domingo, 26 de enero de 2014

La muchacha del autobús




Estaba yo viviendo en la capital del imperio cuando desde una de las provincias mis más sinceras amistades me llamaron para celebrar una fiesta popular. Esta historia, aunque pudiera parecer lo contrario, tiene lugar después de la citada fiesta. Hallábame yo en la estación de autobús de la provincia para volver a la capital cuando mi mejor amigo se despidió de mi. Monté al autobús, completamente destrozado tras dos días de fanfarria, cuando se sentó a mi lado una joven de muy buen ver. 

Tenía el pelo castaño claro, y unos ojos azules intensos que atrapaban con solo atisbarlos al trasluz de la luna del autobús. Pero yo iba a lo mío. Estaba cansadísimo después de habernos pateado la provincia entera en busca de más mujeres y más alcohol y lo único que quería era ponerme una película en mi ordenador e intentar pasar lo más rápido posible las cuatro horas que separaban el origen con el fin del trayecto.

Pues bien, conecté los auriculares al portátil y me puse una de esas películas que guardo en la carpeta llamada ''Pa partirse el culo'', que tengo en el disco duro externo. Mi elección fue clara y rápida, con Mike Myers y su excelentísima parodia de James Bond, me dispuse a ver Austin Powers en Miembro de Oro. Peliculón.

Cuando aún no habíamos salido de la provincia, es decir, cuando la película llevaba cinco minutos, alguien tocó en mi hombro y me preguntó:

-¿Es Austin Powers?
-Sí, ¿quieres un auricular?-respondí yo-.

Era la muchacha de pelo castaño y ojos claros. Ella lo cogió y estuvimos viendo aquella gran película sin el reconocimiento que realmente merece hasta que paramos en una estación de servicio a medio camino. Allí, ambos bajamos juntos y estuvimos tomando una taza de café hasta que el conductor del autobús nos metió prisa para continuar el viaje. Cuando volvimos al autobús, ya sin la excusa de ver la película, la muchacha me cogió de la mano y se echó a dormir. 

Yo me apoyé en la luna lateral y esperé. Cuando ella abrió los ojos la besé en la mejilla. Ella me cogió el mentón y me besó en los labios. 

Lástima que acabásemos de entrar a la capital, el imperio nos tragó y no nos volvimos a ver. 


Jack.

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