martes, 27 de agosto de 2013

La musa


Albert era un tipo un tanto excéntrico. Se pasaba la mayoría del tiempo encerrado en su apartamento en el madrileño barrio de Malasaña, alejado de su Girona natal, trabajando en una de sus novelas, que se estaba atragantando más de lo que él hubiese deseado. Mientras escribía ésta, múltiples ideas bullían en su cabeza, las cuales plasmaba en cualquier trozo de papel que se le cruzara encima de la mesa. A saber, podías encontrar en los cajones de todo su piso muchos poemas a medio escribir, cuentos cortos que no alcanzaba a encontrar final y cartas eróticas que acababa por no enviar a nadie, pues solo servían para liberar la tensión sexual que le producía el no haber encontrado novia a sus treinta años. Su vida era la escritura, casi a tiempo completo. Se levantaba alrededor del mediodía y, tras prepararse un par de cafés, se sentaba en la mesa de su salón para que la inspiración le llegase cuando estuviera trabajando. Para desgracia de Albert, la musa se había ido de vacaciones y la usurpadora que había ocupado su lugar lo único que hacía era meterle en la cabeza historias sobre personas que se masturban, se emborrachan y mandan a tomar por culo a sus parejas. Esto no le servía demasiado para una novela que debía lanzar su carrera. Había puesto tantas esperanzas en la última obra que había comenzado que al verse ante tal bloqueo se había desesperado, y había cambiado su ritmo de vida. En ese momento, decidió tomar cartas en el asunto, y dejar de dedicarse las veinticuatro horas del día a ponerse delante de un folio que nunca alcanzaba a llenarse antes de acabar en el fondo de la basura y, más habitualmente, rodeando a Albert por el suelo de su salón. Empezó a intentar relacionarse más con la gente. Pensaba que ya había consumido, casi al completo, el tema del escritor solitario que encuentra lo maravilloso en su mente, cuando lo realmente maravilloso está ahí fuera, esperando a ser descubierto por quien se interesara en encontrarlo. Cerca de su apartamento, había un pub irlandés al que le gustaba bajar desde que había abandonado a media jornada su pintoresco habitáculo en el centro de la capital. Allí, con la luz tenue y mucho whisky y cerveza, encontraba a veces la inspiración, pero seguía siendo sobre los temas tratados ya en muchas de sus partes de folios sueltos: pajas, ciegos y disputas. Se encontraba un día sorbiendo de una cerveza negra, cuando vio entrar al pub a una muchacha increíblemente preciosa, que iba con una amiga, que debía ser la simpática. Tenía el pelo completamente negro, su tez era cálida y de un color cercano a la caoba, en un cuerpo de no más de metro sesenta y cinco y con una sonrisa que habría destellado en medio de una absoluta y total oscuridad. Le llamó inmediatamente la atención a Albert, que en su lugar ya de costumbre, la observaba mientras reía y conversaba con la simpática. Albert se marchó a su piso al cabo de un rato, aun con la muchacha en la cabeza. Cuando llegó, y se sentó ante el folio en blanco, no tuvo ningún instante de duda, estuvo escribiendo toda la noche. Hacia las seis y media de la mañana, cuando ya apuntaba el alba, se quedó dormido con las manos sobre la máquina de escribir. La semana siguiente, Albert volvió al mismo bar y se sentó en el mismo lugar que había ocupado aquella noche, y se sorprendió al ver entrar a la muchacha de nuevo con la misma amiga que la semana anterior. Al estar observándola durante un rato, Albert pagó y se marchó a casa. La misma solución encontró que la semana anterior: no durmió en toda la noche, otra noche perfecta. Hasta que no amaneció, Albert no se acostó. Pasaron dos semanas en las que Albert se había vuelto a quedar pillado, así que volvió al bar. Allí encontró a la muchacha, y por primera vez, se acercó a ella, y le preguntó:


-¿Puedo invitarte a una copa?

La muchacha miró a su amiga, que la acompañaba siempre y ésta en seguida puso una estúpida excusa que nadie quería oír y se largó de allí. Albert y la muchacha, que según le había dicho se llamaba Norah, estuvieron toda la noche allí, el uno con el otro, hablando. Albert le contó que era escritor y que estaba sufriendo un gran bloqueo mental. La muchacha dijo que era enfermera, y que la única noche de la semana que podía salir era aquella, y justo después del trabajo, con lo cual siempre salía con otra de las enfermeras del hospital. Alrededor de las dos y media, Norah dijo que tenía que marcharse, pues entraba a trabajar muy pronto el día siguiente. Albert, encantado con la noche que había pasado, invitó a la mujer, y él también se fue a casa. Pero él volvió a quedarse toda la noche en vela. Y todo el día. Estuvo escribiendo durante dieciséis horas seguidas. Cuando acabó se acostó y estuvo un día entero durmiendo. Lo despertó una llamada de teléfono. Era Norah. Albert no lo cogió. Ella lo llamó dos veces más esa noche pero él no atendió a la llamada. El mismo día de la semana que había estado hablando con ella, pero el de la semana posterior, Albert fue al pub irlandés, y allí estaba Norah. Estuvo discutiendo con él porque no le había cogido el teléfono, y cuando él le respondió le dijo:


-Eres mi musa, si empezamos a follar me quedo sin novela. 

1 comentario:

  1. Muy bonito, escribes guay, pero el tema pajas... le rompe un poco el encanto jajaja

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