Rodeada
de kilómetros cúbicos del líquido elemento no podía apenas
respirar. Una buena mañana, una figurita vino a beber un poco, y se
marchó. Hacía bastante calor para la hora que era, y algo empujó
de mí hacia arriba. Al colisionar con el borde me vi abandonando mi
casucha y me elevé, me elevé...
Algunas
de mis amigas vinieron conmigo, parecía una excursión. Íbamos
todas cogidas del babi, por detrás, mientras ascendíamos. Llegado
el momento, nos establecimos a una altura considerable sobre
nuestras casuchas y, en lugar de agarrarnos del babi, nos fuimos
uniendo unas a otras en perfecta armonía. Ya no teníamos físico,
éramos extrañas a nuestros ojos. Compartíamos esencia. Fuimos
formando grupos hasta que nos constituimos en uno solo.
Pasó
el tiempo. No tenía constancia de mi propia existencia como
individuo, así que no controlaba conceptos huecos y vacíos como el
tiempo. Pasaron días, tal vez semanas, no lo pude saber. Lo
sustantivo es que, llegado el momento, fuimos despojadas de nuestra
extraña unidad y fuimos lanzadas al vacío como pasas de un
surtido de frutos secos. Nos fuimos precipitando, una a una, al
vacío. No sabíamos cual era nuestro destino. Pero algo teníamos
claro: nuestra unidad anterior no desaparecería. Cuando vimos
donde habíamos caído nos miramos aliviadas. No eran nuestras
casuchas, ni siquiera estábamos rodeadas las unas de las otras,
pero habíamos vuelto a caer en aquel lago tirolés del que habíamos
salido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario