martes, 26 de noviembre de 2013

La rubia de Matrix

Me cagué en su dios. Aquella noche me habían invitado a una reunión de intelectuales bastante freaks a la que no quería ir, pero con tal de follarme a Lily me puse la chaqueta de los Knicks y bajé a coger un taxi para ir hacia allí. 

Cuando llegué a un par de manzanas de distancia de donde se celebraba la reunión de pedantes de ese fin de semana le dije al taxista que parase. Estacionó a la derecha y cuando se quiso dar la vuelta para recibir el pago de la carrera se percató que de un salto había salido del coche y me había pirado de allí. Una carrera más por Brooklyn sin pagar. Era un intelectual, me gustaba poco el metro y se me daba muy bien correr.

A la fiesta a la que iba era la típica reunión de pseudointelectuales que habían ido a la misma universidad, que habían tenido las mismas inquietudes y que se enfadaban si criticabas el trabajo de Woody Allen o alguno de esos. Estúpidos y pedantes. Se creían lo mejor de lo mejor, y para lo único que valían era para ir a museos a mirar cuadros que no entendían y que decían saber entender. Escoria. Lily iba a ir, así que no tenía opción. La había conocido hacía un par de meses en una de esas reuniones y salimos un par de veces más. Era castaña y tenía unos ojos azules que iban acompañados de un excelente trasero para reventar. 

Cuando llegué me cagué bien en la puta. Lily no había ido a la maldita fiesta de los freaks. Allí estaba yo, sólo, plantado junto a toda aquella gente que creía que sabía sobre todas las artes y no tenían ni puta idea de cómo se freía un huevo. Me bebí tres o cuatro whiskys (o seis o diez) y salí de allí cagando hostias. De camino a casa me encontré con una rubia despampanante, con un vestido rojo y de una exuberancia exuberante. Estaba esperando a alguien. Me dirigí hacia ella y le dije:

-Esperes a quien esperes, no lo pasarás como conmigo. 

Mentí, claramente. La rubia me cogió del brazo derecho y me llevó a un callejón cercano. Me echó al suelo con los pantalones incómodamente bajados a la altura de las pantorrillas y me montó. Al cabo de un par de minutos se puso de rodillas y vacié la carga, mientras se apoyaba en sus tacones de color rojo, también. Cuando terminó, se levantó, me dio su número de teléfono y se fue donde estaba un tío esperándola. Era una cabeza más pequeño que ella y tenía el pelo engominado hacia atrás. Tenía pinta de ser un banquero o algún cabrón de esos que tienen una suerte que no merecen. Cuando ella se aproximó lo besó en la boca. 


-Menudo gilipollas- pensé yo-. Se está comiendo mi lefa. 

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