viernes, 2 de octubre de 2015

Plymouth

Tenía diecisiete años cuando mis padres me mandaron un año a Inglaterra para que estudiara inglés. Llevaba varios años con ello, así que simplemente fui a poner a prueba mis conocimientos en un ambiente nativo y alejado de italianos. Me marché de Nápoles en una soleada mañana de agosto y aterricé en Exeter en un mediodía plomizo y asqueroso. Aquello parecía otro planeta. Casi me atropellan al salir del aeropuerto, pues miré a la derecha al cruzar a la parada de autobuses, llevándome un susto considerable. 

Tenía que coger un autobús que me dejaría en el puerto de Plymouth donde me recogería mi familia adoptiva. Me habían mandado una foto suya unas semanas antes para que los reconociera. Se trataba de un matrimonio de no más de cincuenta años. Roy, el padre, era un señor orondo y con pinta de bonachón. Lois, la madre, era una señora regordeta muy parecida a la matriarca de los Weasley. Tardé una hora y media en llegar al puerto y cuando bajé me estaban esperando con un cartel con mi nombre. Cuando me vieron aparecer dijeron en voz alta: ¡Andrea, Andrea, we're here! ¡Andrea, come on! Los saludé tendiéndole una mano a cada uno y me monté en su Lexus que sin duda habían comprado con el dinero que recibían de estudiantes como yo. 

Cruzamos toda la ciudad y fuimos a parar a las afueras. Tenían una casita de dos plantas con jardín delantero, en el que tenían aparcado un modesto barquito, y jardín trasero donde guardaban un billar y donde, como vería aquel mismo fin de semana, se reunían con amigos los domingos para celebrar una barbacoa. 

Cenamos a eso de las cinco de la tarde un plato de fish and chips que me encantó. Lois era una cocinera excelsa. Teniendo en cuenta que yo venía de Italia, encontrar buena comida en un país tan criticado por ella fue un logro inaudito. Cuando terminamos de cenar pregunté si podía dar un paseo por el barrio y me dijeron que no llegara más tarde de las nueve, que a esa hora se tenían que acostar. Por lo visto, debía ganarme su confianza antes de que me dejaran tener una llave de la casa. 

Había dejado de llover, así que dejé mi paraguas en la entrada de la casa, me puse una sudadera y salí. Era un barrio agradable, con muchas casas de distintas construcciones a un lado y otro de la carretera que lo cruzaba. Pasé junto a una gran mansión que hacía esquina y seguí paseando. Llegué a un parque y me entraron ganas de fumarme un cigarrillo. Como no tenía muy claro si la policía podía decirme algo debido a mi edad (ya que en Italia hasta los carabinieri dan fuego a los menores de edad) me adentré en él y me senté en un banco alejado de la entrada del mismo. Cuando lo terminé me puse en marcha en dirección a la casa, toqué y Lois me abrió con una gran sonrisa. 

-Did you like our neighbourhood? 

-Of course I did-respondí-. But I'm so tired, I'm going to sleep. See you tomorrow. 

-It's ok, darling. See you tomorrow-se despidió ella-. 

Subí a mi cuarto, en el que había un ventanal sin persianas, una cama mullida y un escritorio que me serviría para hacer los trabajos que me mandaran en el Plymouth High School, que empezaría sus clases un par de días después de mi llegada.

El día que empezaban las clases en el instituto me levanté a las siete para no llegar tarde. Me metí al cuarto de baño que tenía un pequeño radiador sobre la puerta que no me ayudó a calentarme, tal era el frío que hacía en la casa. Cuando salí de la ducha bajé la escaleras y me esperaban Roy y Lois en la cocina con el desayuno hecho. Un tazón de leche y varios paquetes de cereales distintos: había de avena, de chocolate y de miel. Por adentrarme en el mundo anglosajón me eché unos pocos copos de avena y le pedí a Lois si podía tomar una taza de café. Era una cocinera espectacular, pero el café inglés es el peor que he tomado en mi vida. Me excusé diez minutos después para ir al baño y cuando salí Roy me estaba esperando en el coche para llevarme al instituto y Lois me dio una bolsita con un sándwich y un zumo para la hora del almuerzo.

El viaje fue muy agradable. Me fue contando cosas que pillaba a medias sobre Plymouth, pero se notaba que Roy disfrutaba de tener a alguien que lo escuchara tan atentamente mientras contaba sus batallitas. En quince minutos llegamos al instituto, Roy me dijo que me recogería a las tres y me bajé del coche. El Plymouth High School era una institución enorme. Entré y pregunté a un grupo de chavales menores que yo que dónde estaba la secretaría. Me dirigí allí y me entregaron mi horario de clases donde estaba la relación de aulas a las que tenía que ir y me marché a buscar la de Historia, pues ya era un poco tarde. 

Entré a una pequeña clase donde no cabían más de quince estudiantes y me senté al fondo. Intenté prestar la máxima atención posible a lo que decía la profesora Smith, una señora anciana con gafas y un moño bien apretado que parecía indicar que no admitiría muchas bromas en su clase. Pasaron las horas y las clases, y a las once y media me dirigí a la cafetería a almorzar. Me senté con un grupo de mi clase en el que habían dos chicos (Mark y Peter) y tres chicas (Maggie, Mary y Annie). Mark y Peter eran jugadores de rugby, parecían dos armarios empotrados. Maggie era una muchacha pelirroja con pecas, Mary tenía un ligero bigote y Annie el pelo tintado azul y muchos pendientes repartidos en las dos orejas. 

Me preguntaron un montón de cosas sobre Nápoles, sobre donde vivía allí en Plymouth y qué me había llevado allí. Les contesté que intentaba mejorar mi inglés, a lo que siguieron unas carcajadas, pues se dieron cuenta de que seguía la conversación con facilidad. Terminamos de almorzar y fuimos a clase de español. La profesora Thompson nos dijo que haríamos una excursión a un cine donde ponían películas en versión original y que esa semana ofrecía Diarios de motocicleta, la película sobre la juventud del Che Guevara.  

Así pues, al día siguiente Roy volvió a dejarme en el instituto, donde cogeríamos un autobús al centro, donde se encontraba el cine. El autobús nos dejó en la puerta de un cine que apenas se podía mantener en pie, compramos unos refrescos y algunos dulces y entramos a ver la película. Me senté entre Maggie y Annie, pudo ser a posta o no, pero me debatía entre mantener una conversación con una o con la otra. Las dos me habían entrado por los ojos, pero no sabía por cual decidirme. Cuando llevábamos media película de ininteligible español, me decidí a entrarle a Maggie. 

Estuvimos hablándonos al oído y cuando me di cuenta estábamos cogidos de la mano. La excursión terminaba en la puerta del cine, así que decidí acompañar a Maggie a su casa, que vivía a tres o cuatro manzanas de allí. Estuvimos charlando hasta que llegamos a la puerta de su casa, y una hora más frente a ella. De repente, empezó a llover, así que saqué mi paraguas de la mochila y los dos nos pusimos debajo. Al estar tan cerca el uno del otro, la distancia anglosajona se rompió y con las narices pegadas nos miramos a los ojos y nos besamos. Llovía con fiereza, así que tras un minuto en el que fuimos inseparables, nos despegamos y Maggie entró a su casa. 

Llamé a Lois y le dije donde estaba, preguntándole así qué autobús debía coger para volver a casa, pero me dijo que iba ella a recogerme. Esperando en la acera de enfrente de la casa de Maggie me dije que a pesar del tiempo y del café, aquel año no iba a estar del todo mal. 

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