jueves, 26 de febrero de 2015

El clérigo


El Padre Paul era un sacerdote de la Iglesia Católica muy parecido a los demás en sus funciones dentro de la parroquia. Acudía a dar sus sermones, iba a casa de sus feligresas como buen director espiritual que era, intentando mantener al rebaño reunido y en la buena dirección, no mantenía relaciones sexuales con los niños que frecuentaban su iglesia. Es decir, todo normal. Pero tenía vicios, vaya si tenía. Era un adicto de los que crean escuela.

Los lavabos de la iglesia eran su segundo cuarto de estar, sobre todo la tapa del retrete, donde esparcía sus polvos mágicos para volar al país de nunca pecarás. Era un bebedor empedernido de escocés y le perdían las strippers. Tenía un lugar reservado en un club a las afueras de la ciudad, pegado a la esquina de la barra y ya sin alzacuellos rozando su garganta.

Una noche, al salir del club, había bebido lo acostumbrado, pero no había hablado con la dama blanca. Abrió, no sin dificultad, la puerta de su coche y se sentó. Metió la llave en el contacto y arrancó. Estaba lloviendo a cántaros, lo normal en esa zona de Virginia en esa época del año. Llevaba unos metros avanzados cuando perdió el control del volante y calló en una zanja, al costado derecho de la carretera, quedando sin sentido al instante.

Despertó un día más tarde en el hospital del condado, con rasguños en todo el cuerpo pero, en general, completamente ileso. Pasadas un par de horas le dieron de alta.

Había pasado mucho miedo, y decidió poner remedio a su situación. El Padre Paul comenzó a ir a reuniones de Alcohólicos Anónimos, y pronto dejó de beber y de consumir cocaína. Comenzó a ser un contribuyente común, con el pequeño aditivo de tener que acudir a esas reuniones en lugar de al club.

Llevaba tres meses sin tomar nada. Tras una comunión, salió a la puerta de la parroquia a despedir a los niños que habían recibido su primera hostia consagrada. Hacía un día perfecto. Cuando el pequeño Tom, el monaguillo que le ayudaba terminó de verificar que todo estaba en orden cerró el portón de la iglesia.

Cuando Paul se dio la vuelta, el niño había cruzado la calle y lo esperaba al otro lado. Mientras cruzaba, se estaba encendiendo un cigarrillo, y al cubrírselo con la mano para evitar la brisa, no vio que un autobús se le echaba encima, acabando con su vida.


Casualmente, el autobús se dirigía a Pennsylvania a una concentración de cine erótico. 

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