miércoles, 30 de mayo de 2018

Riders on the storm

-La lluvia cae pertinaz sobre el sólido suelo que se postra a tus pies, plebeyo. 
-Tiene usted razón, señor. Iré a cambiarme de muda. 

El vestigio del viento sobre la fortaleza penetraba por todos los recovecos. En el mismo instante en que el señor feudal me mandó cambiar, una rata, oronda y extraordinariamente rápida para las veinte arrobas que pesaba, salió disparada hacia el bosque. Ante el castillo, con sillares expresamente cortados para el rey, se paseaba el señor feudal, amigo personal de su alteza y consejero. Todavía no se sabe qué pudo rondar por su cabeza cuando fue detrás de la rata patizamba, hacia las profundidades del bosque. Todavía, y esto es lo más impactante de todo, se sigue recordando al señor feudal como un hombre recto, que seguía los designios de la santa madre Iglesia. 

En cuanto traspasó el umbral que daba a la pinada, con menos separación entre sus raíces conforme se adentraba en la espesura, se dio cuenta de que apenas podía ver nada. Estaban los árboles tan poblados que podría haber tenido a la rata a un centímetro de la punta de su nariz y no la hubiera visto. Continuó durante unos metros en línea recta hasta que se chocó con un el gigantesco tronco de un árbol caído. Tropezó hacia delante y cayó en una fosa. El tiempo no se pudo medir, pero estuvo cayendo hasta que se desmayó. Sin embargo, cuando ya yacía sobre una fresca hierba verde, no tuvo que lamentar daño alguno. 

Se levantó de un salto impropio para una persona de su edad, pero no pudo ver más, ya que lo que vio lo dejó horrorizado: la rata a la que había seguido, la que pesaba cerca de veinte arrobas, parecía la cría de un ejército de ratas de unas cincuenta arrobas. El señor trató de huir, pero el lugar en el que se encontraba no tenía nada que ver con el bosque anterior a la caída. No tenía contornos. No podías llegar al final de nada porque no había nada. 

-Ya me he cambiado, señor. 

-Buen chico, Hugo. 

miércoles, 31 de enero de 2018

Conversaciones (Vol. 1)


-…entonces apareció Ernest y le pegó un puñetazo a Henry! -terminó-.

-¿Qué estás diciendo, Frank? -contestó la bella rubia que estaba sentada a su lado, bebiendo champagne-.

-De verdad, Zelda, es lo que vi. Se ve que Miller había estado cenando con una de las amigas de Ernest y este ya sabes cómo se pone. Únicamente el scotch le gusta más que una buena pelea.  

-Lo sé, pero…¿a Henry? No sé, me extraña -repuso la mujer-.

-Algo más tendrá que haber, cielo. Eso seguro. Anoche en el pub, Pablo me comentó que hacía un tiempo que Ernest no estaba en sus cabales. Desde que publicó Fiesta, siempre desde el prisma de Pablo, no se le ha vuelto a ver sobrio -aseveró Frank-. 

-Pero es no es ninguna novedad, si siempre va trompa -comentó Zelda, ansiosa de noticias nuevas-. 

-Ya, pero últimamente esta peor, o eso es lo que dicen. Deberíamos invitarlo para que nos lo cuente.

-¿A Henry o a Ernest?

-Mejor a los dos, así si era por una borrachera tonta se podrá disculpar. 

-A ver si nos la van a montar en casa, Frank -dijo Zelda, mientras sorbía de su copa-. 


-Tienes razón, cariño. Mejor nos vamos a dormir.