jueves, 6 de febrero de 2014

Yonki.

                                                                          Ligeramente basado en una historia real


Tenía dieciséis años y ya hacía lo que me salía de mis santos cojones, lo cual no quiere decir que hiciera lo correcto. Estaba en el equipo de baloncesto del instituto del Manhattan Center de Ciencias y Matemáticas. Éramos más de mil quinientos estudiantes y los doce del equipo éramos los reyes del instituto. Teniendo en cuenta que el 97 por ciento de los estudiantes se graduaban con unas notas tremendas esto tenía un valor incalculable. Los cerebritos nos tenían en un puto pedestal.

Louie y Allan eran mis mejores amigos. Juntos hacíamos de todo. Por las mañanas asistíamos a clases de Física o Biología y por las tardes entrenábamos. Entrenábamos muy duro. Louie era un chaval negro que a los dieciséis ya medía cerca de los dos metros, jugaba de pívot y era buenísimo. Además era un estudiante de sobresaliente. Por su parte, Allan medía como yo (cerca del uno noventa) y nos compenetrábamos perfectamente en la pista. Jugábamos como los ángeles.

La cosa está en que no era lo único que hacíamos. Por las noches después de entrenar solíamos salir de fiesta. Teníamos dieciséis años, eramos miembros de familias bastante bien acomodadas, vivíamos cerca de Harlem y salíamos casi todas las noches de la semana. Nueva York es una gran ciudad para los que aman salir de noche. Como dicen, la ciudad nunca duerme, y nosotros éramos parte de esa gente que no dejaba que la ciudad cayese rendida tras un duro día de trabajo.

Empezamos haciendo lo típico. Unas cuantas cervezas y algún que otro canuto caía siempre. Cuando nos plantábamos en el instituto a las ocho de la mañana aún íbamos ciegos. Era tremendo. De ocho a dos clases, de cuatro a seis entreno, y a partir de ahí, las calles eran nuestra casa. Tampoco teníamos porqué. No se puede decir que viniéramos de familias desestructuradas, todo lo contrario. Nuestros padres eran ignorantes ante nuestras actividades nocturnas. Para ellos, éramos tan buenos amigos que solíamos dormir en casa de uno de los otros dos, incluso entre semana. Como nuestros padres no se conocían no había problema en que descubrieran lo que tramábamos.

Pronto empezamos a probar los fármacos. Como siempre estábamos reventados empezamos a tomar pastillas que encontrábamos por casa. A los diecisiete años ya sabíamos qué pastilla nos servía para dormir, cuál nos valía para evitar dolores musculares y cosas así. El tema era que seguíamos jugando de puta madre. Ganamos durante dos años seguidos el campeonato estatal y algunos de nuestros partidos se emitían por televisión. Venían ojeadores a nuestros partidos. Un día, nuestro entrenador nos avisó de que los ojeadores de los Cavaliers y los Hawks estaban en el pabellón. Louie hizo treinta puntos y cogió trece rebotes. De esos treinta puntos, dieciocho venían de asistencias mías. Yo metí veinticinco puntos y ganamos el partido. Ese año volvimos a ganar el campeonato estatal, y ya iban tres. Lo que nadie sabía era las mierdas que nos cogíamos antes y después de los partidos.

Cuando llegó junio nos pusimos a ver universidades. Louie decidió que todo lo que habíamos estado haciendo ya era suficiente. Cogió sus cosas y se fue a la otra punta del país. Lo habían cogido en UCLA. Yo no quería abandonar la ciudad de Nueva York y me decanté por Columbia para estudiar económicas.

Al quedarme en la ciudad seguí manteniendo mi ritmo de vida. Salía y me colocaba. Pero ya era otra cosa. Un día llegué a mi habitación y mi compañero estaba con dos colegas suyos metiéndose cocaína. Me dijeron:

-Jack, ven. Prueba esto. No te dañará.

Yo me senté con ellos, enrollé un billete de cinco dólares y me metí mi primera raya de farlopa con dieciocho años y medio. Aquello fue algo que no pude parar. Fue un túnel donde me metí y del que tardé años en poder salir.

Bebía, me drogaba y jugaba colocado. Jugaba increíble. Era el mejor base del estado de Nueva York. El primer año de universidad fue el mejor a nivel deportivo. Estuvimos cerca de meternos en la Final Four pero Louie nos dejó fuera con UCLA. Cuando acabamos el partido, lejos de estar cabreado, me fui de fiesta con Louie y sus compañeros. Estaba completamente ido.

El año siguiente la cosa cambió. Conseguimos meternos en la Final Four reventando a Marquette en cuartos de final. También ganamos la semifinal y nos metimos en la final de la NCAA. La noche de antes de la final salí. Cerca de las nueve de la mañana llamé a Allan. Iba hasta los ojos. Él me dijo:

-Tío, juegas a las ocho. Es la final de la NCAA. Hazte un favor y vete a la cama.

