo reventó. Tanto, tanto, que cuando la reina se hubo corrido, había terminado con la vida del cazador. 

Entre tanto, Blancanieves había huido bosque adentro, durante unas horas, sin saber dónde estaba. En un claro encontró una casita de madera a la que se acercó cautelosa. Entró y se dio cuenta de que en esa casa había mucha actividad. Había un montón de cosas tiradas por los suelos, los últimos guisantes que habían sobrado en una cazuela y un par de pajaritos azules muertos que parecían los que vestían por las mañanas a la prima Cenicienta. Subió al piso de arriba y encontró siete camitas, en los pies de cada una, un nombre tallado. Decidió juntar tres de ellas, cuyos decorativos nombres eran Dormilón, Tímido y Mudito. Se desnudó y se echó allí a descansar. 

Al cabo de un tiempo, un movimiento la despertó. Abrió los ojos y se vio rodeada de siete enanos que la miraban con recelo. Sin darse cuenta, se le escurrió la sábana y cayó al suelo, mostrando a los enanitos que lo tenía todo pelirrojo. 

En eso que, Gruñón, Sabio y Feliz se acercaron a ella. Feliz empezó a frotar y chupar el pezón de la mama derecha de Blanca. Ante esto, Tímido se alejó de la escena y se marchó de la habitación. En ese momento, Dormilón, cuya cama estaba ocupada, salió al jardín y calló allí rendido bajo un helecho. Mudito se sentó en un taburete y se puso a observar la escena. Mientras Feliz jugaba con los pezones de la muchacha, Sabio, que era muy inteligente y entendía el sexo femenino, comenzó a buscar el clítoris de la joven. Gruñón hizo que Blanca se pusiera a cuatro patas, con Feliz ya completamente estimulado y recibiendo una señora mamada de Blanca, con Sabio ya jugando con lengua, índice y corazón en el coño de Blancanieves. Por detrás venía Gruñón, con su cinturón negro azotando en las cachas y penetrando por el garaje a la pelirroja. A todo esto, el gorro y la camisa de Mudito ya le sobraban, pues se había calentado mucho, y estaba tocándose un poco apartado de la acción. Mocoso, que durante todo ese tiempo había estado en el cuarto de baño empolvándose la nariz, salió y se encontró con aquello. Se acercó un poco a Feliz, y éste empezó a contagiarle las ganas de estornudar. Cuando al fin descargó el estornudo, no fue lo único de lo que se desprendió. Blancanieves tenía la boca llena de semen y Gruñón hacía tiempo que había dejado de entrar. Seguía con lo suyo Sabio, que cuando se fijó en que Mudito había terminado la paja dejó a la muchacha. 


Después de esto, la joven entró al baño, se encontró con los polvos de Mocoso y se empolvó. Se lavó y salió del cuarto de baño. Decidió quedarse. Allí estaba a salvo. Y los ocho, vivieron felices y comieron perdices. 

viernes, 25 de octubre de 2013

El ensanche

Vivía en Barcelona y deseaba salir de allí. Sabía que Barcelona se lo había dado todo. Le había dado una educación, unos valores y una vida, pero esta vida no era la que ella quería. Era rubia, medía metro sesenta y cinco, y un par de rastas caían por su espalda. Tenía unos ojos verdes que encandilaban a cualquier persona que pasara por delante de ella. Laia quería echarse una mochila al hombro y recorrer el mundo, conocer otras culturas y, sobre todo, visitar Europa entera. Le seducía ir a Inglaterra a ver el Stonehenge, a Francia a probar sus vinos y hacer la ruta de los castillos, a Alemania a perderse en la Selva Negra, a Noruega a experimentar el verdadero frío y viajar en barca por los fiordos. Quería ser libre. 

Para ello, estaba pluriempleada desde los 17 años. A lo largo de toda la semana trabajaba en el puesto de flores que llevaban sus tíos en La Rambla, y los fines de semana que había partido o visitas desempeñaba un puesto de camarera en el Estadio Lluís Compayns, cuando el Espanyol jugaba allí, y en Cornellà-El Prat cuando el hermano pobre de la ciudad se había mudado a la vecina localidad de Cornellà. Entre ambos trabajos no cobraba una exageración, pero le daba para mantener el piso que compartía con un amigo del instituto, Pol.

