viernes, 25 de octubre de 2013

El ensanche

Vivía en Barcelona y deseaba salir de allí. Sabía que Barcelona se lo había dado todo. Le había dado una educación, unos valores y una vida, pero esta vida no era la que ella quería. Era rubia, medía metro sesenta y cinco, y un par de rastas caían por su espalda. Tenía unos ojos verdes que encandilaban a cualquier persona que pasara por delante de ella. Laia quería echarse una mochila al hombro y recorrer el mundo, conocer otras culturas y, sobre todo, visitar Europa entera. Le seducía ir a Inglaterra a ver el Stonehenge, a Francia a probar sus vinos y hacer la ruta de los castillos, a Alemania a perderse en la Selva Negra, a Noruega a experimentar el verdadero frío y viajar en barca por los fiordos. Quería ser libre. 

Para ello, estaba pluriempleada desde los 17 años. A lo largo de toda la semana trabajaba en el puesto de flores que llevaban sus tíos en La Rambla, y los fines de semana que había partido o visitas desempeñaba un puesto de camarera en el Estadio Lluís Compayns, cuando el Espanyol jugaba allí, y en Cornellà-El Prat cuando el hermano pobre de la ciudad se había mudado a la vecina localidad de Cornellà. Entre ambos trabajos no cobraba una exageración, pero le daba para mantener el piso que compartía con un amigo del instituto, Pol.

 Laia apenas salía, todo lo guardaba para poder emprender su salida de Catalunya. Un día, cuando estaba a punto de marcharse, mientras ayudaba a descargar el camión de las flores de esa semana, una caja se le cayó encima de su pie izquierdo. Siguió trabajando durante un par de horas más, pero el dolor no cesaba y pidió permiso a su tío Eloi para acudir al hospital a que le echaran un vistazo a su maltrecho pie. Cuando llegó al hospital más cercano, le contó al muchacho que había en el mostrador lo que le había pasado y éste la mandó a la sala de espera. Tras media hora esperando, fue llamada a que acudiera a la sala de curas. Una vez sentada en la citada sala, llegó la doctora. No tendría más de veintisiete años, pelo castaño oscuro, con los ojos color miel. Era preciosa. Estuvo tratando a Laia un rato, y al final ésta se marchó muy agradecida con la doctora. 

Al cabo de una semana, y sin razón aparente, Laia volvió a aparecer por el hospital. Y a la semana siguiente, y a la otra. La doctora, Ruth, estaba empezando a sospechar que la joven iba allí por ella, porque siempre se trataba de la misma supuesta lesión. Un día, en la enésima ocasión en que Ruth se encontró a Laia esperándola en la sala de espera, le dijo:

-Usted es muy persistente, ¿verdad?
-No sé a qué te refieres. Me duele mucho el pie-respondió Laia, con una media sonrisa en la boca-.
-Ya, claro-repuso Ruth, también con una sonrisa-.

Ambas entraron en la sala de curas, y Ruth comenzó a tasajear a Laia en la zona ''afectada''. Laia empezó a reírse, porque Ruth estaba haciéndole cosquillas en la planta del pie, y cuando la doctora giró la cabeza para observar la reacción de la paciente, Laia se inclinó un poco y la besó en la frente. Con ternura. Ruth, en seguida, se puso en pie y cogió de la nuca a Laia y la besó con fuerza en los labios. Acto seguido, Laia le devolvió el beso aún más intensamente, y se revolcaron en la camilla hasta que una enfermera tocó a la puerta y hubieron de separarse. 

A partir de ese momento, Laia salía con frecuencia cuando se lo permitía el trabajo, pero siempre había un denominador común. Salía siempre con Ruth por el Ensanche. Siempre iban juntas. A todos lados. Empezaron a vivir juntas. Ruth empezó a saltarse guardias y le dieron varios toques en el Hospital, pero no le importaba. Llegó un día, en que al saltarse una guardia, hubo muchísimas complicaciones con un paciente y la echaron. Ruth estaba destrozada. Laia la intentaba consolar, diciéndole que todo iba a salir bien, que estando juntas nada podría salir mal. Pero una noche, Ruth tomó una determinación. Mandó su currículum a un hospital de Munich, desde donde la llamaron comunicándole que tenía un puesto allí si ella lo quería. Laia recibió la noticia de muy buen grado, haciendo planes y buscando casa en Munich. 

Un sábado, cuando Laia regresó a casa después de un partido del Espanyol, se la encontró vacía. Vacía de Ruth. Encontró una nota que decía:

''Me he ido. Alemania me espera. Pero creo que no debo forzarte a dejar Barcelona. Adiós.'' 


1 comentario:

  1. Muy recomendable!! Gracias por compartir esto!! Yo también escribo pequeños cuentos!! pásate léelos si te apetece!! Un saludo!! http://cuentosbrevesdejoseluis.blogspot.com.es/

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