lunes, 23 de septiembre de 2013

El judío con ganas


Conducía un Porsche Cayenne subiendo Beverly Hills en dirección a su casa, donde no había ni una pizca de humildad en ninguno de sus múltiples rincones, los propios de una casa de tres pisos y garaje, piscina en el jardín,  criada y mayordomo incluidos. Joshua había cimentado toda su vida en relación a su más amada afición, y desde hacía diez años, su oficio: la producción de películas en la Fábrica de Sueños. Había construido su existencia junto a su novia de los quince años, ahora su mujer, que le dio dos niños varones. Era, lo que solía llamar Woody Allen, un judío con ganas. Todo lo que rodeaba su vida estaba impregnado de la fe judía: desde no trabajar ni hacer, prácticamente, nada los sábados (el Sabbath) hasta trabajar en la industria del cine . Veneraba a su mujer y hacía que sus hijos intentasen alcanzar el éxito en la vida, para no cambiar en exceso el nivel de vida que llevaban mientras vivían bajo el mismo techo que sus padres. Pero había algo que hacía que Joshua no fuese el perfecto padre y, ni mucho menos, el mejor esposo. Trabajando en una de las películas que realizaba para Miramax, había conocido a una actriz de segunda, e incluso, de tercera fila, más joven y mucho más metida en la efervescencia sexual que él y, sobre todo, preciosa, con quien estaba teniendo relaciones sexuales y algunas, para disgusto de Joshua, más personales. Solían salir los fines de semana, previo engaño de Joshua a su esposa, lo que hacía que ésta empezase a darse cuenta de que algo no iba nada bien. Empezó a darse cuenta de las escapadas de su marido cuando tenía oportunidad, y también, se había dado cuenta de que follaban poco. Esto le extrañaba sobremanera, porque aunque ya tuvieran dos hijos, en ningún momento hasta que Joshua empezó a salir con la de Miramax, habían dejado de follar. Cuando empezó a pensar que su marido se la estaba pegando con otra, empezó a frecuentar las reuniones de vecinos famosos, con Will Smith presidiendo la comunidad y, sobre todo, los gimnasios que recordaba que iban actores de Hollywood, por conversaciones que había tenido con su marido. Un buen día, había decidido salir a correr y parar en un gimnasio al comienzo de Beverly Hills, uno de los gimnasios que su marido le había revelado que frecuentaban las estrellas. Cuando llegó y entró, se quedó petrificada. Habían allí muy pocas personas, tenía que ser bastante exclusivo, y se le acercó un muchacho para preguntarle:

-¿Quiere usted algo?
-Sí, claro… Quería saber cuánto vale la mensualidad-preguntó, algo nerviosa-.
-349,99 dólares, señora-respondió el muchacho-.
-Humm, ¿qué tengo que hacer?-dijo ella-.

Mientras el recepcionista se daba la vuelta para recoger una serie de informes que rellenar, la mujer de Joshua se dio la vuelta y vio allí a su marido. Estaba ayudando a una muchacha preciosa a levantar unas pesas que sola no podía. Entonces vio algo que hizo que le hirviera la sangre. A aquella víbora cogiendo del cuello a su marido, acercándosele con rapidez para besarlo allí, delante de todo el mundo. Antes de que el recepcionista se hubiese dado la vuelta, la mujer se marchó de allí, enrojecida de vergüenza e ira, que estaba acumulando ya hacía algunos meses. De vuelta en su casa, se tranquilizó, y cuando Joshua volvió a la hora de cenar, actuó con total naturalidad.

Hacía un mes y medio que Joshua tenía problemas con su amante. Ésta no le dejaba vivir, lo tenía atosigado todo el tiempo, incluso cuando estaba trabajando en algo importante y, además, su matrimonio iba mejor que nunca. Su esposa, que se había tranquilizado mucho respecto a los meses anteriores, en que se había demostrado un tanto inquieta, parecía quererlo más que nunca. Joshua pensaba que era como uno de esos a los que pagaba millones para realizar sus películas, interpretando al joven galán francés que tiene una esposa en casa esperándolo y una jovencita fuera con el único objetivo del placer carnal. Pero llegó un momento en que su amante no lo llamaba, ni quedaban a escondidas como antes, marchándose precipitadamente, con llamadas imprevistas por parte del otro. Un día, estando en casa, Joshua entró al salón y allí lo esperaba su esposa, diciéndole únicamente:

-Hoy viene una amiga del gimnasio a cenar-.

Después de decir esto, Joshua se quedó solo en el salón, a la espera de que se hiciera la hora de cenar. Había tenido un día duro. La última película de Kevin Smith no acababa de despegar, lo que ponía de mala hostia a toda la productora, y en especial a él. Llegaron las ocho y sonó el timbre. Allí se encontraba la amante de Joshua, que al recibirla en la casa, se quedó petrificado. Era la amiga de su mujer. ¡Menuda puta mierda!, ¿cómo había podido hacerse amiga de su puta amante? Joshua estuvo torpe y nervioso durante toda la cena, mandando miradas de temor y advertencia a su amante, mientras a ella se la veía comodísima en esa situación. 
Terminada la cena, apresuradamente, ambas mujeres se marcharon de casa, dejando allí solo a Joshua. Si se habían marchado juntas no podría llamar a la de Miramax para preguntarle qué había significado aquella escena. Pero no pudo, y al día siguiente tampoco, ni al otro. El móvil al que había llamado para eludir su vida de judío con ganas, que diría aquel, ya no estaba disponible para él. 

Al cabo de las semanas, la película de Kevin Smith ya había tomado forma, y se había rodado. Una noche de post-producción, Joshua se quedó hasta tarde a causa de una reunión con el montador, y cuando llegó a su casa se extrañó. Cuando dejó el coche en el garaje se dio cuenta de que sus hijos no estaban en casa, pues no había ruido, y de que no había ni una sola luz encendida en toda la casa. Subió rápidamente al primer piso, donde se encontraba el comedor y la cocina, miró rápidamente allí mismo, y continuó subiendo pisos. El siguiente, el segundo albergaba su propia habitación, que estaba cerrada. Al fin escuchaba algo en toda la casa. Un pequeño gemido amortiguado por las paredes. Pegó la oreja a la puerta de su habitación y escuchó con más nitidez los gemidos, que eran continuados y muy fuertes. De repente, Joshua abrió la habitación y se encontró a su mujer con las espalda pegada en la pared y gimiendo ahora sí como una descosida, con las piernas estiradas que se perdían bajo las sábanas. Allí mismo había una silueta que movía de forma continua arriba y abajo la cabeza bajo la sábana. Al ver a su marido allí plantado, sonrió, y avisó al que estaba bajo la sábana. Salió una muchacha preciosa, y que parecía una actriz de segunda o, incluso, de tercer fila. Joshua se quedó blanco y se largó de allí. 

Posteriormente en el juicio de divorcio entre ambos Joshua se quedó sin casa, sin mujer y sin dinero. 

2 comentarios:

  1. Me parecía muy gracioso que la mujer le devolviera la infidelidad con la misma mujer, es algo que cuando un hombre comete un adulterio, no se espera que le pase.

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