viernes, 9 de octubre de 2015

La chica de los ojos verdes


No se puede decir que aquella relación fuera celebrada por todos. Joaquín, desde luego, sí que se alegro muchísimo por mí. Sabía todo lo que había sufrido por aquella chica y creía que me merecía ser feliz, durara lo que durara y fuese como fuese.

Los primeros tres meses de relación fueron perfectos.

Íbamos a institutos distintos, pero nos veíamos con toda la frecuencia que podíamos.

Por las noches hablábamos una hora por teléfono y muy pocas veces uno de los dos se callaba, pero, a veces, bastaba con oírnos respirar al otro lado del auricular. Yo era capaz de estar hablando con ella hasta el momento justamente anterior al sueño, escuchándola respirar tranquila y pausadamente.

Nunca queríamos colgar.

Nunca queríamos separarnos.

Estábamos enamorados.


Salía corriendo de mi instituto o me llevaba Gonzalo en Vespa para llegar a nuestro portal a esperar a que llegara Raquel y estar con ella un rato antes de separarnos para ir a comer. Estábamos completamente enganchados el uno al otro.

Yo, incluso, había perdido el contacto con mis amigos del colegio. Algo que, de verdad, me importaba una puta mierda, pues nunca me había sentido muy a gusto con ellos. Estaba empezando a juntarme fuera del equipo con Joaquín y su colega Juanjo, otro de los compañeros nuevos que tenía yo en mi segunda temporada en el equipo.

Raquel había empezado a jugar en mi club, así que nos veíamos todos los lunes, miércoles y viernes por la noche, ya sin contar los fines de semana.

Cuando jugaba mi equipo, en las gradas estaba Raquel. Cuando Raquel jugaba, yo estaba en las gradas. Si Raquel tenía partido fuera de casa, yo me iba con el autobús de su equipo y, en muchas ocasiones, Joaquín se venía conmigo. Raquel se ponía nerviosa cuando yo gritaba desde la grada, incluso si no había jugado un buen partido tardaba en dirigirme la palabra después del mismo.


Más de una vez, hasta que no nos bajábamos del autobús y la acompañaba a su casa, no nos hablábamos.

En uno de los partidos que Raquel fue a verme se montó un pifostio de la hostia. Era carnaval, y yo había quedado con Joaquín, su novia Isabel y Raquel para cenar en mi casa.

Jugábamos en el pueblo de al lado y era, como se suele decir, un partido de alto riesgo. Habían venido casi todos los jugadores del senior masculino, varios entrenadores del club, el presidente, el vocal y la tesorera.

No había buena relación entre los jugadores de ambos equipos y, casualmente, Raquel había jugado, cuando era infantil, en ese pueblo y para ese equipo. A mí me ponían enfermo sobre todo dos gemelos que, por tener un año más que yo, no jugaban ese partido.

Desde el principio nos hicieron una encerrona. Tenían dos pabellones, uno grande y lustroso y otro era como una ratonera. Efectivamente, para jugar contra mi equipo eligieron la ratonera.

Se trataba de una pista de baloncesto rodeada por infinidad de bancos suecos de madera. Las líneas de banda y de fondo estaban a un metro escaso de la pared. Y el parquet, si se puede llamar así, dejaba la pelota muerta cada vez que dabas un bote.

En el equipo contrario jugaba un chaval que se llamaba Mateo. Qué bueno era el hijo de puta. Era zurdo, medía metro noventa y las colaba desde todos lados. Nos estaba haciendo polvo.

Joaquín estaba haciendo un partidazo, pero en una penetración todo se lió. Le pegaron un golpe en la cabeza cuando estaba a punto de empatar el partido y todos empezamos a pedir explicaciones al otro equipo. Debido a que las gradas (también conocidas como bancos suecos) estaban tan pegadas al parquet, pronto se vio involucrado todo el mundo que había en la pista.

Algunos padres de jugadores intentaban separarlos, otros directamente se metían en la gresca. Tuvo que llegar la Guardia Civil a poner orden en aquel berenjenal. Lo más surrealista de todo fue cuando un picoleto se metió en medio de la pista a parar el partido.

Yo todavía me sonrío cuando recuerdo al padre de mi mejor amiga en medio de todo aquello como poseído defendiendo al club de su hija.


El partido acabó con una derrota por siete puntos para nosotros. Estaba muy encabronado. El tal Mateo había metido 35 puntos él solo en un partido a sesenta. Pero eso no fue lo peor.

El vestuario del equipo visitante daba a la puerta del pabellón, donde estaban los padres esperando a los jugadores para salir de aquel pueblo de mierda.

Estaba meando antes de meterme a la ducha y miré por la ventana del urinario. Vi algo que me encendió aún más. Mateo estaba hablando con Raquel, ya que habían coincidido en el club y él se echó sobre ella para darle dos besos.

Completamente fuera de mí, abrí la ventana y empecé a gritar con todas mis fuerzas:

-¡NO LA TOQUES! ¡NO LA TOQUES!


El chaval se giró y puso cara de qué coño le pasa a este tío. Se despidió de Raquel y se largó de allí. Obviamente, cuando me duché y salí a la calle, Raquel no quería hablar conmigo, porque la había puesto en evidencia delante de todo el mundo.

No era la primera vez que estallaba de celos de esa manera. En una ocasión estaba viendo con mis compañeros a otro de los equipos del club, en el cual jugaba Carlos, un amigo de Raquel.

El cabrón, cada vez que metía una canasta, se la dedicaba a Raquel. En eso, que a la tercera vez que lo hizo, me levanté de mi asiento y empecé a gritar:

-¡NI LA MIRES! ¡NI LA MIRES!

Todo el mundo se giró a mirarme y acto seguido me levanté y me largué del pabellón.

Aún así, la cena con Joaquín e Isabel estaba prevista y no se iba a romper, aunque después del partido quién sabía lo que iba a pasar.

Cuando llegué a casa, Victoria se pasó la tarde entera haciéndome un tupé porque nos íbamos a disfrazar como Travolta y como Olivia Newton- John.

Cociné para los cuatro y tuvimos una cena agradable, incluso cuando salió el tema de Mateo, Joaquín y yo nos miramos a los ojos y luchamos por no reírnos mientras Raquel se molestaba un poco.


Cuando acabó la cena, cada pareja eligió un lugar sobre el que reposar. Yo, como buen anfitrión, dejé mi cama a mi mejor amigo y me quedé en el sofá con Raquel. Nada serio, un magreo, una paja y a dar una vuelta. Mi tupé ya se había caído.

Es el último buen recuerdo que tengo de mi relación con aquella chica de ojos verdes.






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