No se puede decir que
aquella relación fuera celebrada por todos. Joaquín, desde luego,
sí que se alegro muchísimo por mí. Sabía todo lo que había
sufrido por aquella chica y creía que me merecía ser feliz, durara
lo que durara y fuese como fuese.
Los primeros tres meses
de relación fueron perfectos.
Íbamos a institutos
distintos, pero nos veíamos con toda la frecuencia que podíamos.
Por las noches hablábamos
una hora por teléfono y muy pocas veces uno de los dos se callaba,
pero, a veces, bastaba con oírnos respirar al otro lado del
auricular. Yo era capaz de estar hablando con ella hasta el momento
justamente anterior al sueño, escuchándola respirar tranquila y
pausadamente.
Nunca queríamos colgar.
Nunca queríamos
separarnos.
Estábamos enamorados.
Salía corriendo de mi
instituto o me llevaba Gonzalo en Vespa para llegar a nuestro
portal a
esperar a que llegara Raquel y estar con ella un rato antes de
separarnos para ir a comer. Estábamos completamente enganchados el
uno al otro.
Yo,
incluso, había perdido el contacto con mis amigos del colegio. Algo
que, de verdad, me importaba una puta mierda, pues nunca me había
sentido muy a gusto con ellos. Estaba empezando a juntarme fuera del
equipo con Joaquín y su colega Juanjo, otro de los compañeros
nuevos que tenía yo en mi segunda temporada en el equipo.
Raquel
había empezado a jugar en mi club, así que nos veíamos todos los
lunes, miércoles y viernes por la noche, ya sin contar los fines de
semana.
Cuando
jugaba mi equipo, en las gradas estaba Raquel. Cuando Raquel jugaba,
yo estaba en las gradas. Si Raquel tenía partido fuera de casa, yo
me iba con el autobús de su equipo y, en muchas ocasiones, Joaquín
se venía conmigo. Raquel se ponía nerviosa cuando yo gritaba desde
la grada, incluso si no había jugado un buen partido tardaba en
dirigirme la palabra después del mismo.
Más
de una vez, hasta que no nos bajábamos del autobús y la acompañaba
a su casa, no nos hablábamos.
En
uno de los partidos que Raquel fue a verme se montó un pifostio de
la hostia. Era carnaval, y yo había quedado con Joaquín, su novia
Isabel y Raquel para cenar en mi casa.
Jugábamos
en el pueblo de al lado y era, como se suele decir, un partido de
alto riesgo. Habían venido casi todos los jugadores del senior
masculino, varios entrenadores del club, el presidente, el vocal y
la tesorera.
No
había buena relación entre los jugadores de ambos equipos y,
casualmente, Raquel había jugado, cuando era infantil, en ese
pueblo y para ese equipo. A mí me ponían enfermo sobre todo dos
gemelos que, por tener un año más que yo, no jugaban ese partido.
Desde
el principio nos hicieron una encerrona. Tenían dos pabellones, uno
grande y lustroso y otro era como una ratonera. Efectivamente, para
jugar contra mi equipo eligieron la ratonera.
Se
trataba de una pista de baloncesto rodeada por infinidad de bancos
suecos de madera. Las líneas de banda y de fondo estaban a un metro
escaso de la pared. Y el parquet, si se puede llamar así,
dejaba la pelota muerta cada vez que dabas un bote.
En el
equipo contrario jugaba un chaval que se llamaba Mateo. Qué bueno
era el hijo de puta. Era zurdo, medía metro noventa y las colaba
desde todos lados. Nos estaba haciendo polvo.
Joaquín
estaba haciendo un partidazo, pero en una penetración todo se lió.
Le pegaron un golpe en la cabeza cuando estaba a punto de empatar el
partido y todos empezamos a pedir explicaciones al otro
equipo. Debido a que las gradas (también conocidas como
bancos suecos) estaban tan pegadas al parquet, pronto se vio
involucrado todo el mundo que había en la pista.
Algunos
padres de jugadores intentaban separarlos, otros directamente se
metían en la gresca. Tuvo que llegar la Guardia Civil a poner orden
en aquel berenjenal. Lo más surrealista de todo fue cuando un
picoleto se metió en medio de la pista a parar el partido.
Yo
todavía me sonrío cuando recuerdo al padre de mi mejor amiga en
medio de todo aquello como poseído defendiendo al club de su hija.
El
partido acabó con una derrota por siete puntos para nosotros. Estaba
muy encabronado. El tal Mateo había metido 35 puntos él solo en un
partido a sesenta. Pero eso no fue lo peor.
El
vestuario del equipo visitante daba a la puerta del pabellón, donde
estaban los padres esperando a los jugadores para salir de aquel
pueblo de mierda.
Estaba
meando antes de meterme a la ducha y miré por la ventana del
urinario. Vi algo que me encendió aún más. Mateo estaba hablando
con Raquel, ya que habían coincidido en el club y él se echó
sobre ella para darle dos besos.
Completamente
fuera de mí, abrí la ventana y empecé a gritar con todas mis
fuerzas:
-¡NO
LA TOQUES! ¡NO LA TOQUES!
El
chaval se giró y puso cara de qué coño le pasa a este tío. Se
despidió de Raquel y se largó de allí. Obviamente, cuando me
duché y salí a la calle, Raquel no quería hablar conmigo, porque
la había puesto en evidencia delante de todo el mundo.
No
era la primera vez que estallaba de celos de esa manera. En una
ocasión estaba viendo con mis compañeros a otro de los equipos del
club, en el cual jugaba Carlos, un amigo de Raquel.
El
cabrón, cada vez que metía una canasta, se la dedicaba a Raquel. En
eso, que a la tercera vez que lo hizo, me levanté de mi asiento y
empecé a gritar:
-¡NI
LA MIRES! ¡NI LA MIRES!
Todo
el mundo se giró a mirarme y acto seguido me levanté y me largué
del pabellón.
Aún
así, la cena con Joaquín e Isabel estaba prevista y no se iba a
romper, aunque después del partido quién sabía lo que iba a
pasar.
Cuando
llegué a casa, Victoria se pasó la tarde entera haciéndome un tupé
porque nos íbamos a disfrazar como Travolta y como Olivia
Newton- John.
Cociné
para los cuatro y tuvimos una cena agradable, incluso cuando salió
el tema de Mateo, Joaquín y yo nos miramos a los ojos y luchamos
por no reírnos mientras Raquel se molestaba un poco.
Cuando
acabó la cena, cada pareja eligió un lugar sobre el que reposar.
Yo, como buen anfitrión, dejé mi cama a mi mejor amigo y me quedé
en el sofá con Raquel. Nada serio, un magreo, una paja y a dar una
vuelta. Mi tupé ya se había caído.
Es el
último buen recuerdo que tengo de mi relación con aquella chica de
ojos verdes.
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