-La lluvia cae pertinaz sobre el sólido suelo que se postra a tus pies, plebeyo.
-Tiene usted razón, señor. Iré a cambiarme de muda.
El vestigio del viento sobre la fortaleza penetraba por todos los recovecos. En el mismo instante en que el señor feudal me mandó cambiar, una rata, oronda y extraordinariamente rápida para las veinte arrobas que pesaba, salió disparada hacia el bosque. Ante el castillo, con sillares expresamente cortados para el rey, se paseaba el señor feudal, amigo personal de su alteza y consejero. Todavía no se sabe qué pudo rondar por su cabeza cuando fue detrás de la rata patizamba, hacia las profundidades del bosque. Todavía, y esto es lo más impactante de todo, se sigue recordando al señor feudal como un hombre recto, que seguía los designios de la santa madre Iglesia.
En cuanto traspasó el umbral que daba a la pinada, con menos separación entre sus raíces conforme se adentraba en la espesura, se dio cuenta de que apenas podía ver nada. Estaban los árboles tan poblados que podría haber tenido a la rata a un centímetro de la punta de su nariz y no la hubiera visto. Continuó durante unos metros en línea recta hasta que se chocó con un el gigantesco tronco de un árbol caído. Tropezó hacia delante y cayó en una fosa. El tiempo no se pudo medir, pero estuvo cayendo hasta que se desmayó. Sin embargo, cuando ya yacía sobre una fresca hierba verde, no tuvo que lamentar daño alguno.
Se levantó de un salto impropio para una persona de su edad, pero no pudo ver más, ya que lo que vio lo dejó horrorizado: la rata a la que había seguido, la que pesaba cerca de veinte arrobas, parecía la cría de un ejército de ratas de unas cincuenta arrobas. El señor trató de huir, pero el lugar en el que se encontraba no tenía nada que ver con el bosque anterior a la caída. No tenía contornos. No podías llegar al final de nada porque no había nada.
-Ya me he cambiado, señor.
-Buen chico, Hugo.