 Laia apenas salía, todo lo guardaba para poder emprender su salida de Catalunya. Un día, cuando estaba a punto de marcharse, mientras ayudaba a descargar el camión de las flores de esa semana, una caja se le cayó encima de su pie izquierdo. Siguió trabajando durante un par de horas más, pero el dolor no cesaba y pidió permiso a su tío Eloi para acudir al hospital a que le echaran un vistazo a su maltrecho pie. Cuando llegó al hospital más cercano, le contó al muchacho que había en el mostrador lo que le había pasado y éste la mandó a la sala de espera. Tras media hora esperando, fue llamada a que acudiera a la sala de curas. Una vez sentada en la citada sala, llegó la doctora. No tendría más de veintisiete años, pelo castaño oscuro, con los ojos color miel. Era preciosa. Estuvo tratando a Laia un rato, y al final ésta se marchó muy agradecida con la doctora. 

Al cabo de una semana, y sin razón aparente, Laia volvió a aparecer por el hospital. Y a la semana siguiente, y a la otra. La doctora, Ruth, estaba empezando a sospechar que la joven iba allí por ella, porque siempre se trataba de la misma supuesta lesión. Un día, en la enésima ocasión en que Ruth se encontró a Laia esperándola en la sala de espera, le dijo:

-Usted es muy persistente, ¿verdad?
-No sé a qué te refieres. Me duele mucho el pie-respondió Laia, con una media sonrisa en la boca-.
-Ya, claro-repuso Ruth, también con una sonrisa-.

Ambas entraron en la sala de curas, y Ruth comenzó a tasajear a Laia en la zona ''afectada''. Laia empezó a reírse, porque Ruth estaba haciéndole cosquillas en la planta del pie, y cuando la doctora giró la cabeza para observar la reacción de la paciente, Laia se inclinó un poco y la besó en la frente. Con ternura. Ruth, en seguida, se puso en pie y cogió de la nuca a Laia y la besó con fuerza en los labios. Acto seguido, Laia le devolvió el beso aún más intensamente, y se revolcaron en la camilla hasta que una enfermera tocó a la puerta y hubieron de separarse. 

A partir de ese momento, Laia salía con frecuencia cuando se lo permitía el trabajo, pero siempre había un denominador común. Salía siempre con Ruth por el Ensanche. Siempre iban juntas. A todos lados. Empezaron a vivir juntas. Ruth empezó a saltarse guardias y le dieron varios toques en el Hospital, pero no le importaba. Llegó un día, en que al saltarse una guardia, hubo muchísimas complicaciones con un paciente y la echaron. Ruth estaba destrozada. Laia la intentaba consolar, diciéndole que todo iba a salir bien, que estando juntas nada podría salir mal. Pero una noche, Ruth tomó una determinación. Mandó su currículum a un hospital de Munich, desde donde la llamaron comunicándole que tenía un puesto allí si ella lo quería. Laia recibió la noticia de muy buen grado, haciendo planes y buscando casa en Munich. 

Un sábado, cuando Laia regresó a casa después de un partido del Espanyol, se la encontró vacía. Vacía de Ruth. Encontró una nota que decía:

''Me he ido. Alemania me espera. Pero creo que no debo forzarte a dejar Barcelona. Adiós.'' 


martes, 22 de octubre de 2013

Ruta 66

James trabajaba de repartidor para la empresa FedEx, y se pasaba las semanas y los meses completos en la carretera. Conducía una nueva y reluciente furgoneta blanca con el logo azul y naranja de FedEx, impreso en un lateral de la misma. Siempre realizaba sus trayectos completamente solo, continuamente pegado a la radio y su amplia y rica colección de cassettes que había ido reuniendo con los años, la mayoría adquiridas en las estaciones de servicio donde descansaba. El recorrido que solía hacer partía de una de las filiales de la compañía en Chicago y llegaba hasta bien entrado el gran estado de Texas, con lo cual debía coger la mítica Ruta 66 de la que tanto se ha hablado en las últimas décadas. 

