martes, 22 de octubre de 2013

Ruta 66

James trabajaba de repartidor para la empresa FedEx, y se pasaba las semanas y los meses completos en la carretera. Conducía una nueva y reluciente furgoneta blanca con el logo azul y naranja de FedEx, impreso en un lateral de la misma. Siempre realizaba sus trayectos completamente solo, continuamente pegado a la radio y su amplia y rica colección de cassettes que había ido reuniendo con los años, la mayoría adquiridas en las estaciones de servicio donde descansaba. El recorrido que solía hacer partía de una de las filiales de la compañía en Chicago y llegaba hasta bien entrado el gran estado de Texas, con lo cual debía coger la mítica Ruta 66 de la que tanto se ha hablado en las últimas décadas. 

James solía parar siempre en las mismas estaciones de servicio. Paraba en una destinada al café de media mañana, otra al almuerzo, una más para un café rápido a media tarde y una última para cenar y dormir. El recorrido que realizaba James duraba más de 35 horas, lo que convertía cada viaje en una expedición a lo largo de más de 3000 millas cada dos días. En cada estación de servicio se cruzaba siempre con gente distinta, que tomaba la carretera más amplia del país con diversos fines. Así, encontraba a familias al completo realizando viajes a lo ancho de los Estados Unidos, a moteros en grupos que seguían anclados en el romanticismo que supone viajar en motocicleta por la Ruta 66, a trabajadores del transporte, como él mismo, que no hacían más que trabajar. Lo único que siempre era igual eran los lugares en los que paraba a descansar y las personas que allí trabajaban. En la parada del café matutino lo atendía siempre Frank, un anciano camarero que había visto pasar a más de 600 viajantes al día desde que puso su estación de servicio en la frontera entre el estado de Illinois y el de Missouri. Más tarde, a mitad del mismo estado, paraba para que Loretta, una simpática mesonera negra que había tenido muchos problemas para poder adquirir el puesto que le permitía servir y dar alimento a gente como James, que jamás paraba por casa. Una vez entrado a Oklahoma, James visitaba a Paul, un enorme muchacho que hacía sonar a la máquina de café cada vez que veía entrar por la puerta a James. Y finalmente, ya en la entrada de Austin, Texas, James era acomodado en la habitación de un pequeño motel de carretera por la pecosa y pelirroja Anita. Cada vez que James entraba al motel buscaba a la muchacha con ahínco, pensando que algún día, en vez de prepararle simplemente la habitación, lo acompañaría en su momento más delicado del día. Un día, James se levantó en Texas a las 6:00 de la mañana, pues esa misma noche debía llegar a Chicago, para cargar de nuevo la furgoneta antes de emprender el camino de vuelta. Como todas las semanas, tres viajes. 6 días de carretera y cassettes. En la cafetería del hostal se encontraba Anita, terminando su turno de noche, que abarcaba desde la medianoche hasta las ocho de la mañana, cuando había un cambio de turno y ella se marchaba a casa a dormir. Ya con los ojos medio cerrados, sonrió a James al verlo sentarse y pedirle un café:


-¿Ya se levanta, señor James?-preguntó la muchacha-.
-Sí Anita, sí. Tengo que estar a medianoche en Chicago para realizar una carga más. La última de esta semana-. 
-Verá señor, he estado pensando, que si algún día usted no estuviera tan ocupado, nosotros podríamos…- empezó diciendo ella, quebrándosele la voz al llegar a este momento-.
-¿Sí?-preguntó James, impaciente-.
-Nada, déjelo-respondió ella, completamente colorada, y se marchó rauda a la cocina-.

James, al darse cuenta de que Anita no volvería a salir, dejó encima de la barra el dinero que valía el café y se marchó de Austin lo más lentamente posible. Tras conducir durante casi dos mil millas, llegó a casa, a Chicago, y sin apenas quitarse la ropa que llevaba, cayó rendido en su cama. A la noche siguiente, James estaba de vuelta en Texas, con el camión cargado, y la cabeza a punto de reventar, pues era el último viaje de la semana. Cuando llegó al hostal no encontró a Anita en la recepción, sino a un hombre mayor que debía ser el regente del lugar. Avisó a James de que su habitación de costumbre estaba preparada y éste subió, completamente agotado y complacido de no tener que lidiar esa noche con la muchacha. Cuando abrió la habitación se quedó de piedra: en la cama en que él debía dormir se encontraba Anita, desnuda totalmente y haciéndole gestos para que se acercara. Cuando éste se encontraba a un paso de la cama, ella se deslizó entre las sábanas, se acercó a él y le bajó los pantalones. A continuación, le cogió la polla con las dos manos y empezó a hacerle una mamada. Él estaba flipando. ¿Cómo había conseguido tener a aquella preciosa mujer así, allí, para él sólo? De repente, ella paró, lo metió en la cama, y se puso encima de él. Se lo folló. Ella a él. Lo exprimió hasta límites que es indecoroso contar. 


Al día siguiente, ella estaba tan cansada, que él decidió marcharse sin desayunar siquiera, ya tendría tiempo por el camino de hacerlo. Cuando llegó a Chicago aun estaba en una nube, y no había tenido tiempo de hablar con la chica. Dos días más tarde, James había cogido la furgoneta de FedEx y había puesto rumbo a Austin, con la intención (a parte, claro está, de entregar los paquetes de la compañía) de decirle a Anita que quería estar con ella, y que si hacía falta, podía pedir un traslado y trabajar cerca de la zona de Texas en exclusiva. Cuando conducía a la altura de Oklahoma City, empezó a llover. Una lluvia ligera, que conforme avanzaba kilómetros, se convertía en una caída y espesa lluvia torrencial. Activando los faros antiniebla, prosiguió con su camino, hasta que en una curva cerrada de derechas, la furgoneta patinó sobre la carretera y se vio abocado a salirse de ésta. La furgoneta quedó destrozada, y el cuerpo sin vida de James estaba allí, con cuentas pendientes y sin poder explicarle a Anita que era lo mejor que había visto nunca en La calle principal de América. 

3 comentarios:

  1. Como sigas pajeandote te va a pasar lo de James y no por que te la vayan a chupar.

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  2. Vale coge tu furgoneta de FedEx y ten cuidao con la lluvia.

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