A Julia, que me forzó a escribir de nuevo.
Cuando abandoné Barcelona para
combatir el fascismo que asolaba Europa en los cuarenta, jamás
imaginé que podría olvidar de donde venía. Me uní al resto de mi
tropa en Essonne, a unos cincuenta kilómetros de París, para
comenzar con la ofensiva sobre la ciudad ocupada.
Allí me encontré con Louie, un
americano combatiente que conocí durante la Guerra Civil y a Seamus,
un escocés con el que había coincidido en unas jornadas
antifascistas en Valencia hacía varios años. A pesar de la cohesión
de aquel grupo de héroes, fuimos derrotados y subyugados por la bota
oscura, pútrida e inclemente del enemigo.
Louie murió en aquella escabechina,
al igual que Seamus. Yo, precisamente yo, me había salvado por los
pelos de caer bajo la amenaza germana. Me encontraba, varios días
después, y tras perder el conocimiento, en un hospital de campaña
que había situado la Cruz Roja a escasos kilómetros de Essonne.
Tenía mi pierna izquierda en alto, producto de una bomba lapa que
pusieron en una cafetería, y el brazo derecho en cabestrillo.
Cuando dejé de compadecerme apareció.
Se trataba de la mujer más bella que jamás vi. Tenía el pelo
castaño, que caía en tirabuzones semiperfectos, que parecían
esculpidos por el mismo Fidias. Me volvieron loco los dos lunares que
adornaban la parte izquierda de su faz. Iba de aquí para allá con
una sonrisa permanente en su rostro, tanto en sus labios como en su
mirada. Cuando se acercó a mí, el corazón me palpitaba de tal
manera que me era imposible articular sonido alguno.
-¡Por fin se ha despertado! -me dijo,
en un inglés con marcado acento de Manchester-.
Sonrojado, le dijo que sí,
balbuceando, y me aupó para cambiarme de cama con el fin de hacer la
mía. Se llamaba Julia, y llevaba desde los dieciséis años
recorriendo Europa ayudando a todo aquel que lo necesitara.
Pasaron los días y, evidentemente, mi
estado iba mejorando paulatinamente. Incluso evité decirle lo bien
que me sentía para no dejar el lugar. Aún así, un mal día se
acercó a mi cama y extendió un papel cerca de mi cara:
-¡Le han dado el alta! -comentó con
su inconfundible sonrisa de oreja a oreja-.
Abatido, tomé el papelucho aquel y me
levanté de la cama, no sin antes preguntarle cuándo volvería a
casa.
-En un par de semanas -repuso-.
Con renovadas fuerzas, abandoné
aquella pequeña villa francesa, pero no volví a Barcelona. Me
encaminé a Manchester.
Pasé cuarenta años esperando en
aquella horrenda ciudad inglesa esperando a Julia, el amor de vida,
la mujer a la que había conjurado mi futuro, y jamás apareció.
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