James solía parar siempre en las mismas estaciones de servicio. Paraba en una destinada al café de media mañana, otra al almuerzo, una más para un café rápido a media tarde y una última para cenar y dormir. El recorrido que realizaba James duraba más de 35 horas, lo que convertía cada viaje en una expedición a lo largo de más de 3000 millas cada dos días. En cada estación de servicio se cruzaba siempre con gente distinta, que tomaba la carretera más amplia del país con diversos fines. Así, encontraba a familias al completo realizando viajes a lo ancho de los Estados Unidos, a moteros en grupos que seguían anclados en el romanticismo que supone viajar en motocicleta por la Ruta 66, a trabajadores del transporte, como él mismo, que no hacían más que trabajar. Lo único que siempre era igual eran los lugares en los que paraba a descansar y las personas que allí trabajaban. En la parada del café matutino lo atendía siempre Frank, un anciano camarero que había visto pasar a más de 600 viajantes al día desde que puso su estación de servicio en la frontera entre el estado de Illinois y el de Missouri. Más tarde, a mitad del mismo estado, paraba para que Loretta, una simpática mesonera negra que había tenido muchos problemas para poder adquirir el puesto que le permitía servir y dar alimento a gente como James, que jamás paraba por casa. Una vez entrado a Oklahoma, James visitaba a Paul, un enorme muchacho que hacía sonar a la máquina de café cada vez que veía entrar por la puerta a James. Y finalmente, ya en la entrada de Austin, Texas, James era acomodado en la habitación de un pequeño motel de carretera por la pecosa y pelirroja Anita. Cada vez que James entraba al motel buscaba a la muchacha con ahínco, pensando que algún día, en vez de prepararle simplemente la habitación, lo acompañaría en su momento más delicado del día. Un día, James se levantó en Texas a las 6:00 de la mañana, pues esa misma noche debía llegar a Chicago, para cargar de nuevo la furgoneta antes de emprender el camino de vuelta. Como todas las semanas, tres viajes. 6 días de carretera y cassettes. En la cafetería del hostal se encontraba Anita, terminando su turno de noche, que abarcaba desde la medianoche hasta las ocho de la mañana, cuando había un cambio de turno y ella se marchaba a casa a dormir. Ya con los ojos medio cerrados, sonrió a James al verlo sentarse y pedirle un café:


-¿Ya se levanta, señor James?-preguntó la muchacha-.
-Sí Anita, sí. Tengo que estar a medianoche en Chicago para realizar una carga más. La última de esta semana-. 
-Verá señor, he estado pensando, que si algún día usted no estuviera tan ocupado, nosotros podríamos…- empezó diciendo ella, quebrándosele la voz al llegar a este momento-.
-¿Sí?-preguntó James, impaciente-.
-Nada, déjelo-respondió ella, completamente colorada, y se marchó rauda a la cocina-.

James, al darse cuenta de que Anita no volvería a salir, dejó encima de la barra el dinero que valía el café y se marchó de Austin lo más lentamente posible. Tras conducir durante casi dos mil millas, llegó a casa, a Chicago, y sin apenas quitarse la ropa que llevaba, cayó rendido en su cama. A la noche siguiente, James estaba de vuelta en Texas, con el camión cargado, y la cabeza a punto de reventar, pues era el último viaje de la semana. Cuando llegó al hostal no encontró a Anita en la recepción, sino a un hombre mayor que debía ser el regente del lugar. Avisó a James de que su habitación de costumbre estaba preparada y éste subió, completamente agotado y complacido de no tener que lidiar esa noche con la muchacha. Cuando abrió la habitación se quedó de piedra: en la cama en que él debía dormir se encontraba Anita, desnuda totalmente y haciéndole gestos para que se acercara. Cuando éste se encontraba a un paso de la cama, ella se deslizó entre las sábanas, se acercó a él y le bajó los pantalones. A continuación, le cogió la polla con las dos manos y empezó a hacerle una mamada. Él estaba flipando. ¿Cómo había conseguido tener a aquella preciosa mujer así, allí, para él sólo? De repente, ella paró, lo metió en la cama, y se puso encima de él. Se lo folló. Ella a él. Lo exprimió hasta límites que es indecoroso contar. 


