Tenía dieciséis años y ya hacía lo
que me salía de mis santos cojones, lo cual no quiere decir que
hiciera lo correcto. Estaba en el equipo de baloncesto del instituto
del Manhattan Center de Ciencias y Matemáticas. Éramos más de
mil quinientos estudiantes y los doce del equipo éramos los reyes
del instituto. Teniendo en cuenta que el 97 por ciento de los
estudiantes se graduaban con unas notas tremendas esto tenía un
valor incalculable. Los cerebritos nos tenían en un puto pedestal.
Louie y Allan eran mis mejores amigos.
Juntos hacíamos de todo. Por las mañanas asistíamos a clases de
Física o Biología y por las tardes entrenábamos. Entrenábamos muy
duro. Louie era un chaval negro que a los dieciséis ya medía cerca
de los dos metros, jugaba de pívot y era buenísimo. Además era un
estudiante de sobresaliente. Por su parte, Allan medía como yo
(cerca del uno noventa) y nos compenetrábamos perfectamente en la
pista. Jugábamos como los ángeles.
La cosa está en que no era lo único
que hacíamos. Por las noches después de entrenar solíamos salir
de fiesta. Teníamos dieciséis años, eramos miembros de familias
bastante bien acomodadas, vivíamos cerca de Harlem y salíamos casi
todas las noches de la semana. Nueva York es una gran ciudad para
los que aman salir de noche. Como dicen, la ciudad nunca duerme, y
nosotros éramos parte de esa gente que no dejaba que la ciudad
cayese rendida tras un duro día de trabajo.
Empezamos haciendo lo típico. Unas
cuantas cervezas y algún que otro canuto caía siempre. Cuando nos
plantábamos en el instituto a las ocho de la mañana aún íbamos
ciegos. Era tremendo. De ocho a dos clases, de cuatro a seis
entreno, y a partir de ahí, las calles eran nuestra casa. Tampoco
teníamos porqué. No se puede decir que viniéramos de familias
desestructuradas, todo lo contrario. Nuestros padres eran ignorantes
ante nuestras actividades nocturnas. Para ellos, éramos tan buenos
amigos que solíamos dormir en casa de uno de los otros dos, incluso
entre semana. Como nuestros padres no se conocían no había
problema en que descubrieran lo que tramábamos.
Pronto empezamos a probar los
fármacos. Como siempre estábamos reventados empezamos a tomar
pastillas que encontrábamos por casa. A los diecisiete años ya
sabíamos qué pastilla nos servía para dormir, cuál nos valía
para evitar dolores musculares y cosas así. El tema era que
seguíamos jugando de puta madre. Ganamos durante dos años seguidos
el campeonato estatal y algunos de nuestros partidos se emitían por
televisión. Venían ojeadores a nuestros partidos. Un día, nuestro
entrenador nos avisó de que los ojeadores de los Cavaliers y los
Hawks estaban en el pabellón. Louie hizo treinta puntos y cogió
trece rebotes. De esos treinta puntos, dieciocho venían de
asistencias mías. Yo metí veinticinco puntos y ganamos el partido.
Ese año volvimos a ganar el campeonato estatal, y ya iban tres. Lo
que nadie sabía era las mierdas que nos cogíamos antes y después
de los partidos.
Cuando llegó junio nos pusimos a ver
universidades. Louie decidió que todo lo que habíamos estado
haciendo ya era suficiente. Cogió sus cosas y se fue a la otra punta
del país. Lo habían cogido en UCLA. Yo no quería abandonar la
ciudad de Nueva York y me decanté por Columbia para estudiar
económicas.
Al quedarme en la
ciudad seguí manteniendo mi ritmo de vida. Salía y me colocaba.
Pero ya era otra cosa. Un día llegué a mi habitación y mi
compañero estaba con dos colegas suyos metiéndose cocaína. Me
dijeron:
-Jack, ven. Prueba
esto. No te dañará.
Yo me senté con
ellos, enrollé un billete de cinco dólares y me metí mi primera
raya de farlopa con dieciocho años y medio. Aquello fue algo que no
pude parar. Fue un túnel donde me metí y del que tardé años en
poder salir.
Bebía,
me drogaba y jugaba colocado. Jugaba increíble. Era el mejor base
del estado de Nueva York. El primer año de universidad fue el mejor
a nivel deportivo. Estuvimos cerca de meternos en la Final
Four pero Louie nos dejó fuera
con UCLA. Cuando acabamos el partido, lejos de estar cabreado, me
fui de fiesta con Louie y sus compañeros. Estaba completamente ido.
El
año siguiente la cosa cambió. Conseguimos meternos en la Final
Four reventando a Marquette en
cuartos de final. También ganamos la semifinal y nos metimos en la
final de la NCAA. La noche de antes de la final salí. Cerca de las
nueve de la mañana llamé a Allan. Iba hasta los ojos. Él me dijo:
-Tío, juegas a
las ocho. Es la final de la NCAA. Hazte un favor y vete a la cama.
Como quien oye
llover. Le colgué. Eran las siete menos cinco de la tarde y antes de
entrar al pabellón estaba en un coche con un par de tíos
metiéndome la última raya antes de jugar la final de la NCAA.
El
mejor partido de mi vida. Destrocé yo sólo a mis amigos
de UCLA. No recuerdo
exactamente las estadísticas, pero cada tiro que lanzaba lo metía,
cada pase que daba era una asistencia y cada balón que rebotaba en
la canasta era un rebote. Habíamos ganado la liga universitaria y
yo iba puesto.
El lunes me llamó
mi entrenador y me dijo que había dado positivo en el control
antidoping.
Me echaron de la
universidad, y decidí que ya era momento de dejarse de gilipolleces
y crucé el país cuando me llamaron de la universidad de Berkeley.
El entrenador estaba interesado en mi y me fui. Creía que el
problema era la ciudad de Nueva York y puse tierra de por medio.
El
primer año en Berkeley fue muy bueno a nivel deportivo y personal.
No conocía a nadie, no consumía. Pero algunos amigos míos
empezaron a mudarse a California y todo volvió a la normalidad.
Parecía una pequeña Nueva
York. Era como estar en casa.
Cuando
llegó el final del segundo año en Berkeley me declaré elegible en
el Draft, y me
dijeron que muy probablemente estaría en primera ronda. Cuando
llegó la noche del Draft, no
me eligieron hasta el puesto número 40. Pero yo estaba muy feliz, me
acababan de elegir los Houston Rockets, vigentes campeones de la
liga.
Cuando llegué a
Houston, me cogieron Olajuwon y Sampson y me dijeron:
-Sabemos que
tienes problemas. Pero eso se ha acabado. Ni fiestas, ni beber, ni
fumar. Vas a estar con nosotros todo el tiempo. Te vamos a vigilar.
Que
te dijera eso una estrella como Hakeem para mi fue tremendo. Ese año,
sin duda, fue el mejor de todos los que jugué al baloncesto. Estaba
limpio. Hice una muy buena temporada. Cuando llegó septiembre, fui
a ver al General Manager y
me dijo que me habían traspasado.
Cuando le pregunté
a dónde me dijo:
-A los Knicks.
¿A los Knicks?
Hostia puta. El Madison. Nueva York. Otra vez a lo mismo. Durante mi
presentación en el equipo de mis sueños estaba allí plantado, con
mi número nueve estampado en la camiseta de mi equipo, y lo único
en lo que pensaba era en ir a pillar. Era un círculo del que me
veía incapaz de salir. Había empezado con los opiáceos cuando un
colega me dio a probar unas pastillas. Me hice adicto en seguida.
Los necesitaba simplemente para estar normal. Ya no jugaba colocado,
jugaba en un estado normal pero consumiendo. Esa temporada fue
desastrosa. Empecé a frecuentar los bajos fondos de Nueva York, me
sentía en una puta película de Scorsese.
Además, volvieron
a pillarme. En otro control di positivo. Vuelta a empezar. Me largué
de Estados Unidos como quien huye de la peste. Me fui a Europa.
Jugué en el Nanterre francés. Pasé opiáceos a Francia, pero
pronto se me acabaron. Estaba en una situación horrible. Sólo, en
Francia y con un mono terrible. Únicamente había una cosa que podía
relajarme. Empecé a consumir caballo. Cuando me quise dar cuenta me
pinchaba todos los días. Jugaba al baloncesto, a gran nivel y
consumía heroína. Era de locos.
Un día fui a
pillar al aparcamiento de un supermercado. Me metí un pico allí
mismo y lo último que recuerdo es cristales rompiéndose y un
policía sacándome del coche. Todos los periódicos me sacaron en
portada, era un jodido juguete roto.
Después de esto
volví a Nueva York. Me interné en un centro de desintoxicación.
Pero tampoco sirvió de nada. Cuando mi hermano tuvo su segundo hijo
fui a verlo. Los médicos me dijeron que estuviese un par de horas
pero estuve un par de días. Fui al hospital a conocer a mi sobrino
y al rato salí a fumarme un cigarro y a pillar. Cincuenta días de
centro para nada. Me encontraron en un callejón tirado en el suelo.
Sobredosis.
Había jugado en
universidades importantes, en la NBA, en el baloncesto FIBA y todo
terminó porque no sabía controlarme. Lo vi venir, lo esperé, lo
abracé y acabé con todo.
Después de esa
sobredosis, no quise volver a saber nada del baloncesto. Nunca me
había divertido, era una losa tremenda poseer las cualidades que
tenía y tener que cumplir ciertas expectativas. Empecé a trabajar
en un supermercado y dejé las drogas. Hoy en día sigo trabajando
en el mismo supermercado. Me casé. Tuve hijos. Mi mujer conocía
todo de mí y le prometí que mi mayor meta en la vida sería que mis
hijos no me vieran nunca con una cerveza en la mano. Llevo tres años
sobrio. Cada día es una lucha. Cada día es distinto. Cada día
puede ser el último.
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