Como quien oye llover. Le colgué. Eran las siete menos cinco de la tarde y antes de entrar al pabellón estaba en un coche con un par de tíos metiéndome la última raya antes de jugar la final de la NCAA.

El mejor partido de mi vida. Destrocé yo sólo a mis amigos de UCLA. No recuerdo exactamente las estadísticas, pero cada tiro que lanzaba lo metía, cada pase que daba era una asistencia y cada balón que rebotaba en la canasta era un rebote. Habíamos ganado la liga universitaria y yo iba puesto.

El lunes me llamó mi entrenador y me dijo que había dado positivo en el control antidoping.
Me echaron de la universidad, y decidí que ya era momento de dejarse de gilipolleces y crucé el país cuando me llamaron de la universidad de Berkeley. El entrenador estaba interesado en mi y me fui. Creía que el problema era la ciudad de Nueva York y puse tierra de por medio.

El primer año en Berkeley fue muy bueno a nivel deportivo y personal. No conocía a nadie, no consumía. Pero algunos amigos míos empezaron a mudarse a California y todo volvió a la normalidad. Parecía una pequeña Nueva York. Era como estar en casa.

Cuando llegó el final del segundo año en Berkeley me declaré elegible en el Draft, y me dijeron que muy probablemente estaría en primera ronda. Cuando llegó la noche del Draft, no me eligieron hasta el puesto número 40. Pero yo estaba muy feliz, me acababan de elegir los Houston Rockets, vigentes campeones de la liga.

Cuando llegué a Houston, me cogieron Olajuwon y Sampson y me dijeron:

-Sabemos que tienes problemas. Pero eso se ha acabado. Ni fiestas, ni beber, ni fumar. Vas a estar con nosotros todo el tiempo. Te vamos a vigilar.

Que te dijera eso una estrella como Hakeem para mi fue tremendo. Ese año, sin duda, fue el mejor de todos los que jugué al baloncesto. Estaba limpio. Hice una muy buena temporada. Cuando llegó septiembre, fui a ver al General Manager y me dijo que me habían traspasado.
Cuando le pregunté a dónde me dijo:

-A los Knicks.

¿A los Knicks? Hostia puta. El Madison. Nueva York. Otra vez a lo mismo. Durante mi presentación en el equipo de mis sueños estaba allí plantado, con mi número nueve estampado en la camiseta de mi equipo, y lo único en lo que pensaba era en ir a pillar. Era un círculo del que me veía incapaz de salir. Había empezado con los opiáceos cuando un colega me dio a probar unas pastillas. Me hice adicto en seguida. Los necesitaba simplemente para estar normal. Ya no jugaba colocado, jugaba en un estado normal pero consumiendo. Esa temporada fue desastrosa. Empecé a frecuentar los bajos fondos de Nueva York, me sentía en una puta película de Scorsese.

Además, volvieron a pillarme. En otro control di positivo. Vuelta a empezar. Me largué de Estados Unidos como quien huye de la peste. Me fui a Europa. Jugué en el Nanterre francés. Pasé opiáceos a Francia, pero pronto se me acabaron. Estaba en una situación horrible. Sólo, en Francia y con un mono terrible. Únicamente había una cosa que podía relajarme. Empecé a consumir caballo. Cuando me quise dar cuenta me pinchaba todos los días. Jugaba al baloncesto, a gran nivel y consumía heroína. Era de locos.

Un día fui a pillar al aparcamiento de un supermercado. Me metí un pico allí mismo y lo último que recuerdo es cristales rompiéndose y un policía sacándome del coche. Todos los periódicos me sacaron en portada, era un jodido juguete roto.

Después de esto volví a Nueva York. Me interné en un centro de desintoxicación. Pero tampoco sirvió de nada. Cuando mi hermano tuvo su segundo hijo fui a verlo. Los médicos me dijeron que estuviese un par de horas pero estuve un par de días. Fui al hospital a conocer a mi sobrino y al rato salí a fumarme un cigarro y a pillar. Cincuenta días de centro para nada. Me encontraron en un callejón tirado en el suelo. Sobredosis.

Había jugado en universidades importantes, en la NBA, en el baloncesto FIBA y todo terminó porque no sabía controlarme. Lo vi venir, lo esperé, lo abracé y acabé con todo.

Después de esa sobredosis, no quise volver a saber nada del baloncesto. Nunca me había divertido, era una losa tremenda poseer las cualidades que tenía y tener que cumplir ciertas expectativas. Empecé a trabajar en un supermercado y dejé las drogas. Hoy en día sigo trabajando en el mismo supermercado. Me casé. Tuve hijos. Mi mujer conocía todo de mí y le prometí que mi mayor meta en la vida sería que mis hijos no me vieran nunca con una cerveza en la mano. Llevo tres años sobrio. Cada día es una lucha. Cada día es distinto. Cada día puede ser el último.


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