Al día siguiente, ella estaba tan cansada, que él decidió marcharse sin desayunar siquiera, ya tendría tiempo por el camino de hacerlo. Cuando llegó a Chicago aun estaba en una nube, y no había tenido tiempo de hablar con la chica. Dos días más tarde, James había cogido la furgoneta de FedEx y había puesto rumbo a Austin, con la intención (a parte, claro está, de entregar los paquetes de la compañía) de decirle a Anita que quería estar con ella, y que si hacía falta, podía pedir un traslado y trabajar cerca de la zona de Texas en exclusiva. Cuando conducía a la altura de Oklahoma City, empezó a llover. Una lluvia ligera, que conforme avanzaba kilómetros, se convertía en una caída y espesa lluvia torrencial. Activando los faros antiniebla, prosiguió con su camino, hasta que en una curva cerrada de derechas, la furgoneta patinó sobre la carretera y se vio abocado a salirse de ésta. La furgoneta quedó destrozada, y el cuerpo sin vida de James estaba allí, con cuentas pendientes y sin poder explicarle a Anita que era lo mejor que había visto nunca en La calle principal de América. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

El baño


Pete era un chaval que había engañado a muchas mujeres para llevárselas a la cama. Era una suerte de don que tenía. Cuando quería acostarse con una mujer era capaz de cualquier cosa con tal de acabar follando. Una noche se encontraba con Jack en la terraza de un bar, charlando, cuando se sentaron con ellos Mary y Lucy. De las dos, Pete hubiera cometido una atrocidad demasiado cruel para acostarse con Lucy, pero esa noche le tocaba a Mary sufrir el calentón de Pete. 

Llevaban un rato hablando nada más que de jilipolleces con las dos mujeres, corrían las cervezas y a Pete ya se le estaba calentando la entrepierna. A Pete le volvía loco que una mujer tuviera el pelo negro oscuro, muy oscuro, y si además lo tenía ondulado ni siquiera podía pensar. Se ponía malo. Le daba un aspecto salvaje a la mujer y eso le ponía cachondísimo. Tenía la necesidad de hacerla suya. En la terraza del bar había mucha gente, estaba acabando el verano y los habitantes de aquel pequeño pueblo de Missouri intentaban aprovechar los últimos resquicios de la temporada estival. Al contrario que dentro del bar, donde esperaba el dueño del local, Louie, esperando a que los bebedores entrasen dentro a pedir la siguiente ronda. Después de la quinta cerveza, Mary entró al baño. Al minuto de entrar la joven, Pete se excusó ante Jack y Lucy y entró al bar. Allí estaban únicamente Louie y un amigo suyo que había ido a tomarse una copa antes de volver a casa. 

Pete avanzó hasta el fondo del local donde se encontraban los baños, y esperó en la puerta del de mujeres. Cuando Mary salió, Pete le puso la mano derecha en el lado derecho del cuello y la besó en los labios de forma prolongada. Después de esto, Mary agarró la mano izquierda de Pete y lo introdujo en el baño de los caballeros. Se encerraron allí dentro y, en seguida, sus labios volvieron a encontrarse, esta vez de forma más pasional si cabe. Al momento, Pete estaba agarrando del culo a la muchacha y la subió al soporte del lavabo. La cogió del botón de los pantalones vaqueros y se los quitó. Siguieron besándose apasionadamente y Pete comenzó a comerle el coño. Esta empezó a gemir como una descosida, entonces se apartó un poco del muchacho. Se levantó y le bajó los pantalones. Empezó a chupar. Se metió la polla en la boca y succionó. Arriba y abajo. Arriba y abajo. A Pete le encantaban las mamadas, él creía que sin sexo se podía vivir pero sin mamadas, imposible. Cogió del pelo negro y rizado a la chica y tiró de él. Adelante y atrás. En un arrebato, Pete volvió a aupar a la muchacha y la montó. Se la estaba follando como si no existiera el mañana. De repente, Louie tocó a la puerta y gritó algo inaudible. Pete y Mary siguieron a lo suyo sin hacer mucho caso al tabernero. Continuaron dándose placer. La chica parecía que se iba a echar a llorar, estaba gozando exageradamente. Al rato, Pete se corrió. Se apartó de la joven y se limpió la cara y la polla, saliendo del baño al instante. En la barra estaban Louie y Jack descojonándose y cuando vieron a Pete se pusieron a aplaudir. Lo único que salió de la boca de Pete fue:

-Louie, ponme otra, va.